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Historia José Melgar Márquez, el autor del atentado, vive hoy en Chile. Sucedió hace 75 años.

Yo le Disparé al ‘Mocho’

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Melgar, en el Panóptico en 1932, y 50 años después, en foto carnet. (izq.) Actualmente vive en Santiago de Chile.

Después de las crispantes elecciones de 1931 –que dieron como ganador a Sánchez Cerro y el Apra denunció como fraudulentas–, cualquier cosa pudo suceder. El país se hallaba dividido en dos grupos irreconciliables: el Apra y la Unión Revolucionaria. La ley de Emergencia, la acusada intransigencia del Apra, el desafuero de 23 constituyentes, motín en el Callao, sublevación en el norte, persecución aprista y atentados como el que hoy recordamos, estremecieron al país en aquellos días, acaso los más turbulentos del siglo XX.

EL 6 de marzo de 1932, en momentos en que el presidente Sánchez Cerro entraba a la iglesia Matriz de Miraflores para escuchar, como era su costumbre, la misa dominical de las 12 del día, un joven se le acercó y le descerrajó un tiro. Hizo enseguida un segundo disparo, pero el jefe de la Casa Militar, coronel Antonio Rodríguez, se interpuso entre ambos y recibió un impacto en la pierna. El Presidente sacó rápidamente su revólver, mas su edecán, el sargento mayor Luis Solari Hurtado, se abalanzó contra el joven, que seguía disparando. El agresor trató de huir, pero al intentar trasponer la verja del jardín se le enganchó el saco en la reja y fue apresado. Sánchez Cerro quedó gravemente herido. “El estuche del anteojo” –apunta Basadre en su obra monumental– “impidió un desenlace acaso fatal”. El autor del atentado fue José Melgar Márquez, un joven de 18 años, un metro ochenta de estatura, descendiente de Arnaldo Márquez y, en esa coyuntura, de filiación aprista.

El Presidente fue llevado inmediatamente a la Clínica Delgado, ubicada a unas cuantas cuadras de la iglesia. Pasó enseguida a la sala de operaciones, donde después de desinfectarle la herida, se le curó y vendó. En la clínica permaneció hasta su total recuperación

En tanto Melgar, herido y con conmoción cerebral, fue llevado a la Asistencia Pública de Lima. Al día siguiente, ya restablecido, se le trasladó al Panóptico. Unos días después, se implicó en el atentado a Juan Seoane –hermano de Manuel y Edgardo–, de quien se dijo lo indujo a cometer el crimen y, además, le proporcionó el arma homicida.

En el Congreso Constituyente que dos semanas antes había desaforado a 23 apristas se condenó unánimemente el atentado y se aprobó una ley (No. 7491) que autorizaba al Ejecutivo a adoptar medidas extraordinarias para preservar el orden democrático. Según algunos historiadores, así se volvía, en la práctica, a la ley 7060, expedida a raíz del motín de los sargentos del Cuartel Santa Catalina, en marzo de 1931, pero derogada dos meses después mediante el decreto 7161. Las protestas no se hicieron esperar, pues la dación de esa ley permitía restablecer las cortes marciales y la pena de muerte.

A la batalla que libraba la minoría parlamentaria (descentralistas, socialistas e independientes) contra la pena de muerte, se unieron la Iglesia Católica, los colegios de abogados de Lima y Arequipa, la señora Juana Alarco de Dammert y una serie de instituciones; incluso se mostraron en contra de su aplicación personajes tan destacados del oficialismo como Antonio Miró Quesada, director de El Comercio, y Alfredo Herrera, uno de los líderes de la bancada oficialista.

Pero era imposible hacer entrar en razón a una mayoría sumisa y laudatoria. Finalmente, la bancada del oficialismo terminó por imponerse. Y en esa desventurada suerte, una corte marcial condenó con la pena de muerte a Melgar y Seoane.

La campaña para librarlos del paredón, sin embargo, no cesó. Pasaron varias semanas y Sánchez Cerro, ya totalmente recuperado, atendiendo a una solicitud de la Iglesia, accedió a exculparlos. Así, luego de estar en salmuera durante dos meses, fue conmutada la pena por la prisión perpetua. Melgar salió libre después de 13 años de encierro gracias a una amnistía que promulgó Bustamante y Rivero al llegar al poder en julio de 1945.

Años después, Melgar declaró que atentó contra el Presidente motivado por la miseria de su familia a la muerte de su padre y “harto de escuchar a los adultos hablar del “Mocho” (Sánchez Cerro) sin decidirse a actuar...” En otra circunstancia, le confesaría a Luis Alberto Sánchez (su maestro en sus años escolares): “Yo no podía mentir ni culpar a nadie de lo que yo creía que era un medio para salvar al Perú”. Al salir de la cárcel Melgar viaja a Chile, donde se casó. Años más tarde, llegó a ser alto funcionario del BID en Washington.

El autor de este crónica trató de dar con el número de teléfono de José Melgar y, en ese empeño, se comunicó con su hermano Víctor, que reside en Trujillo. Pero dada su avanzada edad (98 años) y a que sufre de sordera, fue imposible conversar con él. El cronista trató entonces de comunicarse con uno de sus hijos, pero también fue inútil. Se negó tajantemente a proporcionar el fono del tío José, con quien, aseveró, muy poco se comunican. Solo comentó que los hermanos se vieron por última vez, en Chile, hace seis años.

El cronista también se contactó con Armando Villanueva, contemporáneo y, por supuesto, amigo de Melgar. Pero no fue posible arrancarle una declaración dado que por esos días padecía de una afección a la garganta. “Hablamos la próxima semana”, dijo entonces el mítico dirigente. Recordar este histórico atentado en el Apra indudablemente no es grato. Pero ahora que se conmemoran 75 años del hecho, es insoslayable abordarlo periodísticamente, pues se consumó en una etapa de odios y pasiones, que marcó profundamente al país. La historia enseña, y en este caso, particularmente, nos alerta sobre la necesidad de tomar medidas para que actos como este no ocurran nunca más.

José Melgar Márquez, que hoy debe andar por los 93 años de edad, vive actualmente en Santiago de Chile. (DTL.)

Hechos

- Por esos días, Haya de la Torre se refugia en la casa de la familia Plenge –según anota en su libro Víctor Raúl el pintor Felipe Cossío del Pomar–. La casa quedaba en la avenida Pardo.

- En la cárcel, Juan Seoane escribiría un descarnado libro titulado Hombres y rejas, que fue editado en Santiago de Chile.

- A Miraflores lo denominaban entonces “el balneario aristocrático”.

- Un mes después, ya restablecido, acaso para demostrar que era muy macho, Sánchez Cerro oyó la misa en la misma iglesia donde fue herido.

 


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