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21/Jun/2007
 
 
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Gestor del Perú campeón de la Copa del 75, Hugo Sotil, nuevamente.

La Huella del Cholo

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Desde mayo es comentarista radial.

El micrófono a la altura de la boca de Sotil revela a un Cholo inédito. Al menos para el periodismo, habituado a pesquisas de semanas para dar con él y extraer los mismos ídems futboleros: “Esperemos que Uribe arme un buen grupo y consiga el objetivo de ganar la Copa”, “Los muchachos de hoy tienen que sacrificarse”, etc. Pero este es otro Sotil, con matices agregados al delantero de 1,69 metros que campeonó con el Barcelona de España en el 73, y le dio a Perú su segunda Copa América en el 75, con un gol suyo. Sentado en la parchada cabina de Radio San Borja junto a Luis La Fuente, el Cholo cumplió en mayo 60 años e inauguró nueva faceta: la de comentarista en el programa “La Verdad del Deporte”. Acaban de despotricar contra Alfredo González. Ahora transcurren esos distintivos minutos muertos que anteceden al término de la edición, los conductores no saben qué hacer y el pasto se pavimenta hacia la improvisación. Sotil se despercude de su mirada y gesto autistas –remanentes acaso de una carga lejana y adictiva–, y un Cholo desacostumbrado asoma:

–¿Saben cómo le dicen a mi compadre La Fuente? Sábana vieja, porque da vergüenza en la cama.

En el fondo, es el Sotil de siempre. Pícaro, rebelde, que en su momento fue una piedra rodante para avasallar defensas. Con la diferencia de que hoy contesta a todo, sin el desaliento de quien tiene que soltar en bandeja, nuevamente, su pasado. Pero es el mismo Cholo criollo que fugó de España porque el Barza no le dio permiso para jugar la Copa América del 75, tomó un avión, aterrizó en Caracas, decidido a poner el hombro en la final ante Colombia. Y quien empezó pateando en El Porvenir, no conoce de tacañería: Sotil llegó a la concentración con relojes, prendedores, corbatas, etc., para motivar a sus compañeros.

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El Cholo relata su gol con la autoridad de quien puede sobrarse: “Felizmente por esos años no había empresarios, y pude comprar los pasajes. La cancha no estaba en buenas condiciones. Había agua y charcos por todos lados, pero yo estaba acostumbrado a jugar así porque venía de Europa. Fue una jugada de mi compadre Teófilo, que remató, cogí el rebote y a cobrar. De regreso, pensé que los españoles me iban a castigar, pero pasó lo contrario: me premiaron”.

Pizarro ya quisiera ese desprendimiento. Hugo sentencia: “No sé qué les pasa a los muchachos de ahora, que no escuchan. Lamentablemente no han ganado nada. Nosotros, con Chumpitaz, La Torre, etc., éramos humildes y enrazados. No nos gustaba perder. Nos hicimos un solo puño. Gracias a este esfuerzo pude estar en dos Mundiales”.

–¿Cómo ves las posibilidades de Perú en la Copa América?
–Primero hay que ver los resultados. Obviamente no voy a dar a Perú como favorito. Sólo espero que los muchachos hagan un buen trabajo.

–¿Quién crees que pueda seguir tus pasos?
–La Foquita Farfán. Ojalá Barcelona lo contrate.

–Ahora se te ve más abierto. Das más entrevistas.
–No, siguen sin gustarme las entrevistas. Mi ciclo está acabado.

–¿Entonces por qué incursionas en la radio?
–Por intermedio de mi compadre (señala a La Fuente). Muchos opinan sin haber estado en un campo de fútbol. En cambio yo sí he estado, y lo conozco perfectamente.

Y qué campos. Del Municipal al Nou Camp. Pasó en el 73. Cazadores de talentos asisten a un Alianza-Muni para ver a Cubillas. Pero el Cholo hace diabluras y se olvidan del Nene. Junto al holandés Johan Cruyff (“Mi otro compadre”), los azulgranas arman un dream team equiparable al de Romario-Stoichkov, o al de Ronaldinho-Eto’o-Deco. Hace 25 que los culés no campeonan. Con Sotil, el Barza rompe el maleficio. Endilga, además, un 5 a 0 al Real Madrid en el Santiago Bernabéu. El cabezazo de la quinta diana lleva sello nacional.

Luego, la historia que le cuesta rememorar, que transcurre entre la leyenda del Ferrari amarillo que le regala la dirigencia catalana, la dolce vita indiscriminada, la llegada del holandés Neeskens que manda al Cholo a la banca, la demora en el trámite de la doble nacionalidad para no ocupar una plaza de extranjero, el hastío y el retorno al Perú, hasta tocar el abismo con el alcohol y la pasta.

Luego, el repunte. Sotil deja de encerrarse, tienta la dirección técnica sin éxito en el 99 con el Muni, trabaja en menores, hasta que un micrófono rompe su coraza defensiva, para extraer de él al Cholo risueño y pícaro, al Cholo de siempre. (José Tsang)

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