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21/Jun/2007
 
 
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Espectáculos Amparo Brambilla vuelve. Sus plumas y lentejuelas también.

Los Nuevos Recursos de Amparo

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Señora de las cuatro décadas. Misma pose, nuevo vestuario. La Brambilla planea nuevos musicales picarescos.

En la década del ochenta, el Perú experimentó una explosión más expansiva que un coche bomba: la aparición de Amparo Brambilla en la televisión nacional. Alzada sobre su metro ochenta de estatura y amparada por sus incontestables ciento diez centímetros de caderas, la Brambilla mitigó a través de sus coreografías en la pantalla chica la carestía que se vivía en las calles. Era el primer gobierno de Alan García y ahora, dos décadas después, la Brambilla vuelve para reinventarse.

Varias jaladitas y una liposucción de por medio, la ex vedette posa nuevamente frente al lente de CARETAS, pero sin ceder a la tentación de las tangas. “¡No te pases!”, aclara. Veinte años han pasado desde su monumental aparición en la portada de esta revista con el retrato de Alfonso Barrantes reposando sobre su espalda. Eran épocas en que la televisión peruana estaba invadida por los reptiles de “V - Invasión Extraterrestre” y los devaneos amorosos de una delgaducha Patricia Pereyra en la novela “Carmín”.

Frente a eso, la Brambilla ofreció su propia invasión de carne y hueso (más carne que hueso) alumbrando los fines de semana con sus plumas y movimientos sensuales en “La Gran Revista” de Panamericana Televisión. Racionamientos, colas, apagones, miedo. Un pestañeo de la Brambilla parecía barrerlo todo. Era, pues, un efectivo sucedáneo para cuerpo y alma proveniente de alguien a quien no parecía faltarle su pan tolete. Representaba, sin duda, aquello de lo que muchos carecían: una buena alimentación.

Ahora, a punto de celebrar sus bodas de plata como artista (ya no quiere que le digan vedette), reaparece nuevamente la mujer que se ha pasado la vida reinventándose y luchando contra el sobrepeso. Nunca tuvo las medidas perfectas (lo suyo era un contundente 95-68-110), y nadie se quejó nunca. Al menos, no al principio. Luego vino el sobrepeso evidente, los 122 kilos, las dietas descarnadas y las anfetaminas para ahuyentarlo, los problemas de tiroides, la depresión, los insultos frente al espejo. En realidad, asegura que nunca se gustó a sí misma. Felizmente, Tulio Loza pensó distinto.

Fue con el “cholo de acero inoxidable” que empezó su carrera, con apenas 17 años y la firma de su madre de por medio, en el programa “Tulio de América a Todo Color”. A los 19 ampliaría sus dominios convirtiéndose en la estrella de La Gata Caliente, café teatro donde debutó con el espectáculo “Vuelve el Toque” al lado del “Gordo” Casaretto, Antonio Salim, y Elmer Alfaro ‘Machucao’. Allí, por fin se calzó la tanga “diente filudo”, cuya proximidad muchos envidiarían.

Luego vendría Risas y Salsa y los sketchs con Justo ‘Petipán’ Espinoza, el líder de La Banda del Choclito. Y después de la televisión, los shows en provincias y, luego, la desaparición del medio. Hasta que Osvaldo Cattone la reflotó en el 2002 con el papel de prostituta envejecida en su obra “Venecia”. Su vida no ha sido “color de rosa”, afirma, y para recordarlo quedan los recortes de periódicos sobre sus líos judiciales con Susy Díaz y el peluquero Paco Ferrer, a quien calificó de “sidoso” y por lo que fue condenada a un año de prisión condicional.

Pero Amparito sigue firme. De lo que sí se arrepiente: haber rechazado la invitación de Raúl Velasco para aparecer en su trampolín a la fama “Siempre en Domingo”. Lo hizo por no alejarse del amor. Un amor, explica, al que ya no vale la pena nombrar. Asegura, también, que en el Perú actual no hay vedettes, y que la farándula es ahora “una jaula de leones”. Ser vedette es mucho más que mover unas caderas adornadas de lentejuelas, recuerda la Brambilla, ser vedette “es ser una mujer que puede envolver al público en el mundo mágico de las plumas y lentejuelas”.

Ahora, cuando “el hijo de Bayly”, “la amiga de todos” y demás personajes paridos por la farándula local invaden diarios y pantallas sin necesidad siquiera de mover las caderas, al menos no en público, todavía habrá quien suspire por las lentejuelas perdidas de la Brambilla (Maribel De Paz).

 


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