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Personajes El universo de José Adolph, extrañado escritor de esta casa, en palabras de sus amigos de letras.

El Aleph de Adolph

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Con Mischa, desafiando la superstición. Adolph adoptó al Perú en 1938 sin intuir que dejaba Alemania por el reino de la ciencia-ficción. Falleció el 20 de febrero.

Como se suponía que éramos adversarios políticos en relación al marxismo, eludíamos abordar temas de ideología y política, lo cual no impedía a Pepe Adolph referirse a los problemas que más lo desgarraban: el conflicto árabe-israelí, la ocupación norteamericana de Irak, la reconstitución teórica del marxismo y el porvenir del socialismo en el mundo. Los libros y la vida de los autores era otro tema permanente en nuestras charlas.

Habíamos convenido que la gran novela del siglo XX era En Busca del Tiempo Perdido, pero los gustos literarios de Pepe eran muy abiertos, como que era un lector empedernido de la narrativa fantástica, las novelas de terror y las novelas de anticipación y de ciencia ficción, por eso entre los escritores peruanos de las últimas promociones, a quienes leía con interés, mostraba predilección por los relatos de Enrique Prochazka y José Güich. En cuanto a su propia obra se mostraba escéptico cuando yo le decía (con toda verdad) que tenía muchos más lectores, incluso fervorosos, de los que él creía. La cuestión judía ocupaba un lugar central en su pensamiento y en su vida, por eso, y acaso para exorcizar su condición de judío no creyente, heterodoxo, marginal a las sinagogas, y antisionista, gustaba de contar chistes de humor negro sobre ese gran pueblo al que se sentía unido de manera entrañable. Y ya que hablo del humor, era el humor, las bromas –irreverentes, de sana indecencia y obscenidad– lo que convertía a nuestras reuniones en una fiesta maravillosa de la que participaban gozosamente nuestras respectivas parejas. Sin caer jamás en la vulgaridad, Pepe tenía una imaginación lujuriosa, usaba las palabras de resonancias escatológicas con deleite y elegancia y sus réplicas eran rápidas y desconcertantes, y el clima era de tanta confianza y fraternidad que yo por cierto me sumaba sin inhibiciones a este festín de erotismo verbal. Pero todo era juego, pues al contrario de los libertinos Pepe creía en el amor único y exclusivo. De ahí que frente a Delia, la mujer que amó en los últimos años de su vida, se mostrase solícito, cortés, rendido, casi un caballero medieval. De otro lado, Pepe fue un escritor y un intelectual honesto. Y fue también un hombre valiente. Aunque el ataque mortal fue feroz, tuvo una muerte rápida como Pepe la anhelaba. Seis horas después de fallecer, y en cumplimiento de su voluntad, Pepe Adolph fue cremado, y no hubo flores, ni funeral, ni oraciones ni discursos. Lo extrañaré por el resto de vida que me queda, y siempre lo recordaré con nostalgia y alegría. (Miguel Gutiérrez)

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Lo conocí a través de nuestro común y gran amigo, el escritor Daniel Salvo. Nos reunimos en varias ocasiones en su departamento de la calle Ocharán. Fueron conversaciones inolvidables. Una vez que Pepe comenzaba a enlazar especulaciones, datos eruditos y observaciones prosaicas sobre la realidad, las horas transcurrían sin notarlo. Su estilo frontal y cáustico se aparejaba con un sentido del humor muy intelectual, y al mismo tiempo, mundano, carnavalesco. Pero lo más importante –aparte de su inmensa calidad como escritor– es que bajo esa coraza nihilista, escéptica, latía una preocupación sincera acerca de la humanidad y su destino; sus contradicciones y sus potencialidades. Pepe se mantuvo siempre alejado de los bombos y platillos, muy al tanto de las transformaciones sociales y tecnológicas. Es el fundador de la literatura fantástica moderna en el Perú, y ese es su legado para las nuevas generaciones de creadores. (José Güich Rodríguez)

José de Miércoles

Fue justo miércoles, cuando solía visitarte, que me tocó despedirte. Ni siquiera, Colorado, porque ya te habías ido y no sé si tenías idea de nada, si aún eras aunque sea un poquito. Pero igual te hablo porque, ¿qué nos queda a los vivos? Sentirnos tristes, vacíos, algunos incluso se sienten coléricos, imagínate, como si el muerto los hubiera abandonado. Egoísmo puro, el de los vivos. Yo, por ejemplo, me descubro preguntándome qué irán a ser de mis miércoles: es un hecho que sin todas las tazas de tu café que me empujaba, sin embutirme tus alfajores altísimos en azúcar, sin fumar un cigarro tras otro y de los More, cuando los míos se terminaban, sin escuchar chistes colorados como tú, Colorado, probablemente viviré más. Pero qué vida será esa, ¿verdad? Todo sigue, dicen. Yo me respondo, como lo harías tú, pero sin la sonrisa: Yes, we have no bananas. (Rebeca Vaisman)

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