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Cultural Antonio Cisneros y el rincón donde sus versos imploran la palabra exacta.

Altar de Poeta

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Amparado por la Virgen del Purgatorio, Cisneros acaba de reeditar su libro Propios Como Ajenos.

SI escribir es debatirse entre el cielo y el infierno, nada mejor que ampararse en la Virgen del Purgatorio. El poeta Antonio Cisneros lo sabe y bajo su manto protector hace de sus demonios versos. Creador de una docena de poemarios, cronista multifacético, director de la revista Gourmet Latino y actual director del Centro Cultural de la Cancillería, Cisneros se debate como un pulpo, o gacela por metáfora propia, entre sus tres escritorios de una de sus dos casas miraflorinas.

El poeta, que cree llevar la poesía en los genes, es también fiel creyente de la inspiración y defensor de las musas que le jalan la manga durante esos días en que se vuelve más inteligente con el lenguaje. “No me da vergüenza decirlo”, aclara, “hay la inspiración, la musa, y si no le haces caso se ofende y se va, pero en general viene y se instala y tú que normalmente eres un idiota de repente tienes días de lucidez especial, una capacidad de combinar palabras, un momento de gracia, de visitación, y eso puede durar un par de semanas y después pac, pac, pac se va yendo y poco a poco te vas quedando como el idiota que eres siempre… ahora, hay poetas que practican todos los días un poco, pero eso es un adefesio”.

Entonces, en esos días de lucidez particular, la tinta líquida fluye fácilmente por las páginas de los cuadernos Loro. Los loros, sin embargo, han dejando paso a los cuadernos japoneses que llegaron con el poeta de su último viaje a Londres y que hasta ahora se muestran yermos: “debería ocurrírseme gran poesía a partir de esos cuadernos japoneses maravillosos, pero no se me ocurre nada”.

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Cisneros, quien tiene fe en que la poesía es una forma de conocimiento de sí mismo.

Cisneros, que trabaja hasta tres horas corridas con un poema y escucha jazz, tangos, boleros y La Sonora Matancera en sus descansos, escribe desde la mañana en jornadas que terminan a más tardar a las cuatro de la tarde y que también están hechas de nicotina y lectura caníbal: cuatro, cinco libros hojeados a la vez, Pessoa, Cavafis, poesía china de la dinastía Tang, en desorden, apresuradamente.

El autor de Canto Ceremonial Contra un Oso Hormiguero, que invariablemente fuma cuando escribe, y siempre Winston rojos, recuerda a Ribeyro: “aunque escriba la prosa más ordinaria, no solo alta poesía, no puedo prescindir del cigarro, y eso me hace acordar de la tragedia de Julio Ramón, que tuvo que escoger entre morirse y seguir escribiendo o no morirse y dejar de escribir, y escogió lo primero. A mí me pasa lo mismo, cualquier cosa que sea poner las manos en el teclado: ¡paf! pucho”.

Y con el cenicero en la mesa de noche Cisneros se arrellana en su cama, que es su cuarto escritorio, y allí escribe, reescribe, tacha, pone, cambia, retacha, y es entonces cuando se levanta, coge el auto y cruza Miraflores para llegar a su segunda casa y subir a su escritorio del tercer piso desde donde antes se veía el mar y ahora solo se ven edificios desde donde se ve el mar. Entonces, frente a la computadora pasará en limpio lo que luego volverá a tachar y remendar. “En poesía avanzas un verso, dos versos, tres versos, una imagen”, explica, “hasta que no redondeas eso no pasas a otro, porque las palabras llaman a las palabras. Un poema puede corregirse hasta el infinito, el verdadero problema está en saber cuándo terminó”.

Allí, rodeado de parte de su biblioteca de cinco mil volúmenes y estantes repletos de literatura, poesía, libros de estrategia militar y gastronomía, y retratos de Pound y Rimbaud, Cisneros aprendió a escribir durante un año con una agencia de detectives comandada por su hija Alejandra bajo el escritorio. Y también allí, en familia y por si la oración hecha poema no funciona, siempre estará el Tarot esperando en el estante. Y una plegaria más: “Tómame una foto de viejo bacán”. (Maribel De Paz)

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