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Música Brujos voladores, último CD de Manuel Miranda, es también una clase de historia del Perú.

El Viaje del Chamán

2009-miranda-2-c.jpg

La concha marina: tal vez el primer instrumento. Manuel Miranda es capaz de extraerle las siete notas. Más información sobre el músico en www.manuelmiranda.net

SU música no tiene un claro inicio ni final –simplemente aparece y ya no está–, y sus palabras no van de izquierda a derecha. La música se va tejiendo de ambos lados, por capas de instrumentos: primero vientos, luego cuerdas, luego percusiones, luego voces o rugidos de un jaguar que es Manuel Miranda pero también un jaguar. Al final queda un telar que cubre toda la habitación, un manto Paracas producto de un paciente tejido. Como un calvo chamán, Miranda invita a quienes se atrevan a seguirlo a un viaje. Se viaja sentado o echado en el manto, o acaso cubierto por él. Pero sin moverse.

En palabras de Mario Vargas Llosa, Miranda conjuga dos cualidades usualmente reñidas entre sí: la capacidad creadora y el virtuosismo instrumental. Vale decir, la frescura con que conjuga sonidos y silencios, y simultáneamente, la familiaridad con que interacciona con su colección de flautas, quenas y zampoñas, todas ya extensiones de su cuerpo.

2009-miranda-1-c.jpg

Los Angeles Times reseña el disco con un elogio: “Peru comes alive”.

El virtuosismo es el resultado de una ancestral convivencia con una envidiable colección de instrumentos. Los instrumentos son viejos conocidos, pero inevitablemente nuevos a la vez para cualquier músico de este siglo. Brujos Voladores es una clase de historia narrada por silbatos de caña y cerámica, shakers, tinyas y bombos, pututos, flautas dobles, vietnamitas, hindúes y de hueso, palos de lluvia, quenachos y bazouris, ocarinas, cencerros, chéveres, antaras y tarkas. Entre lo más antiguo anda lo más soprendente: un silbato añejo que genera oscilaciones propias de un theremin, los huacos silbadores y el sonido que bambolea como el agua en su interior, la vida insuflada a través de un hueso que es una quena y un resto arqueológico a la vez. Además, cada instrumento conlleva una historia, una leyenda, un mito que encierra a su vez una verdad. La rebelión de los objetos de la cultura Moche o El viaje de Túpac Yupanqui a Oceanía son dos mitos particularmente expresados en este disco. El segundo explica lo que Miranda viene leyendo en los libros: que distintos instrumentos y artefactos se han inventado de forma simultánea en distintas partes del mundo.

De la misma forma, Miranda se ha ido formando como músico a través de sus viajes. En Argentina grabó Asociación Libre (1997). Era música étnica, andina, afro-peruana, oriental y jazz. Su segundo disco, Tinku (encuentro), siguió el mismo rumbo desde el Perú, incluyendo el festejo. En este tercer disco, se nota más que nunca el trabajo de sinergia entre las reliquias musicales y los artefactos modernos y posmodernos –como la batería, el teclado, el bajo electrónico y el sampleo por computadora–. Y ya tiene temas para un cuarto disco. Siempre huaqueando el pasado con la nueva tecnología del presente. (C. Cabanillas)


 


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