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Edición 1964

22/Feb/2007
 
 
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Costumbres Ayacucho 2007: Talco, agua, globos y el toque de modernidad de los tubos de espuma.

Un Arsenal de Carnaval

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Estampa ayacuchana de estos tiempos. Las guerras con agua y talco se han enriquecido con las sorpresivas ráfagas de nieve artificial procedentes de Argentina.

El eco metálico de la voz llega a todos los rincones de la Plaza de Armas de Huamanga. Damos una cordial bienvenida a nuestros amigos turistas, nacionales y extranjeros, a este nuestro carnaval ayacuchano, pintoresco y sugestivo, en el que escucharán melodías y canciones pícaras de nuestra tierra. Suplicamos orden y disciplina en los juegos con espuma y con el líquido elemento. Amigo ayacuchano, amigo huamanguino: todo depende de tu persona. En la avenida Libertad, unas diez cuadras más arriba, noventa escuadras de hombres y mujeres vestidos a la usanza tradicional humanguina –ellas, fustán blanco y manta de colores; ellos, poncho de lana teñido con nogal– avanzan detrás del Ño Carnavalón, muñeco rey del Carnaval. Globos, baldazos, ataques de talco, espuma en spray (a siete soles el tubo grande). En pistas y veredas abundan los charcos de agua en forma de estrella.

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“Lo más probable es que los carnavales hayan sido traídos por los españoles, pero las tradiciones características recién se han instaurado en el siglo XX”, explica el historiador ayacuchano Juan Perlacios. En los años 20, en las casas se tomaba vino y se compartía el tradicional puchero, una potente sopa que lleva papas, col, zanahoria, manzana, durazno, res, carnero y chancho. Luego las familias salían a las calles a festejar, y hacia los 50 el hábito ya estaba apropiado por grupos grandes de amigos –o comparsas– que rivalizaban entre sí inventando versos y bailando, competencias que solían terminar con batallas campales y mujeres raptadas –costumbre que pervive y se llama “manteo”, pero sólo se puede hacer el martes. Perlacios cuenta que la diplomacia carnavalesca moderna dicta que, en estos casos, los representantes de la comparsa afectada deben negociar un rescate, que generalmente se paga con varias cajas de cerveza–. Todo esto es típico del carnaval urbano. El carnaval rural, por su parte, viene de la fiesta incaica del pukllay, que se celebraba entre enero y marzo con juegos extremadamente violentos, y servía para agradecer por las cosechas. Ambas corrientes, carnaval rural y urbano, empiezan a converger.

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Es necesario estar en la correcta sintonía física y mental para resistir el ritmo de la comparsa. Para eso son básicos dos elementos: primero, el quitavergüenza, combo de chicha de jora, trago corto y cerveza de cualidades desinhibidoras garantizadas. Segundo, los grifos, como se conoce a las casas en las que la comparsa se detiene para recuperar fuerzas, refrescar la garganta –más quitavergüenza, si es necesario– y ensayar las canciones (Esa chiquilla me está mirando/ Seguramente que está pensando/ que tengo plata, que tengo carro/ ay, si supiera/ que estoy calato.). Así avanza la histórica comparsa de Chorros, a la que pertenece el alcalde Germán Martinelli. En total pasarán por ocho grifos. Y al final del día volverán a sus barrios para celebrar con flautas, guitarras, violines, arpas y ríos de cerveza. Con la madrugada, el significado quechua de la palabra ayacuchu, “rincón de los muertos”, va adquiriendo otra acepción. Esta noche no hay yaravíes. (Giomar Silva)

 


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