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Local En Cajamarca, el carnaval más colorido y desenfrenado del Perú. Pintor Vrocha premiado.

La Catedral Del Carnaval

9 imágenes disponibles FOTOS  PDF 

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Filosofía de carnaval: mientras más grotesco, más divertido. El exceso es la consigna.

La técnica cajamarquina para arrojar globos de agua maximiza el factor distancia. Una parábola se dibuja en el cielo y casi al instante se oye el chasquido seco y certero, aturdiendo a la de pronto empapada víctima. Más elemental, el baldazo a boca de jarro es un recurso usado por los menores, en especial con turistas. Mary, veinteañera que llegó con su hermana mayor desde Chicago, Illinois, se refugia en una farmacia para descansar. It´s a little too much violent, mucho violento, dice, mientras afuera se oyen las coplas a garganta pelada y el redoble perenne de cientos de tarolas locales. Los proyectiles de agua surgen de pronto de azoteas, tiendas, balcones. Una cierta paranoia aflora en los advenedizos: desde una ventana, una niña deja caer algo que el fotógrafo llega a ver de reojo antes de que su instinto de supervivencia lo haga paralizarse y soltar un aguerrido “uy, carajo”, pero se trata solo de la envoltura vacía de unas galletas Coronita. Serenidad ante todo.

El sábado, con la salida del Ño Carnavalón (rey del carnaval) la cosa es con pintura. El aceite de carro decreció en popularidad luego de que una reciente ordenanza municipal lo prohibiera. Las chicas cajachas tienen una forma de jugar muy femenina: se te acercan bailando y te acarician con las manos embadurnadas en pintura (cuando menos lo piensas). Las extranjeras aprenden el método rápidamente, y es así que este equipo periodístico fue arteramente atacado por las voluntarias del Cuerpo de Paz. El Ño Carnavalón, también conocido como el Rey Momo, termina su recorrido en el Estadio Municipal. Se arma una fiesta babilónica en la que abundan las cabezas de diablo, que irá dilatándose durante los subsiguientes días y noches, hasta que el día martes el cuerpo del Ño Carnavalón colapse presa de tanta juerga –la lectura de su testamento y el entierro, el miércoles, son el epílogo del carnaval–. En contraste con las amanecidas en la Plaza de Armas, que protagonizan miles de jóvenes entre bailes, cánticos, cervezas, “calientito” –humeante mezcla de aguardiente y maracuyá– y en realidad cualquier cosa que emborrache, las viejas tradiciones carnavalescas perduran. Aunque no la tienen fácil.

Víctor “Vicho” Campos, antiguo cajamarquino, tiene una panadería y vive en una casa de arquitectura tradicional, con plazuela al medio y una hiedra encaramada en las barandas. Él trajo la fiesta de vuelta en el ’70. El carnaval andaba agonizando después de que en 1958 Manuel Prado lo prohibiera a nivel nacional. Como concejal, Campos, junto a su compañero Rodolfo Rabínez, reorganizaron las patrullas (o comparsas), como se llama a los grupos representantes de cada barrio y pueblo que desfilan en el concurso del día domingo. “A los cinco años ya era un carnavalazo”, recuerda el único hombre de Cajamarca al que nadie tira agua ni pintura por respeto a su historia. Don Vicho es algo así como un Ño Carnavalón en versión señorial y de carne y hueso. “En las casas antiguas todavía se toma chicha de jora y de maní, y se come su sancochado con su repollo, su yuca, su pellejo de chancho, todo es una fiesta. Los jóvenes en cambio se reúnen en las casas pero toman cerveza, comen pollo frito, usted sabe. Pero lo que todavía hace bello-bello el carnaval es la participación de todos los barrios”.

El Vrocha, Condecorado

También de carne y hueso es Víctor Ramón Ortiz Chávez, mejor conocido como el Vrocha y proveniente del artístico pueblo de Celendín. Sus mascaricaturas han ilustrado varias portadas de CARETAS y han sido parte del corso del carnaval cajamarquino en muchas ocasiones, para invariable conmoción del público. Vrocha se acuerda de que una vez, cuando la huella del primer gobierno aprista estaba aún fresca, alguien desfiló con la máscara de Alan puesta. Lo agarraron a puñetes. Ahora tiene todas las máscaras alineadas en la pileta de la Plaza de Armas y ningún transeúnte es indiferente. “¿Me puedo poner la de Bayly?” “¿Me puedo poner la del Chino?” “¿Por qué no me entra la de Lady Di?” “¡Hay que hacer que Bayly entreviste a Alan!” Los modelos de las fotos son espontáneos y voluntarios. El pasado jueves 31, en la inauguración de su muestra en el Centro de Informaciones de Yanacocha, el INC le otorgó el Reconocimiento de Kuntur Wasi, como premio a una labor que empezó a los 14 años y de la cual es el único representante. En posterior conversación con CARETAS, Vrocha dijo que el siguiente paso es la mascaricatura de Keiko. Y una versión en cómic de la historia de la dictadura fujimorista. A veces la política también es un carnaval. (Giomar Silva)

 


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