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Literatura Escritor Fernando Ampuero se pone el chullo, cierra debate, y toma el volante de nueva novela.

Carrera en Taxi con Vista al Mar

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Con este volumen, sumado a Caramelo Verde y Puta Linda, el autor configure lo que llama su “Trilogía Callejera de Lima".

Este es un hombre que sonríe de lado, que lo piensa todo pero parece no pensar en nada, ligero y festivo, erguido e inquieto, presto a responder todo lo que pregunto, hasta lo que no tiene ni pies ni cabeza. Cuando trepé al ascensor que me llevaría hasta él, el portero me entregó una ruma de afiches recién salidos de la imprenta. Acaba de publicar ‘Hasta que me orinen los perros’. Una historia de borrachos, taxistas, la ley y el caos que Lima vive en su novela y que es, en realidad, el pan de cada día.

–Hay errores que un borracho nunca debe cometer. Al menos así empieza la reseña que aparece en la contratapa de tu última novela. ¿Has cometido errores estando borracho?
–Siempre he tratado de evitar ese trance ominoso, te lo pueden decir todos mis amigos: yo difícilmente me emborracho, a veces quizá bebo muchas copas, pero mantengo la sobriedad y el equilibrio.

–¿Qué puede embriagarte?
–Me embriaga la vida, me embriaga el mar, me embriagan las mujeres. Y un buen plato de comida.

–Cuando recién conversábamos me comentaste que querías distanciarte de esa diferenciación que se hace entre criollos y andinos. Como si los peruanos no fuéramos todo a la vez…
–La polémica entre andinos y criollos ya amainó. La mayoría de escritores desconocidos que la originaron han conseguido lo que querían: hacerse conocidos. ¿Sacarán algún beneficio de esto? No lo sé. El reconocimiento, por lo general, es una ilusión óptica. En mi balance personal, yo diría que he descubierto a uno que otro escritor bueno y también a una legión de muy buenos insultadores. Pero, fuera de esas interesantes conclusiones, hubo para mí algo inaceptable. Cuando me incluyeron como miembro de los criollos, parecía que me estaban diciendo que el Perú no era mi país. Yo no soy un nacionalista calenturiento, pero me siento muy peruano. Soy un escritor que lleva el chullo en la cabeza y en el corazón.

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–Eres periodista de investigación, andas con guardaespaldas, investigas y persigues corruptos, y acabas de terminar esta novela donde narras la historia de un personaje que debe buscarse la vida y en eso va metiéndose en una Lima corrupta. Cuéntame de esta última novela.
–Tiene que ver con la doble moral, con la moral tan elástica con la que nos manejamos los peruanos para sobrevivir. Te doy ejemplos del rubro de las diversiones: los cd y los libros piratas. Se trata de actividades ilegales pero que nadie toma como ilegales, ya están incorporadas a nuestra cultura. Es cierto que de alguna manera estas actitudes de país tercermundista son muy beneficiosas. Los profesores en la Universidad pueden enseñar mejor a sus alumnos, tienen toda la filmografía de Truffaut, de Bergman, y las clases pueden ser maravillosas, con películas y todo.

–¿Que ocurre con ese taxista medio pirata en tu última novela?
–Este taxista atraviesa por una situación desesperada. Es un individuo de economía precaria que ha invertido mucho tiempo en los estudios, está casado con una mujer policía de tránsito, y ha sido contador por muchos años. De pronto hacen una reducción de personal en su empresa y lo despiden. Ya es un hombre con cierta edad, con pocos contactos, que no consigue empleo, y entonces decide invertir su indemnización en comprar un taxi, incluyendo los ahorros de su mujer.

–¿La policía?
–Sí. Y la novela empieza cuando le han robado el taxi; es decir, han dejado a la pareja sin su capital, sin el resultado de los esfuerzos acumulados durante años; él tiene que pensar en alquilar un taxi para sobrevivir y ahí es donde se entera por un grupo de amigos taxistas que existe un muy provechoso negocio oscuro que consiste en recoger a ciertas horas pasajeros borrachos en las zonas de gran diversión de Lima y venderlos a huecos donde los desvalijan. Ellos cobran una comisión, ellos todavía no quieren ensuciarse las manos, aún no se sienten unos delincuentes, se ven como simples intermediarios. Este personaje, claro está, tiene una estructura mental de empresario, ya que es un contador, y al evolucionar la novela procurará convertir este “negocio” en algo más sofisticado y rentable.

–¿Simpatizaremos con él?
–Será una empatía compleja, pero con canales abiertos. Yo diría que desde un principio la crisis del personaje lo explica y beneficia, pese al trastocamiento moral que padece. Su esposa, una mujer policía, le sirve de contrapeso. La simpatía, en todo caso, podría surgir por la organización de los taxistas, una suerte de Pymes delincuencial que de hecho emparenta mi novela con la tradición literaria de la picaresca.

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–¿Cuándo descubriste esta práctica de taxistas que entregan borrachos?
–La descubrí en un bar. Me reuní hace unos años con unos amigos, y de pronto alguien contó que estaban sucediendo este tipo de cosas. Me interesó mucho el asunto, lo vislumbré como una gran metáfora del Perú; luego leí un suelto pequeñito en un periódico y recorté ese suelto que, afortunadamente para mí, no ofrecía muchos datos, cosa que me obligó a completar la historia con mi imaginación. Ese fue el origen de un cuento que se llamó Taxi driver sin Robert De Niro, que aparece en el volumen Malos modales. Sobre este cuento se hizo Taxista, un cortometraje de veintidós minutos. Una chica muy talentosa que vive en Nueva York, Enrica Pérez, ganó con él uno de los premios del Festival de Conacine y uno de los premios del Festival de Columbia en Nueva York. A raíz de ese corto aparecieron los cazadores de talentos que siempre están en las escuelas de Nueva York, vieron el corto y le pidieron a Enrica el tratamiento de un guión para un largometraje. Esta chica me escribió y me pidió que haga ese guión y le dije: “mira, mejor te escribo una novela y en base a la novela tú haces el tratamiento del guión”. La novela ya está aquí y en España, ya se la he enviado, y ahora esperaré a ver qué pasa.

–¿Qué disfrutas más? ¿Escribir novelas o escribir cuentos?
–Soy un autor de novelas cortas, mis novelas son casi cuentos largos, ese es para mí el formato ideal porque el lector tiene la sensación de haber accedido a una historia redonda, donde no hay ripio ni excesivas escenas colaterales que se escapan de la historia central. Pero creo que mi primer amor es el cuento.

–Escritores como Pamuk dicen que escriben porque están molestos con el mundo o porque quieren que los quieran más. ¿Por qué escribes tú?
–Bueno, yo también estoy molesto con el mundo, porque vivimos en un mundo lleno de violencia e injusticias, y, desde luego, me gustaría que la gente me quisiera, pero esas no son las razones de mi literatura. Yo escribo para comprender el mundo. Escribo para construir una mirada y dar sentido a mis actos. Además, escribir es mi manera de sentirme vivo, ya sea feliz o derrotado. Las más de las veces, por supuesto, me siento derrotado. Un escritor nunca está satisfecho.

–¿Cómo escribes?
–Con los dedos de las manos (risas).

–¿Puedes definir tu estilo?
–Yo apuesto por una prosa sobria y por momentos lacónica. La sobriedad, bien manejada, tiene un gran poder expresivo. Las librerías están repletas de autores con exceso de digresiones, como si el aburrimiento fuera una forma de prestigio. Hay muchos libros aquejados de gordura y que necesitan un purgante.

–Define ese lenguaje sobrio.
–Puro nervio y sentido. No hablo de simpleza, sino de sencillez. Hay una gran diferencia.

–Donde cada palabra dice…
–Lo que tiene que decir. El mayor invento de la humanidad ha sido el vocablo, no la rueda. La primera vez que el hombre de las cavernas designó un objeto enlazando sonidos, y de ahí pasó a expresar con otros sonidos sus abstracciones, sus ideas y sentimientos, no tiene parangón. El nacimiento de las palabras y el lenguaje fue el gran fogonazo en medio de una larga noche.

–¿Y los personajes de tus cuentos?
–En su mayoría son personajes de clase media y alta.

–Qué curioso, ¿no? Parece que quisieras ahondar más en esa realidad que atañe a mucho más ciudadanos limeños. Y la herramienta parece ser la novela y no el cuento.
–Me atrae esa realidad. Pero, por otro lado, yo estoy inscrito en una realidad de la cual también necesito dar registro. El país de alguna manera es la consecuencia de la colisión de estos dos estratos, cosa que a veces nos enriquece y otras nos degrada.

–Estratos que interactúan, que se juntan y se mezclan, que conviven. Si quisiera que hagas un paralelo entre Lima y una mujer, ¿cómo sería esa mujer?
–Tal vez una mujer desdeñosa que se aleja con cierto misterio, una mujer que se desliza con silenciosas pisadas de gata.

–¿Te enamorarías de esa mujer?
–Es posible. El misterio es lo que más atrae de las personas.

–¿Qué te puede hacer muy feliz?
–Un buen concierto de jazz me lleva a picos de exaltación.

–¿Y las críticas? Parece que te estimularan, que te exaltaran.
–No puedo vivir sin las críticas: son mi droga favorita. Las críticas me elevan a una exaltada felicidad o me hunden en el más tenebroso desengaño. A veces, claro, nos dan una droga bamba, teñida de animadversión personal. Pero no me imagino un mundo sin críticas. Sería muy tedioso.

–Me cuentas que estuviste desahuciado y te dedicaste a vivir la buena vida.
–Me dijeron que me quedaban seis meses de vida, varios médicos me desahuciaron, informándome que tenía comprometidos la mitad de los ganglios del colon, un cáncer terrible. Me dediqué a viajar y a comer bien, a vivir la vida, a beber los mejores vinos, llevando a mi hija Camila conmigo, en tanto que me aplicaba un nuevo tratamiento de quimioterapia y fumaba marihuana para reducir sus efectos secundarios. La hierba, claro, me ponía en otra y no podía trabajar sin reírme de todo, así que pronto la retiré del tratamiento. Pero eso ya acabó. Han pasado los años y me curé. Gracias a Dios y a la ciencia, pues todavía me faltan algunos libros que quisiera escribir. (Josefina Barrón)

 


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