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05/Jun/2008
 
 
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Cultural El origen peruano de la zamacueca en Sangre de Hermanos, novela ambientada en la Guerra del Pacífico.

Embates y Combates

2030-embates-1-c.jpg

López-Merino, autor.

Si la guerra es la instauración de la locura, bien podría un psiquiatra llevarla al diván para desentrañar los dobleces más oscuros de la condición humana. El resultado, por qué no, podría ser una cautivante novela histórica. Eso es lo que el psiquiatra peruano Ignacio López-Merino (ganador del Cuento de las 1000 Palabras en 2002) ha pretendido con Sangre de Hermanos, obra que Editorial Planeta acaba de publicar y en la que el autor entrega una historia de valentías y amores interruptus con el trasfondo de la Guerra del Pacífico.

–Quién mejor que un psiquiatra para mostrar los vericuetos mentales de quienes se entregan a la batalla.
–En realidad trato de no tecnificar, aunque no puedo disociarlo. La guerra es inherente a la condición humana, nacemos con un instinto de agresión, y si bien es cierto que el pacifismo es loable es un poco utópico. Alguien dijo que si un día todos los seres humanos aparecen de la misma raza practicando la misma religión tendrán un desayuno pacífico, pero a la hora del almuerzo habrán hallado suficientes razones para matarse los unos a los otros.

–¿De dónde nace este interés suyo por la Guerra del Pacífico?
–De mi padre, que fue la fuente oral de historias. Él quedó huérfano de padre a los siete años y su abuelo materno peleó con el grado de sargento mayor junto a Andrés Avelino Cáceres en la Campaña de la Breña.

–¿Ofrece la literatura un camino más accesible al entendimiento de la condición humana?
–Creo que sí, nunca se ha pintado la naturaleza humana mejor que en Los Hermanos Karamazov, donde se presentan unos tipos psicológicos que nunca los he visto descritos por los mayores expertos como Freud o Jung. La forma como allí se describe lo que pasa por la mente de asesinos y santos es mayor que la descripción técnica de psiquiatras y me ha ayudado a conocer la condición humana.

–Probablemente se distribuya la obra también en Chile. ¿Cómo piensa que será recibida?
–Lo que le puedo decir es que me han preguntado por qué he escrito una novela que abriría resentimientos, y mi respuesta es que el temor de reabrir heridas no debería impedir una obra literaria, porque si no Tolstoi no hubiera escrito La Guerra y la Paz, o Jorge Inostroza no hubiera escrito Adiós al Séptimo de Línea o Chopin no hubiera compuesto La Polonesa Heroica. Quise poner a los protagonistas en situación extrema, y no la hay más que tener que elegir entre salvar la vida o arriesgarla, y ese es el meollo de la novela, el dilema individual, si servir a mi patria o escaparme. Quizá pintando mi guerrita del siglo XIX pueda abarcar conductas comunes a la naturaleza humana.

–Los conflictos retratados en el libro, sin embargo, no se limitan al salitre. También habla del pisco.
–Con el desembarco en Pisco de los chilenos muestro el encuentro de un oficial chileno con un productor vitivinícola, quien le narra cómo nació el pisco.

–Escena que puede sacar roncha.
–Como debe ser, un buen pisco siempre arde.

–Y un buen libro también.
–Esperemos que guste. Yo me arriesgo, me gustaría ir a Chile a presentarlo. Mi simpatía histórica es por los peruanos, pero no desvirtúo la versión chilena, y por lo tanto no creo que me tiren piedras. No quiero que esta novela se interprete como un aserto belicista, pero espero que sea un recordaris de lo que nos ocurrió por falta de preparación. (MDP)

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(Extracto de la novela a continuación)


2030-embates-2-c.jpg
En este extracto de la novela, el protagonista Goyo Olazábal se olvida por un momento de su novia y la defensa de Lima contra la invasión chilena, entregándose a un combate cuerpo a cuerpo más bien generoso.

¡PA ti la niña Petita, señorito Goyo! –dijo una mujer negra, cuarentona y de carne apretada, que era la dueña del lugar, y a quien le decían La Coronela.

–Gracias, Maruja –dijo Goyo Olazábal y agarró de la mano, jalándola, a una negrita adolescente de ojos muy grandes que estaba sentada alrededor del terreno que hacía de pista de baile.

Los pocos bailarines que se habían estado contorsionando al solo ritmo de unas cañas golpeadas con frenesí sobre una tabla en el piso se sumaron al círculo de espectadores. Eran alrededor de veinte hombres y mujeres, negros y mulatos, que, sentados en el suelo, empezaron a batir las palmas a ritmo de zamacueca. Goyo Olazábal sacó su pañuelo y La Coronela le dio otro, blanco también, a la negrita, y ambos jovencitos empezaron a danzar, acompañados por un zambo que tocaba la vihuela –remendada con alambres de cordel– y un negro joven que, sentado sobre un desclavado cajón de ropero, palmeaba la madera con un son netamente africano. Y, de las lánguidas contorsiones anteriores a ritmo monótono, el ambiente se tornó una algarabía de movimiento y animación. La negrita, descalza, con blusa de ringorrangos, saya ancha y pañolón en la cabeza, sonreía descubriendo una arcada destellante de blancura, y sus pies parecía que fueran de otra persona, porque hacían lo suyo casi a despecho del tronco y de la cabeza, que iban enhiestos como un palo. Y cada vez que ella se escapaba por un costado, tratando de burlar el acoso de Goyo Olazábal, éste, que sí bailaba con el cuerpo entero inclinado hacia adelante, le cerraba el paso y la distraía con su pañuelo seductor, y ambos pañuelos parecían dos palomas en una danza nupcial. Entonces, a mitad de la canción, el moreno del cajón gritó: “¡A resbalar, zamacueca!”, y la música se hizo más viva, y los bailarines dejaron de perseguirse, y tanto los pies desnudos de plantas acortezadas de la Peta como los botines por encima de los tobillos de Goyo Olazábal se pusieron a raspar el piso con la idéntica fruición de un coito bravo. Y va el pañuelo, al lado de la cadera, descansó en medio de una orgía de muslos ágiles y ojos lascivos.

–¡Bravo, bravo, señorito Goyo! –gritaron los negros y mulatos del círculo cuando Goyo Olazábal levantó en vilo a la Peta al terminar la danza y se la llevó a un cuarto trasero de esa casa de quincha. Y mientras poseía a la negrita, iniciándola en el oficio de alquilarse, escuchó que otra vez la vihuela echaba al aire sus arpegios alambrosos y que el cajón parecía que se iba a fracturar al ritmo de otra zamacueca.
(…)
Varias veces a la semana, el muchacho se escapaba de la última clase de la tarde y recalaba en la casa de La Coronela, que siempre le tenía preparado el champús que a él le encantaba y una buena ración del ranfañote familiar. Y le encantaba conversar con esa negra cuarentona y proxeneta, que era puro chiste y generosidad, y que llevaba el mote de La Coronela porque se decía que, años atrás, había sido la amante de los coroneles Silvestre y Marceliano Gutiérrez, dos de los cuatro hermanos con ese mismo rango militar que se levantaron en armas contra el presidente Balta. Algunos deslenguados parroquianos y pupilas de Maruja La Coronela decían que ésta se había enamorado de Goyo Olazábal, que le gustaba la carnecita blanca de pollo tierno; pero los más reflexivos aseguraban que el señorito Goyo era el hijo que la Maruja nunca había tenido, y que el cariño entre ellos jamás incluyó a la entrepierna.
(…)
–¿Y por qué mejor no te quedas aquí, señorito Goyo, que te escondemos requetebién?

–No, Maruja, yo me comprometí con mis maestros y mis compañeros y tú sabes que mi palabra vale.

–¡Qué palabra ni qué niño muerto, señorito Goyo! Por ahí andan diciendo que los chilenos son todos unos gigantones coloradotes y que han traído miles de cañones y que tienen otras armas secretas para convertir a los cholitos peruanos en aire, sin tocarlos...

–¡Caray, Maruja, no creas en las cojudeces que andan diciendo esos zambos supersticiosos!

–Como sea, mi señorito, pero yo no quiero que me lo maten o me lo dejen cojito o manquito. Yo me moriría.

–¡Qué poco me conoces, Maruja! Ya verás que nada me va a pasar y que en unos días más, cuando ya no quede ningún chileno con cabeza por aquí, regreso enterito a comer tu tacu-tacu.

–¡Ay, qué terco eres, señorito Goyo! Voy a tener una vela prendida todito el tiempo al Señor de los Milagros pa que te cuide bien.

El muchacho abrazó y besó en la mejilla a la mujer morena y, como era de madrugada, no hubo nadie más despierto de quien despedirse cuando se subió a su caballo para enrumbar al cuartel en que había sido convertido el colegio Guadalupe.


 


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