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Edición 1966

08/Mar/2007
 
 
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Cultural El nuevo perfil de la mujer en la literatura.

Yo no Soy Esa Que tú te Imaginas

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Ellas leen más que ellos. Y han multiplicado su papel tanto en la ficción como en la realidad.

A Lope de Vega sus contemporáneos lo llamaban ¿monstruo de la naturaleza? porque compuso más de 300 obras de teatro; y a sor Juana Inés de la Cruz, cuyas obras completas suman cuatro volúmenes de cuatrocientas páginas cada uno, la llamaban ‘la Décima Musa’. ¿Musa? ¿Por qué?, ¿Acaso no era ella la que cogía la pluma y se manchaba los dedos de tinta? Pues sí, pero como en ese entonces una mujer que sabía latín tenía mal fin, los detentores de lo que podría llamarse el marketing literario de la época, no supieron sino darle esta nomenclatura poco acertada.

Sucede que las mujeres en la historia de la literatura estuvieron más bien encerradas en las páginas (y los estereotipos) de sus pares, los varones, monstruos de naturaleza o no. En algunos casos, como el de Madame Bovary, Anna Karenina o Ursula Iguarán, pudieron salir de esa mala suerte y convertirse en personajes femenino llenos de humanidad, cuyas acciones, reflexiones y, sobre todo, contradicciones, le dan una textura diferente a la ‘mujer literaria’ de todos los tiempos.

Borges y Cortázar

Pero en la mayoría de las novelas o cuentos no sucede así. En la extensa producción cuentística borgeana hay pocas mujeres y, por cierto, las que centran la atención del maestro argentino no están constituidas por, lo que se diría, una textura femenina profunda. Emma Zunz, por ejemplo, es una máquina de venganza, cuya laboriosidad y exactitud para cumplir con sus propósitos, resalta por su exceso de frialdad; en La Intrusa, la mujer que causa el rencor de los hermanos Nielsen, prácticamente aparece como pretexto para desarrollar la trama, y no tiene ni cuerpo, ni textura, ni vida propia: es sólo un estorbo entre la maravillosa vida homosocial de los vaqueros; y en El Aleph, el recuerdo de Beatriz Viterbo, génesis del extraordinario descubrimiento, se apaga de inmediato para dar paso a las rivalidades entre Borges y Carlos Argentino Daneri.

Cortázar tampoco se salva con el mencionadísimo personaje de La Maga. La pregunta que da origen al libro (¿Podrá Oliveira encontrar a la Maga?) da pie a una seguidilla de búsquedas obsesivas que no paran sino hasta que el personaje percibe en la sexualidad de la Maga el espacio irreductible desde donde se pueden observar otros mundos: ‘Ah, déjame entrar, déjame ver algún día cómo ven tus ojos’. No obstante, ese cuerpo se resiste a ser textualizado y Cortázar opta por el clásico estereotipo de la mujer víctima. ‘Todas sus relaciones con hombres siguen el mismo patrón: abuso, humillación, silenciamiento. En cada una de las posiciones femeninas que le toca asumir (hija, amante, madre), la Maga siempre pierde’ sostiene la crítica Gabriella Nouzeilles. Para Cortázar ha sido este cuerpo femenino extraño pero sumiso la puerta mágica para otras dimensiones de la realidad, como también queda dicho en los diarios de Alina Reyes (en el cuento ‘Lejana’).

No sigamos con los porteños pues Sábato con personajes como María Irribarne o Alejandra Vidal Olmos, tampoco la chunta, aparte de conferirles un extraño aire de maldad para seducir al lector, ambas terminan siendo apéndices de otros personajes masculinos (Juan Pablo Castell o el padre de Alejandra, Fernando). En el caso de los autores chilenos, comenzando por Pablo Neruda, las mujeres siempre están ahí para provocar el deseo de un viaje, de una investigación, de una huida o en todo caso, para provocar el propio deseo de escribir. ¿Qué son Los detectives salvajes y todo el complejo mural humano que diseña Roberto Bolaños sino el sendero difuso de la búsqueda inútil de una mujer escritora?

Las putas

En tanto que los escritores tienen acceso a la sexualidad femenina sólo desde una perspectiva ‘la invasiva’ han terminado dando forma en sus textos de ficción a los dos clásicos estereotipos de todos los tiempos: las vírgenes y las putas. Si las vírgenes, como ‘María’ de Jorge Isaacs, representan lo inexplorado y por lo tanto atractivo en su nubilidad, las otras no son sólo la tentación que hace caer en pecado, sino sobre todo, el espacio desde donde se percibe el manejo ‘libre’ del cuerpo femenino. ‘Las mujeres que esperan/ y se sienten solas, conocen a fondo la vida./ Son libres. A ellas no se les rehúsa nada’ sostienen Césare Pavese, en su famoso poema Tierras Quemadas, con cierto tufo de envidia.

Desde ‘Margarita Gautier’ hasta ‘La Pies Dorados’, pasando por mares de personajes putescos totalmente olvidables, las mujeres que se dedican a vivir de la explotación económica de su sexualidad, han atravesado de manera casi siempre anecdótica la historia de la literatura. Incluso hoy en día, en que la profesión ha decaído gracias a la libertad sexual femenina, hay algunos nostálgicos que continúan inquiriendo en sus fantasías sobre estas mujeres a las que pueden tocar pero no poseer: ‘El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen’ sostiene el personaje de García Márquez en su último novela. Tan diferente, desde su propuesta ideológica, a la denuncia en clave de realismo mágico que organiza la trama de ‘la Cándida Eréndira’. A veces, como sus masculinidades, los escritores declinan con los años.

Finale

Madres fálicas como Bernarda Alba; impúberes criaturas celestiales como la Niña de la Lámpara azul; torrentes de voluptuosidad como Lucrecia, la madrastra; ‘lomazos’ para ser devorados como todas las ‘huachafitas’ de la narrativa de Bryce, Ribeyro o el propio Vargas Llosa; mujeres galgos en los cuentos contemporáneos de Sergio Galarza o afroperuanas infieles de Gregorio Martínez, las musas piden a gritos un poco menos de estereotipos y más indagación en el mundo femenino que, los escritores, apenas entrevén y salen disparados. (Rocío Silva Santisteban)

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