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22/Feb/2007
 
 
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Cultural Nuevos vericuetos lógico-matemáticos del poeta. Solo los entiende su autor.

El Código Verástegui

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Exponiendo su teorema. Verástegui ha reeditado Yachay Hanay, plaqueta que incluye un inquietante tratado de matemáticas. Se presenta el 14 de marzo a las 8 p.m. en el Centro Cultural de España.

Filósofo, poeta, matemático y profeta según definición propia, Enrique Verástegui acaba de presentar uno de esos textos que exigen explicación. Tractatus Lógico-Mathematicus es el título y su principal postulado: A = Av – A. Ante esto, dos opciones: aceptar y callar, o tratar de entender.

Animado por el anuncio de Verástegui de que sus planteamientos superan los de Aristóteles y Bertrand Russell y revolucionan la lógica y las matemáticas del siglo XXI, el físico nuclear Modesto Montoya acepta colaborar. Durante media hora, revisa en silencio las elucubraciones del poeta. ¿Criptogramas? ¿Lógica difusa? ¿Matemática discreta? No. El veredicto parece contundente: simplemente, Verástegui.

“Russell y Aristóteles hicieron tratados gigantescos. Entonces, es desmesurado decir que en una sola hoja de papel se puede escribir algo superior”, concluye Montoya y se rasca la cabeza para desenterrar respuestas. “¿Cómo que uno es igual a cero?”, añade mientras revisa los escritos del vate.

Calificado de poeta “críptico”, con una obra que se niega a ser encasillada como simple poesía o prosa, Verástegui ofrece su propia explicación del Tractatus Lógico-Mathematicus, que viene a ser el colofón de su nueva plaqueta Yachay Hanay. Advierte, para extraviados en la materia, que su planteamiento se lee así: “A es igual a A o no es A”. Lo que, traducido libremente, sería algo así como que Verástegui es igual a Verástegui o no es Verástegui.

¿Despejadas las dudas? No. La indagación continúa en la casa del poeta, en cuya habitación conviven una estampita de la Virgen de la Medalla Milagrosa y una docena de cajetillas de cigarros. Como es costumbre, el vate ha pedido un Tacama Gran Tinto y un chifa para conversar, pero hemos transado en su segunda opción: una cajetilla de Pall Mall. “Azul, por favor”, aclara.

–El principio de identidad, que se conoce como A igual a A, yo lo planteo que debería ser A igual a A o no es igual a A –explica el poeta.

–¿Cómo es eso? No entiendo.
–Es tal como lo entiendes. O sea, A igual a A o no es igual a A.

–Ya. Pero, ¿es o no es igual?
–Claro. Yo lo planteo como A igual a A o no es A.

–Pero, ¿es o no es?
–O no es. A diferencia de que A igual a A.

–Ah, ya. A tiene que ser A porque si no no es A.
–No, no. Lo que estoy diciendo es que A es igual a A o no es A. Eso es lo que digo. Fíjate, antes de publicarlo, lo consulté con la física teórica Elena Cáceres, doctorada en París y que trabaja en un centro de alta energía de México, quien me dijo que este planteamiento le gustaba. Este tipo de relaciones matemáticas se dieron en mi mente como una revelación. Y el siguiente párrafo es una miscelánea: A o es igual a A o es igual a B.

–¿Cómo puede ser A igual a B?
(Un minuto de silencio)
–¿Cómo puede ser? No se puede explicar de manera gramatical.

–Ya, pero uno es igual a uno, no puede ser igual a dos.
–Sí, aquí está. Uno o es uno o es cero, pues.

–¿Cómo va a ser? Uno es uno, no es cero.
–¡Esta miscelánea es una miscelánea! No es un principio. Es simplemente un juego, una forma de razonamiento, pero lo que sí es real es el principio de conmutación: A es igual a C. C es igual a A. A igual a AC y A igual a CA.

–Ya.
–Ahora, este es el comienzo. Vendrán mentes mucho más preparadas que desarrollarán estos teoremas que propongo. No estamos acostumbrados en Perú a reflexionar de este modo o a plantearnos la matemática como base de nuestro pensamiento verbal.

Verástegui, antiguo estudiante de economía, administración y contabilidad en San Marcos, sabe de lo que habla. Miembro de la arrebatada agrupación poética Hora Zero, Verástegui se granjeó temprano la aclamación generalizada con su poemario En los Extramuros del Mundo. Y ganó, incluso, la prestigiosa Beca Guggenheim. Aunque luego haya perturbado a muchos declarándole su amor a Susana Higuchi y anunciando la creación de un personalísimo Tribunal Internacional para Crímenes de Guerra. Ahora, el poeta asegura que siempre escribe en trance y que ha podido percibir la rotación del cielo sobre su cabeza y cómo esta se desprendía de su cuerpo.

Yachay Hanay, que dice reunir dos textos “límite”, es una colección de máximas en las que el poeta se centra en los conceptos de alma, eternidad, deseo, placer y caos.

–Perfecto es aquel que adecua su yo interior a la realidad exterior –continúa el poeta–. Eso te lleva a vivir en paz y en armonía contigo mismo. Yo he alcanzado la perfección a nivel de la escritura. Yo he escrito, con Monte de Goce, Taki Onkoy, Angelus Novus y Albus, mil doscientas páginas del proyecto total de ética que suman un libro sagrado al cual hay que acercarse con cierta unción, como se acercan los jóvenes de lingüística de la Católica.

–Hay gente que pensará que eres pedante.
–Bueno, yo he logrado armonizar en mi interior los contrarios de un modo tal, y siguiendo el modelo taoísta, que puedo considerarme un ser perfecto.

“Quizá se trate de razonamientos que pertenezcan a un universo paralelo, donde una silla es igual a un microbús”, continúa Montoya tratando de traducir el Baldor poético de Verástegui, “como matemáticas no tiene mucha validez, no tiene valor revolucionario ni nada por el estilo, pero sí valor poético. Es una contribución valiosa porque nos ha hecho pensar”. Luego, una idea: “Creo que voy a dictar ciencia para poetas”.

Al final de cuentas, algo queda claro: Verástegui, como matemático, siempre será buen poeta. (Maribel de Paz)

El camino que has escogido: perfección y sinceridad, te evitará la derrota. La doctrina del Yachay Hanay es una escuela de guerra contra la fatuidad contemporánea, una brújula en la dirección del futuro. Permanece en confianza contigo mismo pues los enemigos tratarán de dividir tu conciencia, convertirte en un Hamlet incapaz ya de tomar (luego asumir) una decisión espontánea y natural. Permanece en tu verdad del amor al conocimiento, permanece en tu desprecio por la vileza de las cosas mercantiles que sólo pueden hacer de ti otro objeto más en el mercado, insensible e inerte, deposición de la náusea. Permanecer en el conocimiento es la causa de que el hombre mejora cada vez más su relación con los hombres, la causa que hace posible la transformación de las condiciones adversas en situaciones posibles.

Extracto de Yachay Hanay
(Ventana de Medusa Editores, 2006).

 


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