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Seguridad Un e-mail le avisó que su esposa e hijos habían sido secuestrados en Bogotá. Las pistas condujeron a Loreto, donde la Policía se dio con la gran sorpresa.

Secuestro Jet Set

4 imágenes disponibles FOTOS 

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27 de abril, en la Policía Antisecuestros. Ingeniero Diego Ortega y sus hijos Miguel Ángel y Camilo, tras ser rescatados en Loreto. Permanecieron tres meses cautivos.

La vida le sonreía al ingeniero colombiano Diego Ortega Vargas, de 33 años. Tenía un matrimonio sólido, un buen empleo en el área de sistemas de una reconocida empresa y dos hijos sanos, Camilo (7) y Miguel Ángel (5).

Pero cuando llegó a su residencia de Bogotá, la tarde del pasado 28 de enero, tuvo la certeza de que algo terrible acababa de suceder. Poco antes había recibido un e-mail con el siguiente mensaje: “Tenemos a tu mujer y a tus hijos. Queremos US$ 50 mil si quieres volver a verlos con vida”.

En la violenta Colombia el secuestro es una industria perversa y millonaria. Entre 1996 y el 2006, según la fundación País Libre, se han registrado allí 23,144 plagios, a un ritmo de ocho raptos por día. Todo un récord en Latinoamérica. Pero Diego no entendía el porqué del secuestro. No era, digamos, un multimillonario, ni tenía conexiones políticas ni tratos con el narcotráfico. Que su esposa Hasleidy Velásquez (26) se hubiese marchado con los niños era, por cierto, improbable. En nueve años de matrimonio todo había transcurrido aparentemente sin sobresaltos. “Quizá es una broma de mal gusto”, pensó mientras abría la puerta. No lo fue.

En casa no estaban ni su esposa ni sus hijos. Ni siquiera sus pertenencias. Ni una nota, ni una pista. Nada. Lo único que sabía de ellos se encontraba en aquel e-mail amenazante firmado por un tal Sergio Torres.

Pistas en Loreto

Las cosas, sin embargo, no habían estado del todo bien. Meses antes Hasleidy había descubierto la fórmula perfecta para evadirse de su monótono trabajo como técnica en computación: las salas de conversación virtual o Chat rooms. Llegó a pasar 14 horas diarias frente al monitor, donde construía a pocos una realidad paralela de la que nadie –mucho menos Diego– conocía.

Corrieron dos meses. Los e-mails reclamando el “rescate” llegaban uno tras otro y las amenazas hacia la vida de los niños se repetían sin clemencia. Diego empezó a tomar píldoras para dormir. “Recuerdo la primera vez que vi a Miguel Ángel a través de la Web cam. La alegría fue enorme”, dice. Pero minutos más tarde la imagen en la pantalla del monitor le heló la sangre. Un revólver apuntaba a la cabeza de su hijo. “O pagas o lo mato”, le advirtieron.

La pista para resolver el acertijo llegó cuando peritos de la Policía colombiana descubrieron la dirección IP del servidor desde donde eran enviados los correos:. una computadora del almacén Comercial Novinet, ubicado en Yurimaguas, Loreto. Ahora Diego tenía dos opciones: o seguía el proceso por los canales diplomáticos –gestión que podía tomar hasta dos años– o cruzaba la frontera y acudía él mismo a la Policía peruana.

El ingeniero tomó el avión y el 19 de abril se puso en contacto con el coronel PNP Jorge Mejía, jefe de la División de Secuestros, quien envió un equipo especial a Loreto. No pasó mucho tiempo antes de que se identificara al plagiario caminando despreocupado por las calles de esa ciudad: Sergio Torres Soberón (19). Pero él no andaba solo: tomándole la mano iba una mujer. Era Hasleidy, la esposa “cautiva” de Diego.

El último miércoles 25, tres meses después de su desaparición, los policías les echaron el guante. Ambos se habían conocido en el Chat y planearon juntos la historia del secuestro múltiple. Pensaban que el ingeniero pagaría sin chistar. Hasleidy, mientras tanto, se había llevado a sus dos hijos creyendo que su novio virtual tenía una buena posición económica, pero cuando llegó a Loreto se estrelló con la realidad: el peruano era mototaxista y vivía en un cuarto miserable. Ahora les espera una condena que podría superar los 25 años. “Mentiría si digo que ya no siento nada por ella”, admite Diego, mientras a abraza a sus dos pequeños. “Pero ya está en la cárcel y no estaré para rescatarla”. (Fabiola Noriega).

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