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Opinión Escribe ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

La Catástrofe Educativa

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Años de enseñanza universitaria en Francia, entre las universidades de Nanterre, La Sorbona, Vincennes, en París, y Paul Valéry, en Montpellier, luego en los Estados Unidos, en Austin y Yale, también en Puerto Rico, y al final mínima y muy mediocre y aburridamente en Lima, han hecho que me sienta siempre atraído por la literatura ensayística sobre la llamada enseñanza superior, a veces tan impropiamente. Hoy sigo más o menos en la brega, pero sin arrimarme demasiado, por decirlo en términos vagamente taurinos, aunque dentro de poco estaré ocupando la cátedra Espinosa, en Ámsterdam, y luego dictando conferencias en Huelva, Madrid y Burdeos. Serán retornos muy breves, pero el gusanillo queda, y uno además se lee sus libracos sobre el tema, de cuando en vez.

Sin duda ningún libro hasta el día de hoy se ha ocupado tan exhaustivamente de la enseñanza superior como el del Cardenal John Henry Newman, La idea de una universidad, un peso pesado que lleva más de siglo y medio ejerciendo una influencia definitiva. Mi edición la conseguí en la Universidad de Yale, aumentada y actualizada por ensayos de ilustres universitarios de hoy, entre los cuales cabe resaltar el nombre de Sara Castro-Klarén y sus reflexiones sobre las implicaciones del pensamiento del Cardenal Newman en la educación y en la literatura, desde puntos de vista pertenecientes a la cultura occidental y al multiculturalismo. Una joya.

Pero uno debe contar también que, si hay algo que lo llevó de la manito, muy obedientemente, a la vida y obra de este cardenal británico y ya tatarabuelo, es el hecho de su doble pertenencia. Para alguien que, como yo, desde niño gustó jugar el primer tiempo de un partido de fútbol en un equipo y el segundo en el equipo rival, con el fin de practicar esa alternancia de la que, creo yo, surgen la ironía y el humor, la vida y obra de un educador como el Cardenal Newman, que pasó casi exactamente la mitad de su vida en la protestante Iglesia de Inglaterra y la otra como católico, que fue primero enemigo de la Iglesia de Roma, y luego fue nombrado Cardenal por el propio Papa, es sinónimo de inmenso interés y curiosidad.

Sus ideas, su evolución, desde el momento en que se enfrentó a cuanta autoridad religiosa tenía por encima o cuando defendió ardorosamente la libertad de los protestantes de acercarse o no al catolicismo, son asombrosas. Newman fue casi censurado por su Iglesia por defender el interés y acercamiento de los miembros de la Iglesia de Inglaterra a las prácticas y creencias de la Iglesia católica. Sus escritos llegaron a ser prohibidos, aunque no dejaron de circular casi clandestinamente, sobre todo aquellos que trataban sobre el tema de la universidad y la enseñanza superior, de una actualidad tan grande, entonces (y hoy), que incluso fue llamado para fundar la Universidad Católica de Dublín, con una serie de memorables conferencias, siempre sobre el tema universitario. Tal grande fue el éxito de su cometido que su nombre y reputación, ya siendo católico, renacieron en la Inglaterra que tanto desconfió de él y aún hoy sigue siendo objeto del mayor interés, incluso en los Estados Unidos.

Pero hay más. Hace un año, con ocasión de la Feria Internacional del Libro, en Guadalajara, y con la presencia entre el público de tres premios Nobel –García Márquez, Nadine Gordimer y José Saramago–, el brillante ensayista mexicano Carlos Monsiváis leyó el discurso de agradecimiento tras haber recibido el premio anual de la Feria. Y en sus palabras, hoy ya impresas, leo yo toda la sabiduría del Cardenal John Henry Newman, trasladadas a la universidad, la cultura y la escritura de nuestros días: “Ahora, el mayor peligro para la novela no es el culto a las imágenes (que obliga en muchos sitios a sólo considerar novela a la telenovela), no es tampoco el desdén tecnológico por la letra escrita, ni siquiera la incomunicación cultural entre los países latinoamericanos, sino la catástrofe educativa, robustecida por el desplome de las economías y el desprecio neoliberal por las humanidades. El neoliberalismo es, en definición rápida, el encumbramiento de una minoría depredadora y por ello se privilegia a la educación privada al margen de los niveles de calidad, y allí, con énfasis, la aptitud tecnológica es la cima, lo que se traduce en el menosprecio del humanismo y en la adopción ornamental de la cultura...” Siglo y medio después, entre las palabras del sabio Monsiváis, se escucha claramente la voz autorizada del Cardenal Newman.

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