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Edición 1974

03/May/2007
 
 
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Personajes Entrevista inédita con el vate que partió.

José Watanabe (1946 -2007): El Último Vuelo

6 imágenes disponibles FOTOS  PDF 

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“He venido por enésima vez a fingir mi resurrección”, escribió quien venció un cáncer que volvió por la revancha.

Nunca olvidaste, José, a aquel párroco que en Trujillo no quiso ofrecer misa ante la muerte de tu padre, a quien por budista no consideraba merecedor ni de misas ni extremaunciones. Y tú, que le dedicaste docenas de poemas al resucitador de lázaros, has escuchado ahora tu propia misa y tus versos retumbar bajo la cúpula de una iglesia.

“Yo he nacido con la muerte encima”, me dijiste hace siete años. Fue la primera de una treintena de conversaciones que tendríamos para armar el rompecabezas de tu existencia, tu biografía. “La vida es una mierda a veces”, me comentaste también para agregar que vivir te divertía mucho todavía. Luego, a mediados del 2004, le pediste al médico “sólo diez años más” y el doctor, amable, convencido tal vez, te prometió treinta. “No me entusiasme tanto”, le respondiste quizá intuyendo que serían tres y no treinta. Te fuiste el pasado 25 como tu padre, “silenciosamente picado por el cáncer más bravo que las águilas”. Y ahora, aunque no lo creas, descansas a cinco metros de alguien que quiso apodarse Tongolele hasta el final. Danza en paz, Watanabe. Aquí, un extracto de nuestra última conversación.

–Trato de ser como mi madre tal vez quiso que fuera, que yo mismo me comiera las lágrimas y me haga duro en el fuego. Muchas veces tenemos que asumir el dolor. Honestamente hablando ahora, siento que a mi padre lo he convertido casi en un símbolo, en símbolo de la paciencia, de la tenacidad y la serenidad. Digamos que a mi padre lo he desrealizado, y mi madre sí es bastante real.

–Y producto de ese símbolo y esa realidad, ¿tú qué simbolizas?
–No sé, no sé. A veces me preguntan por qué escribes, ¿no? Bueno, uno siempre responde esas cosas, las de siempre, “porque me gusta” y “porque no sé hacer otra cosa”, “porque me gusta, ¡carajo!, no hagan tanta teoría”. Pero yo siento que escribo para conocerme, para saber cómo soy.

–¿Y cómo eres?
–Y eso es lo que no puedo definir hasta hoy, porque cada poema es diferente.

–¿No te desespera pensar que nunca vas a saber quién eres?
–No, porque sigo escribiendo. Si me dijeras que me voy a morir mañana me desesperaría, diría “voy a morir sin saber quién soy”. Tengo la esperanza de vivir unos años más y ojalá en esos años más... pero yo sé que es mentira.

–Alguna vez me dijiste que estabas escribiéndote a ti mismo. En ese sentido, ¿tus poemarios son una especie de autobiografía por entregas?
–Sí, cada poema es parte de una biografía. Soy un poeta biográfico, pero no tanto. Parto generalmente de mí y de mis propias observaciones, pero trato que al final el poema sea válido para más gente, no solamente para mí. No quiero compararme, pero Vallejo habló de sí mismo mucho en Trilce y sin embargo habló de todos nosotros.

–No es la primera vez que te comparas “sin querer” con Vallejo.
–No me comparo, jamás me voy a comparar con Vallejo, sería demasiado. No, Dios mío, no tengo esa pretensión.

–Siempre has dicho que gracias a tu padre conociste el haiku. ¿Qué veías leer a tu madre?
–A mi mamá le gustaba leer novelas. Una de las últimas imágenes que tengo de ella es leyendo Historia de Mayta, de Vargas Llosa. Al final uno... es duro, ¿no?, uno es hijo de fulano, hijo de mengana y al final uno es uno, ¿no?, y está lleno de pérdidas.

–Por otro lado, siempre hablas de manera idílica de Laredo, pero alguna vez me comentaste que la lotería te permitió “escapar” de allí.
–Escapar no debería ser la palabra correcta. Salí de Laredo.

–¿Y no sientes que Laredo te tiene atrapado?
–No, porque Laredo también es un tema literario. O sea, el Laredo que yo conocí no existe. Laredo tenía ocho, diez manzanas, y luego estaban los cañaverales, los grandes, inmensos cañaverales, interminables, y ese pequeño pueblo, entrañable, es un tema literario, no es el Laredo real. Ese Laredo antiguo es el Laredo que yo recuerdo, a ese Laredo le escribo, en ese Laredo ambiento poemas. A veces vuelvo a ese Laredo.

–En el poema La Impureza dices “ten miedo, ten miedo, sin pudor”.
–Sí, eso es cuando yo estoy enfermo, y estoy en un hospital de Alemania, hace veinte años, donde me iban a operar y el pronóstico no era muy bueno, y entonces me quise quebrar, o sea, ponerme a llorar, ¡quebrarme! Y ahí es donde digo “no, no puedo hacerlo, porque no merecería ser hijo de quien soy”. Y me aguanté nomás.

–Pero dices “ten miedo, ten miedo, sin pudor”. O sea, en el fondo...
–... quería tener ese miedo para que me acariciara alguien, ellos, que no estaban.

–Hay otro poema en el que también dices que quisieras hacerte un ovillito.
–Sí, claro, ¿a quién no le gusta que le hagan piojito en la cabeza?

–Tu madre te hacía piojito.
–Sí, claro, eso es curioso, porque las mujeres en la cultura de mi madre no te acarician de manera frontal, entonces te buscan piojos, pero en realidad te están acariciando, aunque no tengas piojos.

–¿Y Micaela te hace piojito?
–Sí, claro que sí, me encanta que las mujeres me hagan piojito. No, no pongas eso, que Micaela me mata. Me encanta que mi esposa me busque piojitos.

–Dime, ¿y cuál sería el peor fracaso de un poeta?
–No ser auténtico, escribir poemas por escribir, solo por publicar, por prestigio. Que me perdonen los jóvenes, pero creo que eso se está dando mucho entre ellos, creo que publican por tener la pequeña fama del barrio o de la familia.

–Tú publicaste joven.
–Porque gané un concurso, pero en mi época nadie se apuraba por publicar. Todos mis amigos de los años setenta no queríamos ser famosos, lo que amábamos era la poesía misma. A veces nos demorábamos mucho en publicar. Yo publiqué un libro y después de dieciocho años publiqué otro. Muchos jóvenes vienen acá y me traen sus poemarios. Cuando están bien les digo que lo están, pero muchas veces les digo que no se apuren, que tienen más talento como para escribir mejor. Hay un joven Fernández, con un poemario Octubre, que es muy bueno.

–En tu caso, te preocupas mucho porque tus poemas se entiendan.
–Sí, a mí me preocupa que el poema llegue, se entienda, que por lo menos en una primera lectura, en un primer nivel, el poema toque y el que lo lea diga “este poema lo pude haber escrito yo”.

–¿Y buscar que siempre se entienda no te hace perder la espontaneidad?
–No, o sea, si un poema está muy oscuro, lo rehago, porque yo mismo quiero entenderlo, y que cuando otro lo lea lo entienda tanto como yo. La experiencia poética es una experiencia del lenguaje, pero que conlleva una experiencia de vida. Y yo quiero compartir esas dos experiencias. Tengo mucha fe en la poesía por lo mismo que me ayuda a conocerme, a recuperar momentos que he perdido, y seguiré creyendo, la necesito. Nunca voy a dejar de escribir. Y para escribir los poemas que escribo hay que haber aprendido a mirar. Y, sí, creo que sé mirar. Por ejemplo, si voy al campo me gusta caminar sin hablar, y de pronto aparece por ahí algo. Los poemas que escribo te das cuenta de que los he sacado de la realidad, están en la vida misma. Voy caminando y de pronto veo algo, dos, tres cosas que se juntan, y digo “ahí hay un poema”, ahí está el núcleo de un poema.

–Me decías que quieres escribir una poesía más vital, como el poema del maratonista.
–Como el maratonista, por ejemplo. Que no compitan, pues. Ya, ya, camina normal, vivamos sin mayor conciencia de que hay muerte, aunque sé que tal vez no voy a poder hacerlo. Tengo muchos poemas donde hablo de integrarme a un cerro, a un mundo más amplio, como el lenguado que quiere integrarse al fondo marino. Esos son intentos de decirle a la muerte “mira, no es el final final tampoco”. Tal vez empiece otra condición. Podemos sobrevivir, podemos quedar por allí.

El Poeta y la Muerte


–Yo no podría morirme en otro país. No puedo. No. No podría aceptar esa idea. Me tengo que morir aquí.

–¿Quisieras que te entierren en Laredo?
– Sí, sí, me gustaría.

–¿Lo has pedido?
–No, pero sí me gustaría. Siempre he pensado eso. Es más, si se puede sentir algo, ahí me sentiría mejor, creo que sí. Que me pongan adelantito, pues, donde la gente entra, para que me dejen flores y no me vayan a perder las cruces. Como las de mis hermanos, que ahora ni sabemos dónde están. Pero no quiero hablar de eso. La muerte es... un tema complicado para mí. Que me lleven nomás a un velatorio y después que me cremen, pues. Sí, prefiero que me cremen.

 


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