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Cultural A más de un año de su muerte, se alista nuevo poemario póstumo de Pablo Guevara. Un cuidado conjunto de versos donde la biografía personal va de la mano con la denuncia social.

El Chavo de Breña

5 imágenes disponibles FOTOS 

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El poeta enfundado en el traje de mariachi con el que cantó rancheras en el Parque de la Exposición. Hacia 1934.

Capital de carnaval. Ciudad-licuadora. Urbe desportillada. Lima. Y en ella, Breña (breña, según la RAE: “tierra quebrada y poblada de maleza”). Poemario póstumo, Mentadas de Madre es el recorrido de Pablo Guevara por la Breña de su infancia y una metrópoli de revoques caídos que a veces en sí misma parece un insulto.

Organizado en 24 cartas, Mentadas… es también un homenaje a Juana Marcelina Miraval Carranza, la madre del poeta. Compuesto con cuidado de filigrana a lo largo de 25 años, la obra es igualmente un curioso álbum familiar donde el poeta aún niño aparece disfrazado de charro mexicano, de payaso y de rey, y su madre en impecable velo de novia. Trae, también, un delicioso detalle de infancia: la nota de un maestro del Colegio Salesiano que advertía: “El alumno Jaime1 Guevara viene habitualmente tarde, su comportamiento no es del todo ejemplar y está atrasado en Matemáticas, Inglés y Dibujo”.

Si Guevara se dio a conocer en 1957 con el volumen Retorno a la Creatura y el célebre poema “Mi padre un zapatero”, la imagen de la madre es el epílogo perfecto para cerrar un círculo poético compuesto también por Hotel del Cuzco y Otras Provincias del Perú y su pentaedro lírico La Colisión, así como Hospital, redactado desde su cama de enfermo en el Rebagliati.

Mentadas de Madre, según Santiago López Maguiña (catedrático de teoría literaria de San Marcos y elegido por Guevara para editar sus obras póstumas), es una perfecta continuación de la obra del vate. Allí se intersectan las dos líneas que caracterizan su producción poética: de un lado, la crítica social y cultural; y del otro, el anclaje biográfico.

Ya en 1998 y en entrevista para CARETAS con motivo de la aparición de La Colisión luego de 27 años de silencio editorial, el vate apelaba a ese anclaje biográfico para destacar la influencia materna en su poesía. Allí le respondía así a César Lévano: “Recuerdo que un Día de la Madre regalé a la mía una serie de poemas, uno de los cuales, para mí el más logrado, incluía la imagen de una mecedora que se movía con el aire y traía el recuerdo de una mujer ya muerta. Mi madre, muy indignada, me increpó que le regalara eso, puesto que ella estaba viva y no muerta. Me arrojó a la cara los poemas. Fue mi primer descalabro poético… y un primer estímulo”.

La viuda del poeta, Hanne, cuenta que la relación de Guevara con su madre fue siempre una relación traumática, debido al castigo físico y la falta de cariño, y que solía decirle “mamacita” ante la necesidad de inventarse una madre más tierna que la real. Así, el libro es un intento de Guevara por exorcizar su infancia, en la que el padre siempre se mantuvo ausente.

El volumen, según Hanne, fue trabajado como el poeta solía hacerlo siempre: no como un conjunto de poemas sueltos, sino como libro. Un par de años antes de morir, Guevara había retirado su manuscrito del Fondo Editorial de San Marcos. Se pensó, entonces, que el poeta no consideró que estaba listo para su publicación y que no existía una versión corregida, hasta que su viuda encontró unos folios corregidos de puño y letra del poeta, prácticamente diagramados tal cual serán publicados próximamente por dicha casa de estudios.

Sabiamente alejado de la urbe y afincado en su casa de Pachacámac, Guevara aprendió a saborear Lima sin empalagarse. Dictaba clases de cine y técnicas audiovisuales en la Escuela de Comunicación Social de San Marcos, pero su mundo estaba en el valle de Lurín. A su vez, de su infancia en Breña dejó este verso: “siempre fue Breña/un lugar pesado para vivir con manchas en la piel/por todos lados… lunares oscuros de la pobreza…/en las calles… pero eran tan bellas sus mujeres…”. Sus mujeres, y los cines de barrio y los carnavales. Todos recuerdos invocados en esta nueva entrega en la que el poeta siente que la memoria todavía le es “perro fiel”, y donde se evidencia la voluntad de descostrar de falsas necesidades la realidad.

Mentadas de Madre, según recuerda la viuda del poeta, tuvo al menos tantas versiones finales como años que le tomó estar listo, costumbre que el vate adquirió desde la redacción de Hotel del Cuzco…

Fiel seguidor de Ezra Pound, para quien en la verdadera poesía no había lugar para ningún adjetivo que no fuera revelador, Guevara presenta un conjunto de poemas donde a falta de una sola palabra perfecta presenta una serie de opciones múltiples. Pero no confundir. No se trata de un trabajo descuidado, sino de una “perfección imperfecta, una perfección de la desmesura”, como señala López Maguiña. “Pablo absorbe en su poesía discursos que no son estrictamente poéticos”, explica, “él no quería hacer poesía de verso bonito ni de metáfora fácil, no quería hacer poesía poética, sino la antipoesía de Nicanor Parra. Admiraba a Belli y a Sologuren, pero a la vez los rechazaba porque cuidaban mucho el verso, la exactitud. Él estaba más vinculado con la poesía de los años 70, Pimentel, Juan Ramírez Ruiz, Verástegui, de tipo coloquial, narrativo, muy suelta, que echa mano de las metáforas de la calle”.

Así, perfectamente imperfecto como es el libro, la edición de Mentadas de Madre debió pasar por un debate previo. Explica López Maguiña que en el conjunto de poemas se detectaron errores mínimos, “detalles de referencias bibliográficas o históricas, detalles de épocas y fechas”. La decisión del consejo editorial fue no alterar el estilo ni la composición, solo corregir aquello que era un equívoco grueso de datos, quizá nueve o diez.

Ahora, luego de esta publicación de próxima presentación, la pregunta que cae sola es: ¿Qué más queda en los cajones del poeta? (Maribel de Paz)

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1 Primer nombre del poeta.

 


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