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Cultural Arquitecto y escenógrafo Luis Longui presentará en mayo libro antológico.

Arquitectura de un Drama

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Puesta en escena del Rey Lear. Longhi imaginó a los actores flotando dentro del escenario para lograrlo ideó la plataforma metálica.

No lee y es disléxico, pero, con un poco de esfuerzo, ha escrito el prefacio de “Longhi, arquitectura en escena”, su libro, que jamás pensó publicar. Con dos versiones, una en castellano escrita por Juan Solano y otra paralela en inglés por Verónica Schreibeis, el arquitecto Luis Longhi ha recopilado sus mejores trabajos como escenógrafo en el Perú. Profesión que si no fuera por su gran amigo Lorenzo de Szyszlo, a quien dedica el libro, nunca hubiera ejercido. “Trágicamente falleció hace diez años en un accidente de avión. Lo recuerdo con una nostalgia eterna, este libro es para él”.

Se conocieron cuando estudiaban arquitectura en la Universidad Ricardo Palma, pero se hicieron amigos al reencontrarse en la escuela de Bellas Artes de la Universidad de Pensilvania, en donde Longhi fue el primer alumno en seguir dos maestrías a la vez, una en arquitectura y la otra en escultura. Desarrolló una profunda admiración por Lorenzo, era su fuente al conocimiento culto, cuando llevó el taller de vivienda dirigido por Adele Naude y B.V Dushi en la India. Luego de trabajar seis meses juntos Luis decidió quedarse en Estados Unidos, donde desarrolló su carrera con éxito llegando a ser director de diseño en la Farrintong Desing Group. Después de quince años regresó al Perú. “Al principio fue muy difícil trabajar”, recuerda Longhi. Así que cogió el teléfono y llamó a su amigo Lorenzo. Este estaba trabajando junto a Edgar Saba en la puesta en escena de la obra ‘La Vida es Sueño’ de Calderón de la Barca. Le ofreció encargarse del eje central del montaje, una plataforma de doce metros. Saba le dio el guión para que lo leyese y se inspirara pero Longhi, al tener dificultades con la lectura, le pidió con un poco de vergüenza que le cuente la historia.

Con este cargo retomó la escultura. Imitando el estilo inca, diseñó una piedra de doce piezas. Lorenzo quedó contento con su trabajo y le propuso colaborar en su siguiente proyecto, Edipo Rey. De manera paralela Longhi trabajaba en la remodelación de una casa en San Borja. Lamentablemente, su gran amigo falleció en el accidente aéreo de Faucett, el 29 de febrero del 96.

Edgar Saba necesitaba a otro escenógrafo. Llamó a Longhi pero él se negó. “Le dije que no tenía ningún problema en ayudar pero que mejor Vicente, el hermano de Lorenzo, se encargara de la escenografía. No me sentía capaz de tomar la posta. Para ello hay que ser una persona culta, y yo no lo soy”. Vicente, después de dos semanas, prefirió dar un paso al costado pues no quería luchar más contra los bajos presupuestos. Saba volvió a insistir. “Longhi tú eres y sin complejos”, le dijo. Está vez sí aceptó. Con menos vergüenza, le pidió a Edgar que le contara la historia. Mientras lo hacia imaginaba el encofrado de la casa que estaba remodelando, un refugio que lo ayudó a sobreponerse de la tragedia. Como buen arquitecto decidió colocar parte del encofrado en escena. Ningún escenógrafo lo había hecho antes. Para aquella obra dice no haber sido tan creativo, la idea salió del inconsciente. “Cuando hay dolor uno no puede crear, como dice Neruda, cómo me puedes pedir tinta cuando lo que hay es sangre”. Inconsciente o no, una vez más Longhi demostró su talento y gustó.

La creatividad vino en su tercera obra, ‘Esperando a Godot’ de Samuel Beckett, también dirigida por Edgar Saba. Dos meses tardó en plasmar su trabajo, el cual sólo tenía dos elementos en escena, un árbol hecho de soga y unas butacas. Pero, quizás su proyecto más ambicioso fue la realización del Rey Lear en el Teatro Municipal. Al verlo destruido después del incendio, quedó conmovido. Colocó una inmensa estructura metálica que iba desde la parte posterior del teatro hacia la platea. Una propuesta que sorprendió a muchos.

Curiosamente Luis Longhi, como arquitecto y escenógrafo no ha alcanzado la notoriedad en el medio cultural que han logrado el director Edgar Saba o el actor Alberto Isola. Es más reconocido en Estados Unidos que en el Perú. “Allá me siento como el pez en el agua, como Toledo. Acá, en cambio, el primero que puede te tira piedras en el camino. Por eso mi libro no está dirigido al Perú, lamentablemente. He optado por nutrirme del medio pero trato de no pertenecer a esta sociedad traumatizada, yo ya pasé por esa terapia”. (G.Pardo)

 


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