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Nacional El pleito entre Cipriani y la PUCP entra ahora a juicio final.

Moviendo Cielo y Tierra (VER)

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El Cardenal parece no haber leído bien los testamentos en que José de la Riva Agüero expresó su voluntad a favor de la Católica.

Para este sábado 24 de marzo la Pontificia Universidad Católica del Perú preparaba la celebración de sus 90 años de existencia. Pero no habrá tal jubileo. Por lo pronto, el cardenal Juan Luis Cipriani le ha vedado el escenario del auto sacramental que la Católica solía montar en el atrio de la Catedral.

La escenificación será en el patio de San Francisco. El Te Deum tampoco se podrá celebrar en la Catedral: también tendrá que trasladarse a la iglesia franciscana.

Son signos exteriores de una contienda que ahora entra a los estrados judiciales. El 6 de marzo, en efecto, la Católica interpuso demanda de amparo contra el ingeniero Walter Muñoz Cho, designado por Cipriani como miembro de una Junta Administradora de bienes que José de la Riva Agüero dejó en herencia.

Muñoz, según la Católica, pretende exigir rendición de cuentas y limitar los derechos de esa casa de estudios.

Cipriani y Muñoz malinterpretan disposiciones testamentarias de Riva Agüero. Hay cuatro testamentos y un codicilo en que el Marqués de Aulestia precisa los alcances de su legado, que consistía, entre otras cosas, en los vastos terrenos de la hacienda Pando en los que se ha erigido la PUCP y en los que ésta ha edificado propiedades imponentes que le rinden jugosos beneficios económicos.

La Pontificia no sólo defiende su derecho a la autonomía, consagrado por la Constitución y la Ley Universitaria, sino que se atiene a los términos del testamento de Riva Agüero.

La cláusula decimoséptima del testamento cerrado del 3 de diciembre de 1933 dice inconfundiblemente:

“Instituyo por mi heredera a la Universidad Católica del Perú, la que tendrá el usufructo de mis bienes recibiendo sus productos de la junta administradora, y los adquirirá en propiedad absoluta dicha Universidad Católica del Perú, entregándoselos la junta administradora, sólo si la Universidad Católica existiera el vigésimo año contando desde el día de mi fallecimiento”.

Dos cosas quedan claras: la Universidad sería propietaria absoluta si seguía existiendo después de cumplidos veinte años de la muerte del donante. Riva Agüero murió el 25 de octubre de 1944. La Católica seguía existiendo: lo heredado pasaba, pues, a ser su propiedad absoluta; no era ya un bien en usufructo.

Un Nuevo Testamento

Hay otro testamento al que parecen aferrarse Cipriani y el ingeniero Muñoz, ninguno de ellos docto en leyes, como sí lo era Riva Agüero. Es el testamento ológrafo (de puño y letra) firmado el 1 de setiembre de 1938 por el historiador. Dice así:

“Para el sostenimiento de la Universidad Católica de Lima, a la que instituyo por principal heredera, y para los demás encargos, legados y mandas, que en mis testamentos cerrados establezco, pongo como condición insustituible y nombro como administradora perpetua de mis bienes, una junta, que será al mismo tiempo la de albacenazgo mancomunado…”

Este texto indica dos cosas: Riva Agüero habla de “mis bienes”. Pero veinte años después de su muerte, según su testamento de diciembre de 1933, pasaban a la Católica. La junta administradora cumplió con entregarlos a la universidad. Además, sus bienes no podían seguir siéndolo después de su muerte.

De todo ello resulta que, después de que la Universidad Católica se hizo propietaria absoluta de los bienes, a la Junta Administradora sólo le quedaban como atribuciones “los demás encargos, legados y mandas”. Una manda puede ser una promesa hecha a Dios, a la Virgen o a un santo. No a un Cardenal o un ingeniero.

El fondo de la disputa es sin duda más político que eclesial; y mira más a lo terreno que a lo celestial.

 


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