domingo 18 de noviembre de 2018
Usuarios
e-mail:
Contraseña:
¿Olvidó su contraseña?
InstruccionesHáganos su Página de InicioAgréguenos a sus Favoritos
 
 
 
Edición 1972

19/Abr/2007
 
 
Secciones
Acceso libre Nos Escriben ...VER
Acceso libre ActualidadVER
Acceso libre InternacionalVER
Acceso libre NacionalVER
Acceso libre Opinión VER
Acceso libre Ellos&EllasVER
Sólo para usuarios suscritos Bienes & Servicios
Acceso libre CulturaVER
Sólo para usuarios suscritos Caretas TV
Sólo para usuarios suscritos El Misterio de la Poesía
Sólo para usuarios suscritos Quino
Acceso libre Salud y BienestarVER
Sólo para usuarios suscritos Tecno Vida
Columnistas
Sólo para usuarios suscritos Raúl Vargas
Sólo para usuarios suscritos Gustavo Gorriti
Sólo para usuarios suscritos Augusto Elmore
Sólo para usuarios suscritos Luis E. Lama
Sólo para usuarios suscritos Nicholas Asheshov
Sólo para usuarios suscritos José B. Adolph
Sólo para usuarios suscritos Cherman
Suplementos
Acceso libre CallaoVER
Acceso libre Gran BretañaVER
Ediciones
anteriores


Última Edición: 2460
Otras Ediciones Anteriores
 
 

Inicio > Revista

Internacional En la tolerante Virginia, un estudiante desata la peor carnicería de la historia norteamericana.

Arma Mater (VER)

5 imágenes disponibles FOTOS  PDF 

1972-Virginia-1-c.jpg

Cho Seung-Hui, de 23 años, es sindicado como el autor de la masacre. Usó una pistola Glock 9mm.

Nadie sale aún de su espanto al ver las imágenes de los cadáveres en el campus de la Universidad Tecnológica de Virginia. Estados Unidos se ha vuelto a remecer y no es por las bombas de fundamentalistas, sino por la lluvia de balas desatada por un estudiante universitario de 23 años.

La carnicería de Virginia, la peor que se recuerde en un centro de estudios estadounidense, ha conmocionado al mundo y mostrado el rostro desencajado de una sociedad cada vez más violenta ¿Qué está ocurriendo en el país más adelantado del planeta?

¿Quién es Cho?

Según la Policía de Virginia, el asesino Cho Seung-Hui “parecía estar contra todo el mundo”. Nacido en Corea del Sur el 18 de enero de 1984, Cho Seung arribó con sus padres a Centreville, a las afueras de Washington DC, en 1992. Tenía ocho años. Quienes lo conocen afirman que se convirtió en un ser solitario, sombrío y perturbado psicológicamente.

Estudiante del último año de literatura inglesa, escribió dos obras de teatro: ‘Mr. Brownstone’ y ‘Richard Mc. Beef’. La primera trata sobre tres adolescentes que odian a su maestro y planean matarlo. En la historia de ‘Mc Beef’ cuenta la vida de un joven que asesina con una sierra mecánica a su padrastro pedófilo. El lenguaje que utiliza es particularmente violento.

Según Anna Brown, compañera de clases de Cho Seung, éste nunca hablaba y se sentaba lo más alejado del resto de la clase y del profesor: “Era extraño, en un sentido espeluznante”, declaró Brown a la NBC News.

Su profesora de la clase de escritura creativa, Lucinda Roy, se ofreció a darle lecciones privadas por razones prácticas. “Tomaba fotos de los alumnos y luego escribía sobre cómo matarlos. Ellos se preocupaban y yo no me sentía cómoda teniéndolo junto a otros chicos”, comentó Roy.

Un compañero de dormitorio, John Aust, recordó: “Si me lo cruzaba, lo saludaba, pero él ni me miraba”. Su comportamiento, dijo, cambió cuando empezó a ir al gimnasio. “Empezó a levantarse más temprano y a acosar a las mujeres. Lo vieron tomar antidepresivos”, sostiene Aust.

Hace un mes compró una pistola Glock 9mm en Roanoke Firearms, Virginia. El dueño. John Markell, dijo que le vendió el arma y una bolsa de municiones por US$ 571. “Parecía un chico agradable”, recordó. El 9 de febrero, por cierto, había adquirido otra pistola: Walther, semiautomática.

La Masacre

Ubicada en Blacksburg, la Universidad Virginia Tech cuenta con 26,371 estudiantes, de los cuales 1,655 son asiáticos. A pesar que las autoridades universitarias habían recibido dos amenazas de bombas en las últimas tres semanas (se sospecha que fue Cho), no se tomó ninguna medida de seguridad especial. Era primavera y faltaban tres semanas para los finales.

A las 7:15 a.m. del lunes último, los estudiantes en la residencia West Ambler Johnston fueron despertados por dos disparos en el primer piso. Cho discutía con la estudiante Emily Hilscher. Versiones periodísticas indican que ella era su enamorada y le reclamaba una supuesta infidelidad, lo que finalmente desencadenó la crisis. El consejero de la residencia Ryan Clark trató de apaciguarlo, pero Cho los mató a ambos y escapó.

Muchos estudiantes no se enteraron del tiroteo y se dirigieron a su primera clase. No hubo una alerta previa. Luciendo una casaca de cuero y una gorra beige, Cho Seung cruzó el campus y se dirigió a Norris Hall, el edificio de ingeniería. Cerró las puertas con cadenas y cargó su pistola 9mm y la semiautomática Walther. Se dirigió al segundo piso de la construcción e ingresó al salón 207, donde se dictaba un curso de alemán.

“Estaba muy calmado, muy determinado, metódico. Parecía que disparaba 30 balas por minuto”, relató el estudiante Derek O’Dell.

Algunos estudiantes se refugiaron detrás de las carpetas. De repente, el asiático dejó de disparar y salió del aula, mientras muchas de sus víctimas morían desangradas. Cho, sin embargo, regresó resuelto a rematar a los sobrevivientes. No pudo abrir la puerta del salón. Disparó como un poseso, pero se dio por vencido. Un estudiante lo vio cruzar el pasillo e irrumpir en la clase de francés. “Algunos alumnos desesperados se tiraban por las ventanas”, dijo el testigo. El peruano Daniel Pérez (21) no pudo escapar.

Pasadas las 10 de la mañana, los disparos cesaron: el cadáver del asesino fue encontrado en un salón de clases con un disparo en el rostro. Se habría suicidado, aunque la Policía no descarta que exista un cómplice. Entre sus pertenencias se le encontró una carta en la que clamaba contra los “niños ricos” y los “embusteros charlatanes” que “me obligaron a hacerlo”.

Los gritos dieron paso a un silencio fúnebre. El saldo brutal: 33 muertos y 28 heridos. Muchas de las víctimas tenían tres o más balazos en el cuerpo.

Sociedad del Rifle

La masacre ha reavivado el viejo debate sobre la legalidad de portar armas al cumplir los 18 años. Pese a las críticas, ciertos senadores persisten en defender la tenencia de armas. La influyente Asociación Nacional de Rifles (NRA) fomenta a los norteamericanos a votar en contra de aquellos candidatos que plantean eliminar el uso civil de las armas.

La Segunda Enmienda de la Constitución de EE. UU. defiende el derecho de los ciudadanos de portar armas para su defensa. En Virginia cualquiera puede comprar una pistola sin contar con licencia o entrenamiento. La única restricción es que no se puede adquirir más de una al mes.

Un insólito ejemplo es el grupo de surcoreanos que compartía la residencia del campus universitario con Cho. Algunos dicen que el asesino andaba con ellos, pero aún nadie confirma el dato. El hecho es que este clan de muchachos posee más armas que la comisaría de Monterrico.

En el blog de Wayne Chiang (23), líder del grupo, aparecen imágenes de estos estudiantes surcoreanos mostrando, orgullosos, sus relucientes fusiles, metralletas y pistolas. Chiang ha dicho que se trata de un pasatiempo, pero que nada tienen que ver con la masacre. Sin que le temblara la voz declaró también que las muertes en Virginia Tech se hubiesen evitado “si cada estudiante hubiese contado con un arma” para defenderse apropiadamente.

Según cifras del Departamento de Justicia de EE UU. 44 millones de ciudadanos norteamericanos poseen una o más pistolas. En ese país, por cierto, el índice de asesinato por arma de fuego es de 5.5 por 100,000 habitantes. En el Reino Unido, donde está prohibida la posesión de armas, la tasa apenas alcanza 1.4 y, en Canadá, 1.7 por cada 100,000 personas.

El actor Charlton Heston, ex vicepresidente de la NRA, tuvo el desatino de realizar una convención de armas en Colorado, una semana después de la matanza de Columbine, en 1999. Desde aquel episodio sangriento se han registrado otros 18 incidentes mortales en escuelas norteamericanas.

Los videojuegos juegan un papel nefasto. Según la Asociación Americana de Psicología, un videojuego gore puede aumentar la agresividad de los jóvenes porque son interactivos y permiten que el usuario se identifique con el agresor. Hoy abundan en Internet.

Esta cultura obsesionada por la violencia engendra constantemente pequeños seres despiadados. Pocos comprenden que se trata de las víctimas de una sociedad que los empuja al acantilado. Porque a diferencia de estas tierras, donde la mayoría de criminales se hace por la miseria y el desamparo, en la primera potencia mundial un adolescente puede desatar una locura movido tan solo por la desesperación y la soledad. (Américo Zambrano, Ana Cecilia Deustua).

Búsqueda | Mensaje | Revista