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Música Dos ex fundadores de The Doors encenderán el fuego limeño en concierto de Riders on the Storm.

Tocando a La Puerta

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The Doors, formación original e irrepetible. Concierto en Frankfurt (Alemania), 1968.

Silencio. Fanfarria de batería. Robby Krieger afina la guitarra como quien carga un fusil. Ray Manzarek mira atentamente a Jim Morrison, rehén mentalmente maniatado y vendado. Da la orden a Krieger con una mano, y éste dispara. Es decir, toca.

Es la presentación y representación de “The Unknown Soldier”, puesta en escena que alude al conflicto de Vietnam. La guerra se prolongó más allá de la muerte del vocalista de The Doors el 3 de julio del 71. Ya en el suelo, Morrison escupe sangre sobre unas flores que yacen en el piso junto al ya desconocido cantante. Flores como las que brotaban de los fusiles de los oficiales ante el lente de Bernie Boston. Eran finales de los sesenta, y si la guitarra podía ser un fusil era porque la música podía irse de las manos y matar. Mientras el rostro de Jimi Hendrix describía en qué punto exacto de la meseta orgásmica practicaba la masturbación pentatónica de su Fender, el guitarrista de The Who prefería pensar su instrumento como un martillo (y la batería como un clavo). Woodstock no fue el pico: fue más bien el canto del cisne. Años después, frente al pelotón de fusilamiento, Jim Morrison moriría otra vez (en circunstancias puestas en duda hasta el mismo día de hoy). Ya en 1970 John Lennon había publicado el obituario de una época: “el sueño terminó”. Al año siguiente, la página se había volteado. Can music save your mortal soul?, se preguntaba el nostálgico Don McLean en “American Pie”. Lennon’s on sale again, ironizaba Bowie sobre el ex Beatle.

Robby Krieger y Ray Manzarek son sobrevivientes de aquella tormenta. Un entrampamiento legal con el baterista John Densmore –el tercer superviviente– les impidió retomar el nombre. Pero ya decidieron, hace más de un lustro, retomar el viaje psicotrópico –melódicamente hablando– rebautizados como Riders on the Storm. Su música aún remece a los jóvenes. La modelo Kate Moss, por ejemplo, fue detenida por la policía mientras bailaba a lo Rouskaya sobre la tumba de Morrison junto al guitarrista de The Kills.

La formación actual, además de los dos miembros originales, incluye a Toy Dennis en la batería, Brett Scallions en la voz y un sorpresivo Phil Chen en el bajo (la agrupación original supo prescindir de un bajista). Scallions, ex vocalista de la banda Fuel, integra Riders on the Storm desde el año pasado. Previamente, los veteranos salían de gira con la voz de The Cult, Ian Astbury. Astbury es uno de los tantos ‘imitadores’ morrisonianos. A nivel latino, es más que evidente el vano esfuerzo de Enrique Bumbury, quien es a Morrison lo que Calamaro a Bob Dylan.

¿Es Morrison imitable? En la voz, definitivamente. La prueba ácida se realizará el 18 de abril en la explanada del Estadio Monumental de Ate. En el histrionismo en escena, tal vez no. Cada performer es único. Krieger y Manzarek son sinceros: “Morrison es inimitable”. Los fans –un culto transgeneracional que atraviesa la pirámide demográfica de quince a sesenta y tantos– tienen afortunadamente un cable a tierra: la llegada del tecladista y guitarrista como únicos miembros originales de cualquier otra banda sería un análisis de próstata sin certificado médico. Pero en el caso de The Doors, es justo decir que el sonido de Los Ángeles circa 1968 sólo puede emanar de un solo de teclado de Ray Manzarek. “Psicodelia, jazz, rock y poesía”, dicen ellos. (Carlos Cabanillas)

 


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