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Cultural Ilustró la “época dorada” de la arqueología peruana. Pedro Rojas Ponce, 93, expone su obra y su visión de un país que conoce a profundidad.

Pasado Pintado

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Don Pedro no pierde energías, humor y tampoco –según se comprobó–, galantería.

Dorothee Rivka, investigadora e ilustradora alemana radicada en el Perú desde 1998, repasaba su recién adquirido tomo de “Paracas, Primera Parte” de Julio C. Tello. No podía entender cómo era posible que Pedro Rojas Ponce, “autor de las imágenes más importantes y mejor logradas” que acompañan sus páginas, y que con acuarela, tinta y lápiz de color trazó tan bellamente la memoria del país, también se había perdido en ella. Se pasó los siguientes dos años buscándolo. El dibujante había nacido en 1913, en Jauja, y desde 1935, año en el que comenzó a trabajar con Tello, participó en expediciones y descubrimientos arqueológicos como Sechín, el acueducto de Cumbemayo y Chavín de Huantar. Incluso después de la muerte de Tello, colaboró con otras importantes exploraciones científicas como las de Kuélap o las ruinas de Chanchán. El registro del desenfardelamiento de las momias Paracas del Museo Nacional; publicaciones en revistas como Life International y National Geographic; su trabajo en el Ministerio de Industria y Turismo; Rivka recorrió la amplísima trayectoria del ilustrador, hasta que en el 2005, dio con su casa de Pueblo Libre. El resultado de ese grato primer encuentro es la amistad que ahora los une, y la exposición “La Ilustración Arqueológica de Pedro Rojas Ponce”, en el ICPNA.

“He seguido trabajando porque de eso vivo y es mi pasión. Por eso me ve usted tan bien a mis noventa y tres años”, dice un orgulloso don Pedro. “Como bien, duermo bien y no tengo ningún problema de salud... salvo porque me falla un poco el oído derecho. Pero por lo demás, soy feliz. Y esto es por mi trabajo y por el yoga que practico a diario”. Pese a su entusiasmo por la muestra, el día de la inauguración no pudo ver sus trabajos en las paredes de la galería “porque había gente por todos lados. A muchos los conocía, pero en las últimas dos décadas me he alejado de casi todos y me he dedicado exclusivamente a seguir dibujando y pintando. No me gustan las visitas sociales ni conversar de cosas triviales. Está bien un ratito, pero le cansa a uno estar escuchando tontería y media. Además, acá la gente se molesta cuando uno no está de acuerdo. ¡Hasta te pueden botar de sus casas!”

“Y es que, desgraciadamente, el país no ha avanzado casi nada en cultura”, afirma, con una lucidez que se apoya en la experiencia y con una pasión que le va ganando a la paz del yoga, a medida que avanza su gesticulada reflexión: “Deme el nombre de un presidente que haya sido bueno. No puede, porque no existe. Todos son pura verborrea, incluyendo el actual. Hacen una carretera, una escuela; dicen que van a enseñar a la población a leer y escribir. Eso es esencial, sí. Pero la cuestión es pensar qué es lo que escribimos, analizar lo que leemos; en suma, tener criterio y pensar, y los maestros actuales no pueden enseñar esto porque ellos mismos apenas saben leer y escribir. Por eso aparece un señor como Humala y todos quieren votar por él, sin saber si tiene un programa político, sin saber que nunca ha trabajado por la gente explotada. ¿Por qué pasa esto? Por la ignorancia en la que está sumida la gente”.

Don Pedro piensa que única solución a esto recae en la familia. Quizás Tello, además de ser su maestro, llegó a ocupar el vacío que la temprana muerte de su padre dejó en el joven Pedro, quien no se movió de su lado hasta que el sabio murió en 1947. Poco tiempo después falleció también, víctima de un cáncer, Rosa Carrión, con quien se había casado cuatro años atrás. “Pero la familia está muy desorganizada”, continúa. “Se cree que buen padre es el que viste y alimenta su hogar, y no se preocupan de forjar una relación estrecha. Viven juntos sí, pero el hijo no respeta a sus padres y los padres no comprenden ni conocen a los hijos. Entonces, ¿qué les pueden enseñar?”.

“Imagínese cuántos años han pasado sin que nadie se acuerde de mí”, dice, casi riéndose. “Pero no me importaba porque yo seguía trabajando. Además, con el yoga yo estoy tranquilo siempre. Y alguien que ni siquiera es del Perú se interesa en mí”. Mira a su amiga Dorothee y concluye: “Yo no tengo dinero. No tengo cómo pagarle. Lo único que tengo es amor, y ese sí, todo es de ella”. (Rebeca Vaisman).

 


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