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Cultural La bailarina Luciana Proaño vuelve a Lima para presentar obra en el Festival Saliendo de la Caja.

Alada Danza

3 imágenes disponibles FOTOS  PDF 

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En EE.UU. dede mediados de los 90. Presenta Caminando en familia del 7 al 17 en el Teatro de la Municipalidad de San Isidro.

Ella, Luciana, de espaldas a quien la mire pero dando la cara a un mar en blanco y negro. Dos alas transparentes nacen de algún punto de su cuerpo. De algún punto interno. Esa es la imagen que saluda de forma virtual en su www.lucianaproano.com. Ahí mismo ha dejado una invitación: Mi danza es simple y conmovedora... así dicen. Compruébalo en persona.

A eso vamos.

Y se entiende que ya en la vida real –aunque Lima sea, a veces, inverosímil– la bailarina Luciana Proaño proponga hacer fotos en la playa.

Pasando el Salto del Fraile, pocos metros antes de la entrada a La Herradura, se enfunda en un atado de plumas mientras una familia de curiosos detiene su regreso para observarla. Un par de vendedores aparecen y ofrecen chicles, cigarrillos, caramelos para la función. Que es doble, porque más allá, sobre las piedras de la orilla, una señorita en considerables tacones y mínima tanga roja se expone a un resbalón mientras posa para otra cámara: la probable caída no es óbice para una arqueada dignísima de malcriada semanal. Es sólo un gaje del oficio.

Son de pelícano. Las plumas. Ahora, Luciana despliega sus alas construidas con soga. (Tienen pedacitos de concha de perla enredados, que brillan.) “Siempre me he identificado mucho con los pájaros”, explicaría más tarde. “Me gustan por su libertad, pero también porque comunican niveles: agua, tierra y cielo. El pelícano, especialmente: se sumerge en el agua, se seca en la tierra, sube hasta el cielo. Siempre lo he admirado”.

Primeros Pasos

Dos meses antes de concluir Antropología en la Universidad Católica, a fines de los setenta, a Luciana le molestaba la distancia que implicaba estudiar al otro, cuando ella quería integrarse con él. Era por eso que bailaba desde los tres años, para conocer lo que era común al ser humano. Leyendo más no lo voy a poder hacer, se dijo la joven estudiante, tengo que experimentarlo con movimiento, cuestionármelo a través de acciones. Y dejó la universidad.

También el baile. “No encontraba un lenguaje que fuese mío”, recuerda ahora. Voy a aprender a respirar. Si me quedo quieta, ¿qué pasa? Un día, en plena exploración en el Parque del Olivar, alguien se le acercó y le preguntó dónde había aprendido a hacer eso. ¿Eso? Eso, yoga.

Pues recién se enteró en ese momento, y lo lleva practicando de forma consciente por más de treinta años. Cuando a fines de los ’80, el gobierno francés le otorgó una beca por tres meses en París, Luciana acabó en un asham, “practicando un montón de yoga y encargándome de organizar la biblioteca”.

“Quería bailar para expresarme y no quería cumplir con una rutina creada por otro”, explica. “Así que el yoga me proporcionaba un entrenamiento integral. Porque si yo entreno mi cuerpo y estoy totalmente lúcida de cómo y dónde estoy, puedo expresarme tranquilamente”.

Crear en la piel

Echando mano a plumas, escamas, conchas, huairuros; introduciéndose en armazones de soga o alambre; cubriéndose cara, manos, pies, el cuerpo todo, Luciana crea esculturas con las que viste –se viste– sus piezas.

Antes, la bailarina insistía en ser ella misma quien recogiera los elementos y confeccionara las prendas. Ahora, su vestuario nuevo está desparramado en el departamento de Giselle Beck, la China, quien la está ayudando. Y hasta se ha encontrado con la belleza de la practicidad, al haberse dejado llevar a una tienda donde compró tiras y tiras de plumas. “Me gustaba sentirme autosuficiente”, reconoce Luciana. Y aunque eso ha cambiado, participar en la fabricación de su vestuario sigue siendo vital en la creación de sus bailes, “porque en ese proceso me inspiro y alimento de ideas. Me encanta disfrazarme porque me transforma y me deja ver otros lados, otros aspectos de mí”.

–¿Has descubierto alguno que te asuste, que no te guste?
–Yo me imagino el yin y el yan como una esfera con volumen. Para mí, así es la vida. Donde sea que estés siempre vas a mirar el lado opuesto. Por eso nada de lo que veo me asusta, porque todos los aspectos tienden a la armonía. Lo que hay son aspectos que tienen que enfrentarse, solamente. (Rebeca Vaisman)

 


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