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Edición 1999

25/Oct/2007
 
 
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Actualidad Primera Dama evalúa los resultados de Sembrando y pasa revista a turbulento panorama de programas sociales.

La Receta de
Nores (VER)

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"Hacemos 88 preguntas sobre la familia, salud, talla y peso de los niños. Tomamos exámenes de hemoglobina".

La primera dama no le cede un centímetro a la posibilidad de otros temas y comienza la charla con una batería de datos, lugares y explicaciones sobre el funcionamiento del programa Sembrando. Pilar Nores de García enuncia de memoria pueblos recónditos y porcentajes exactos. Su autoridad en la materia es tal que pasan algunos minutos para convertir el monólogo en entrevista.

El programa funciona en seis departamentos y atiende las necesidades de peruanos altoandinos en extrema pobreza que viven entre los 2,500 y los 5,000 metros. La secuencia es la siguiente: Nores llega con sus colaboradores, que desparasitan a los lugareños. Luego de instalar en las viviendas la cocina –que reemplaza a la de leña tradicional– y la letrina, ofrecen capacitación para implementar una huerta de autoconsumo protegida con mantas plásticas para resistir las temperaturas que descienden hasta los quince grados bajo cero.

Sembrando se inmiscuye en buena parte de la vida doméstica de sus beneficiados. Por ejemplo, ofrece a las gestantes un cóctel de minerales –que incluye el fundamental ácido fólico para prevenir en los bebés males como el labio leporino, pues “en cada comunidad tengo dos o tres niños con ese problema”– y les brinda las herramientas para tener un parto seguro.

Se tiene previsto cerrar el año trabajando con unas 28 mil familias y los resultados ya dan de qué hablar. Enrique Vásquez, profesor de la Universidad del Pacífico, fue entrevistado por Mariela Balbi en el diario El Comercio y consideró que Sembrando debería servirle de modelo al Estado. Nores no disimula su orgullo por el que considera el primer programa “integral”. Considera que Crecer replicará la experiencia a gran escala.

De hecho, tampoco esquiva las preguntas sobre la corrupción que suele teñir a los programas sociales, como ha vuelto a ocurrir con el escándalo del sector Salud.

“La conclusión real de lo que ha pasado los últimos cuarenta años es que se han invertido miles de millones de dólares para mejorar la pobreza extrema y los resultados, por lo menos en América Latina, han sido nada”, sentencia. “Locura es hacer lo mismo y tener resultados diferentes: esa es la definición”.

–Antes de comenzar el gobierno usted anunció muy precisamente el nicho en el que quería trabajar. ¿Cómo lo tenía tan claro?
–Durante la campaña política uno recorre todo el país. Yo ya había trabajado en el primer gobierno de mi esposo con barrios marginales y con niños abandonados a consecuencia del terrorismo. El problema real en el 2006 era otro, es que el crecimiento no se hace sentir abajo y no llega la infraestructura básica. Si uno piensa en justicia hay que trabajar ahí, donde no hay nada, y en esas zonas es que se ponen de colorado todos los indicadores: falta de DNI, falta de caminos, desnutrición. Es el final de la madeja.

–¿Cómo construye su línea de base?
–Es como si le tomaran una radiografía de lo que tiene y no tiene entonces. Hacemos 88 preguntas sobre la familia, salud, talla y peso de los niños. Inclusive estamos tomando exámenes de hemoglobina, no a toda la población pero sí a una muestra representativa. Luego que la comunidad acepta el trabajo, nosotros llevamos los kits y ellos construyen su cocina y su letrina bajo supervisión en todos los casos, cosa que no se ha hecho con los programas sociales. Se califica a la mejor cocina y a la mejor letrina. Es importante que la comunidad sienta que cuando las personas hacen algo bien, reciben un premio.

–¿Por ejemplo?
–Dos lampas que nos van a servir en el huerto familiar. A la comunidad más eficiente, a ellos sí les premia con un televisor y DVD. Aunque no haya señal en la zona, la intención es pasar películas educativas para los niños y de capacitación.

–¿Qué sorpresas encontró en la recolección de datos?
–El 80’% de las madres gestantes baja al menos una vez a la posta durante los nueve meses, pero solo un 38% da a luz en un establecimiento de Salud. Primero porque hay veces que tiene que caminar cuatro horas para llegar. Segundo, porque, culturalmente, la madre siente orgullo de dar a luz en su vivienda y decir “yo los he tenido sola”. Cuando me dicen: “no van a aceptar la cocina mejorada por motivos culturales”, yo digo, mentira: eso no es cultural. Todo lo que es mejoría será aceptado, pero con el parto hay ciertos valores y una especie de pudor. Tercero, porque, socialmente, el esposo está muchos meses del año lejos haciendo un cachuelito y si ella se ausenta nadie come y se le muere todo lo que tiene. En algunos casos no puedo aspirar a que la madre tenga un parto institucional ni aun haciendo la casa al costado de la posta, porque a veces los partos son muy largos y ella no puede cuidar a los animales ni a los hijos. Por eso es que estamos diseñando material para que ella controle su embarazo y su parto de forma segura. Y está lo más simple: entregar una pequeña gillette desinfectada significa mejorar en un 140% la salud del niño y evitar las infecciones. Imagínese con qué corta una madre de allá arriba el cordón umbilical. Hay cosas muy pequeñas que pueden significar mucho.

–¿Trabajan con planificación familiar?
–No específicamente, porque eso implicaría más costos. Pero indudablemente que en todo el discurso va la idea. No es que el niño venga con un pan bajo el brazo como antes que necesitábamos personas para trabajar la tierra. Hoy en día se necesita educación y no solo con lo que sabe el padre puede vivir el niño.

–¿Cómo financia el programa?
–Todo lo que he hecho es gracias a la Teletón del 25 de octubre del año pasado. Junté un millón y medio de dólares y trabajé con las primeras 12,500 familias. Es un promedio de US$ 100 por cada una. Los costos del instituto son cero porque eso lo financio con una cena anual. El PNUD financia la línea de base. La CAF me dio US$ 50 mil y la ONG Luxemburgo Perú me está dando US$ 400 mil. Nada más. Me he acercado a la embajada suiza, porque ellos hicieron una inversión fuerte con el arado andino, pero parece que no son los proyectos que les interesan ahora. Me demanda mucho esfuerzo realizar proyectos como manda la cooperación técnica en cada uno de los casos. Me interesa el trabajo en la base. Con la taquilla del concierto de Gian Marco y Juan Carlos Flórez tenemos para expandirnos a 15 mil familias más. En Estados Unidos formamos una fundación, Sewing Peru.

–Estuvo hace poco por allá.
–Una visita bastante rápida, una semana a visitar Virginia Beach University y Los Ángeles, solo para hablar con algunas instituciones que habían querido trabajar y promocionar Sembrando.

–¿Cómo controlar la corrupción en los programas sociales?
–De nuevo, la línea de base. La focalización no permite manejar políticamente nada. Las cifras dicen dónde están los pobres y allá vamos. No me importa que sea la madre del vaso de leche, ni la compañera de Villa El Salvador. Así es equitativo y la gente lo comprende. Tampoco se puede evitar ningún nivel de decisión. Le digo al presidente de la región que necesito llegar a las comunidades. Ellos colaboran, ponen su camioncito y él mismo se encarga de que las cosas estén bien. No es aprista y lo único que le interesa es servir. Eso se reproduce hacia las cabezas de los departamentos y de las provincias. Eso en la medida de que todos participen y vean esa transparencia. En más de un sitio hay peleas porque los alcaldes de un partido no quieren invitar a otros. Pero yo llego y entran todos los que viven encima de los 2500 metros. En cambio, si hago como (el programa) Juntos genero más problemas.

–Allí hubo problemas porque los criterios para escoger a los beneficiarios no eran claros.
–Puede ser que uno tenga una gallina y reciba los cien soles, y si el otro tiene dos, no.

–¿En su zona trabaja Juntos?
–No. Esperé que ellos hagan su focalización de 811 distritos y escogí los restantes.

–¿Cómo evalúa esa figura de subsidio directo?
–Tiene que ser coherente con sus objetivos. Nada me garantiza que porque le dé 100 soles a la madre voy a disminuir la desnutrición crónica o mejorar la calidad educativa. Ahí está manteniendo una pobreza, nada más. Luego se retira Juntos. Los programas son distintos y tengo una forma integral de actuar. Si me he puesto la meta de reducir la desnutrición crónica, yo no sé qué hago ni si me invento otra pastilla más, pero la desnutrición tiene que bajar. Entonces estoy tratando de probar por diferentes caminos: con la pastillita, el fierro líquido y la salchicha de anchoveta. Y mido los resultados.

–¿Cuándo viaja?
–Mañana me voy a Huarochirí. Voy dos veces a cada una de las comunidades porque cuando uno llega lo primero que en ésta le dicen es: “Somos el pueblo más olvidado del Perú y jamás ha llegado hasta aquí una primera dama”. Yo les respondo: “Ya no son el pueblo más olvidado del Perú y tampoco una esposa de presidente no los ha visitado nunca”. Se mueren de risa pero en el fondo es parte de la autoestima de la gente que uno se preocupe por ellos.

–¿Le inspiró alguna experiencia internacional?
Todas. Usted sabe que de sinvergüenza yo me metí a una maestría de Desarrollo Económico y Social a los 56 años. Teníamos que presentar críticas a los programas sociales.

–¿No le mueve el piso lidiar con estas manifestaciones de pobreza extrema?
–(Hace una pausa). Yo no podría trabajar nunca con niños minusválidos. Eso me llega muy adentro y me toca. En cambio, la pobreza me inspira mucho más por ser reversible, porque pobreza es igual a ignorancia y ese es el único límite. A medida que la gente recibe conocimiento, progresa. En la Agraria, en la Católica se han hecho muchas cosas y por eso trabajo ahora con los universitarios. Pasan una semana en las comunidades como prácticas. Dormimos donde nos agarra la noche, en el suelo, madera, lo que sea. La idea es que todos salgan a hacer de todo, que sepan hacer una encuesta, medir la hemoglobina, la talla y el peso. Todos somos ejército.

–A diferencia del primer gobierno de su esposo, sus hijos ya están grandes. ¿Eso le da más tiempo para un trabajo así?
–No crea, uno siempre tiene la intención de decir “ya tiene 18 años”, pero los chicos necesitan padres toda su vida. Más bien me reclaman cuando me ven muy fuera. Trato de salir dos, tres días y volver. ¿Qué hay de las madres que son azafatas y duermen fuera? Sí se puede conciliar una cosa con la otra. Lo que pasa es que ya los tengo más como colaboradores. En el fondo participan de la vida nuestra de una forma activa.

–Ayuda que sigan carreras humanistas.
–Dos de ellas. La mayor está investigando sobre dengue hemorrágico, y la otra está por recibirse de médico, así que es la que evacua todas las consultas. Los otros dos están en la carrera de Derecho.

–Las discusiones en la familia deben ser muy intensas.
–No de discusión pero sí de mucha broma. Una cosa es el padre y yo en temas de política y otra cosa es la familia. Los bebes, como les decimos nosotros, aunque tengan treinta años. La relación es muy cercana. Todo el mundo se bromea, se toma el pelo y se dice los defectos. La vida en familia es increíble. A mí me encanta. Por eso decía a propósito del censo, ¿cómo no les gusta pasar un domingo en familia sin pretextos para que nadie se pueda ir? Habría que rescatarlo de vez en cuando. Todo el mundo juntos. (Enrique Chávez)

 


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