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Opinión Por ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Arde Paris

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Todo comenzó como un banal incidente de barrio. Un equipo de policías quiso proceder a un rutinario control de identidad de tres adolescentes de Clichy-sous-Bois, a 20 km de París. En vez de someterse a las humillaciones de un amenazador tuteo policial y a la presunción de culpabilidad en razón de sus fisonomías de hijos de inmigrantes árabes, los muchachos prefirieron escapar y, en su intento, saltaron la valla que protegía una central eléctrica y buscaron refugio entre sus alambicadas instalaciones.

Fue cosa de segundos: dos de ellos murieron electrocutados mientras que el tercero quedó entre la vida y la muerte.

Clichy-sous-Bois resume todos los males que se han concentrado en los suburbios de los países llamados ricos. Queda en el departamento de Seine-Saint-Dénis, uno de los siete que rodean París. Aunque en él no falta una basílica muy antigua en la que están enterrados los reyes de Francia, un 80% de sus zonas urbanas han sido construidas después de la segunda guerra mundial. Y como tantas otras ciudades similares, Clichy-sous-Bois acogió durante los años 60 y 70 la masiva llegada de inmigrantes que sirvió de mano de obra en el gran desarrollo industrial del período llamado “Los treinta gloriosos años”, que coincidieron además con una gran hegemonía del PC de origen proletario, cuyos alcaldes concertaron con sucesivos gobiernos una política urbana destinada a acoger a los obreros de más bajos recursos en las llamadas “ciudades dormitorio”, alejadas por cierto de los centros laborales. La primera gran crisis del petróleo, la aparición del desempleo a fines de los 70 y la conversión del aparato productivo en una economía de servicios cambiaron radicalmente las condiciones. Desde principios de los 80 la extrema derecha surgió como fuerza política permanente y al cabo de cuatro alternancias y tres cohabitaciones de la derecha e izquierda tradicionales, logró que Jean-Marie Le Pen, su líder histórico, llegara a la segunda vuelta en las presidenciales del 2002, desplazando incluso al candidato de la izquierda, el socialista Lionel Jospin.

Aunque la aspiración a la igualdad es uno de los reflejos políticos más anclados de la sociedad francesa y figura, junto a la libertad, en la divisa republicana, al igual que en muchos otros países de la Europa comunitaria, todos los estudios muestran el constante crecimiento de las desigualdades. Y ya no se trata tan sólo de salarios, sino igualmente de salud, educación, acceso a la vivienda y a un puesto de trabajo no precario. En antropólogo Didier Fassin, del principal centro de estudios sociales de Seine-Saint-Dénis, ha demostrado que el algo que podría tomarse por un gran éxito, o sea el aumento de la esperanza de vida, enmascara sin embargo cifras bastante menos encomiables. Un obrero de los suburbios vive en promedio 9 años menos que un ejecutivo en un barrio residencial. Y si el desempleo gira en torno al 10% a nivel nacional, en cualquier ciudad de suburbio buena parte de los países comunitarios supera el 30%.

Y es cada día más conocido el hecho de que, en igualdad de condiciones, una solicitud de empleo de un joven residente de los suburbios tiene hasta un 65% menos de posibilidades de ser aceptada. Y la cifra aumenta si a una “dirección inconveniente” se añade un nombre con connotaciones africanas o árabes. Y es que los barrios que fueron concebidos para la clase obrera de una pujante sociedad industrial se han ido convirtiendo en guetos de inmigrantes, de hijos y nietos de éstos, afectados a un tiempo por el desempleo, el racismo y la exclusión.

El urbanismo, la cultura de la juventud de los suburbios y las nuevas actitudes ante el “territorio” han proliferado como tema de las conciencias sociales en países en que la mayoría de la población no vive en el campo ni en la ciudades, sino en ese espacio nuevo que se engloba bajo nombres sospechosos que no dejan de tener resonancias con los banditi de la edad media italiana, los expulsados de la ciudad, los bandidos, los fuereños del mexicanismo, los del suburbio, en español, los de la banlieu, en francés. En ellas se ha venido concentrando también la comunidad musulmana más importante de Occidente.

¿Es la presidencia del omnipresente Nicolás Sarkozy la mejor respuesta a lo que muchos creen ser una amenaza constante al eterno bienestar de los franceses, a ese corazón en la izquierda con una billetera a la derecha? ¿A ese envejecimiento de toda una nación, se tome por donde se tome, del que tantos hablan y tanta tinta derraman? La creación de un Ministerio de la Inmigración y de la Identidad Nacional me hace recordar a aquel pintor que le decía a su ministro de Cultura que se tomara el trabajo ocuparse bien de su Ministerio, que ya él se ocuparía de la Cultura. En Francia, en todo caso, desde aquella crisis de la que ha dicho ya de todo, en una verdadera cacofonía de interpretaciones, una por una las razones siguen en pie, y en pie de guerra, a decir de algunos, por más que hace ya más de un año que los servicios secretos hicieron público un documento que excluye que aquellas revueltas fueran preparadas o manipuladas. Los servicios de inteligencia policial hablan de una explosión de jóvenes a los que la sociedad niega trabajo, dignidad y futuro. “Un acto suicida”, concluyó un comisario. En cambio, para el lenguaraz Emmanuel Todd, teórico de la fractura social: “Los jóvenes que protestan en los suburbios están más integrados que lo que ellos mismos creen. Y por eso mismo protestan”.(Alfredo Bryce Echenique)

 


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