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Cultural

La Madre Del Cordero

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Jeanne Weil de Proust fue indispensable para para la vida del gran ocioso y sibarita de su hijo, Marcel (en la foto).

Con esta columna, el reconocido y apreciado escritor Alfredo Bryce inicia una serie de colaboraciones en CARETAS. Últimamente en medio de la polémica, el autor promete textos “recién salidos del horno”. Lectores, están servidos.

EN realidad, la madre del cordero fue él, sí, nada menos que él, el hijo, si no de la eterna discordia, pues sí de la imposible concordia, aquel díscolo y enfermizo genio, aquel gran vago llamado Marcel Proust. Y el que todo lo invade, también, pues resulta imposible hablar de su madre sin tener que hablar también de él. Y de tal manera, además, que deben ser centenares, si no millares, los libros escritos sobre el autor de En busca del tiempo perdido, mientras que para saber a ciencia cierta quién fue la madre del gran escritor hemos tenido que esperar hasta hace poco más de dos años. Madame Proust, se titula, en efecto, el brillante ensayo que a esta señora le consagró Évelyne Bloch-Dano en 2004 (Ed. Grasset, París).

Pero incluso tras la lectura de este libro estupendo, que abarca al mismo tiempo le tout Paris de la tercera república francesa, toda una radiografía de la gran burguesía francesa, del judaísmo en Francia, y de una conmovedora historia de una familia mixta, de madre judía y padre francés. Pero tan aplastada queda siempre la madre por un hijo mayor que se comportó siempre como el menor y como eterno menor de edad, tan ensombrecida queda que sigue en pie el misterio de esta rica heredera judía y culta que tuvo que plantarles cara a dos mundos al mismo tiempo, al contraer matrimonio con el hijo de un tendero pobretón e ignorante. Y además el suyo, el matrimonio de mademoiselle Jeanne Weil ni siquiera fue un matrimonio por amor, e incluso uno tendería a imaginar, a fantasear que, en realidad, lo fue por anticipación. A una señorita muy rica e inteligente no se le ocurre mejor idea que la de procrear un genio, siempre y cuando, claro está, se case con ese señor tan poco interesante que... Y desde entonces esa señorita se convierte en Madame Jeanne Proust, da luz al genio, y desaparece para siempre detrás de él o debajo de su inmensa sombra.

“Me causa tanto placer quejarme ante ti” (...) “Contarte mis penas y enfermedades es mi manera de amarte”, le repite una y mil veces, a cualquier hora del día o de la noche, y en todas las edades de su vida, hasta la muerte de su madre, a los 55 años, Marcel Proust. Y esté donde esté. Pues se escriben y se llaman por teléfono hasta dos veces al día. Y más bien de noche. Porque no olvidemos que, para desesperación de propios y ajenos, Marcel duerme de día, al revés del común de los mortales. Y al revés también del común de los mortales de su época (finales del XIX- principios del XX), no sólo suele contarte a su mami sus amores –todos hombres– sino también traérselos a comer a casa. Un padre siempre ausente, muy convenientemente ausente en todo sentido de la expresión –incluida su propia paz y una gran carrera médica– y un hijo menor que en algún momento sencillamente sobrepasó al mayor y ocupó en todo sentido su lugar en el mundo.

La fortuna, en la forma de cuantiosas herencias por la vía materna, abundaba. Todos la trataron con el debido cuidado de la mejor burguesía francesa de los grandes bulevares de Haussman. Con excepción de Marcel, por supuesto, que, a pesar de confesar incesantemente que el único pesar insoportable para él sería que lo separaran de su madre, despilfarraba noche tras noche en Saint-Germain-de-Près. En casa todo el mundo, desde papá hasta el último pinche de la cocina, se inquietaba por la conducta de niño, del joven, y ahora del señorito Marcel. Sin embargo, sólo el aterrador asma de su hijo y sus eternos cigarrillos mortificaban a su madre. Jeanne Proust, en efecto, vivía para su hijo y aplastada por su hijo y amadísima por ese mismo hijo, todo al mismo tiempo y a lo largo de toda una vida de madre. Y hacia el final de esa vida, asediada e incluso presa de los peores males y malestares, vivía sólo por y para su hijo. Su marido, médico de gran éxito, y su hijo menor, que era el mayor, y un joven cargado de presente y de futuro, callaban. Dejaban pasar una historia de amor demasiado compleja para sus ojos, sus oídos, sus mentes, su moral y sus creencias.

Todo, pues, nos lleva a pensar que Jeanne Weil de Proust, la callada pero firme madame Proust, fue indispensable para la vida del gran ocioso y sibarita de su hijo ¿mayor?, ¿menor?. Pero como en la aburrida novela que fue la vida del autor de una inmensa novela, si lo pensamos bien, resulta que también la muerte de su madre fue determinante en la vida del gran vago de Marcel.

El hombre al que una familia entera, con su madre por delante, le había implorado que fuera más disciplinado, que estudiara, que escribiera, que mantuviera un horario, esperó a la muerte de esta gran mujer de temple ejemplar para dejar de salir noche tras noche y tras noche. Y para empezar su interminable monumento literario con una frase que es puro amor por su madre y de una sencillez exacta a ella, también: “Durante mucho tiempo me he acostado temprano”. (Alfredo Bryce Echenique)

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