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Entrevistas Desde su nuevo puesto de combate, César Hildebrandt desentraña la crisis que roe a los medios, sobre todo a la televisión.

Días de Radio y Libertad

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En su parapeto de Radio San Borja, precisa que la radio, por tener muchísima menos ligazón con el gran poder económico, es más libre.

A los once años, recuerda Hildebrandt, se inició en la lectura de Ciro Alegría, en la edición de las obras completas de Editorial Aguilar. Leyó enseguida a José María Arguedas, “primero como deber moral, después como placer literario”. “Si tuviera que elegir entre Arguedas y Mario Vargas Llosa, elijo a Arguedas, de lejos”, sentencia. Cuando se siente deprimido o acosado, lee al francés Jacques Prévert, poeta de las cosas sencillas. Santo remedio. “Otra de mis locuras”, agrega, “es leer en voz alta a Vallejo. Era un hombre indignado, tiernamente indignado, que es, creo, el estado mayúsculo de la conciencia”. En la entrevista, de la que ofrecemos amplio fragmento, hundió el escalpelo en la crisis que pesa sobre los medios en el Perú.

Usted ha escrito que en el Perú la prensa sufre una epidemia de imbecilidad y la televisión, de masiva lobotomía. Empecemos por la prensa. ¿Por qué diagnóstico tan cruel?
–Tan renegón y tan feroz. Porque creo no exagerar si digo que la prensa peruana está en la peor crisis de toda su historia. Y hay una razón fundamental. La prensa se divorció de la cultura. Echó a la cultura de su casa, la desterró. Se convirtió en una militante adversaria de todo aquello que pudiera parecerse a la cultura.

–El otro día, una redactora escribió en un diario que el Apra había sido fundada por Agustín Haya de la Torre, y en un espacio de radio un entrevistador me dijo que Manuel González Prada fue aprista.
–(Risa). La prensa se había mantenido siempre como un islote a salvo de la ignorancia. Dejó de serlo. Los bárbaros se apoderaron de ella. La crisis es general. Acabo de escuchar a un congresista de UPP decir que, aunque haiga razones, ellos se opondrán. Me pregunto si ese señor no va a terminar de columnista de un periódico. Creo que se lo merece.

–Una reportera de televisión afirmó que una orquesta de estudiantes universitarios de Lima no tenía nada que envidiarle a Mozart, Chopin o Beethoven.
–Eso le demuestra la impunidad con que se exhibe la ignorancia. La ignorancia es casi un pasaporte hacia lo mediático. Creo que se ha entablado un diálogo entre la ignorancia vista y la ignorancia que ve. La audiencia es la que se ha creado. Los dueños apostaron desde hace muchos años por la cretinización del público. Eso les permitía disimular sus apegos sucesivos a los gobiernos diversos.

–Leí una declaración de Emilio Azcárraga, el dueño de Televisa de México, según la cual él les hacía un bien a sus televidentes que regresaban cansados del trabajo: no los hacía pensar. Todo un filántropo.
–En su caso era una doctrina. Genaro Delgado Parker contaba hace muy pocos años que Azcárraga le confesó que, para él, el cociente mental promedio del pueblo mexicano era doce, y que él exigía a sus libretistas, primero de la radio, y luego de la televisión, que escribieran para un público con cociente de doce. Sostenía que la mujer que despiojaba a su hija en una población rural de Puebla era la que escuchaba la radio.

–El italiano Giovanni Sartori en su libro Teoría de la democracia escribe: “Nos queda, pues, la tercera acusación: la pobre calidad de la información, pobreza indudablemente existente, yo la encuentro detestable, pero muy difícil de solucionar. En concreto, cuando nos encontramos con el mensaje visual estamos ante un instrumento que perjudica intrínsecamente a la verdad”. Es terrible.
–Sí. Es de un reduccionismo filosófico. Porque la televisión se presta como ningún otro medio a la manipulación, a la visión sesgada, parcial, maliciosa. Y, efectivamente, haga lo que haga, siempre será un punto de vista personal. Y, en muchos casos, lo peor de todo: estafando. Basta ver la exigencia de los editores internacionales sobre Líbano. El lobby israelí ha logrado casi homogeneizar las pantallas: el mismo segundaje, como dicen los editores, se da a los muertos civiles del Líbano y a los muertos y heridos mínimos de Haifa o de Galilea. Esas equivalencias de segundaje tienen un claro propósito: establecer una simetría de la muerte o del abuso. Es muy fácil hacer eso en televisión. Son trucos fascinantemente vulgares. Yo estoy de acuerdo en que la televisión es el medio menos honesto por naturaleza. Y hay que recordar que el setenta por ciento del mundo se entera de los hechos por la televisión.

–¡Setenta por ciento!
–Eso incluye a Nueva York y a Bangladesh. Lo que queda se lo pelean a palos la prensa escrita, en su multiplicidad, y la radio, en su multiplicidad. Por lo tanto, para lo que antes considerábamos información de verdad queda muy poco.

–También la prensa tiene su historia. En un comentario de Time sobre prensa amarilla se decía que en ese caso hablar de “ética periodística” era un oxímoron, una contradicción en los términos.
–Es cierto. Pero la ética de los periodistas es la ética de los patronos. No hay periodista mercenario que no tenga un patrón mercenario. Muchas veces es al revés: el patrón mercenario produce el periodista mercenario. Porque lo convoca. Ese es el gran problema de hoy. Rupert Murdoch era un monstruo hace veinte años y ahora es un paradigma. Era una bestia aun para los conservadores británicos. Y ahora resulta que los encabeza.

–Es el padre mediático de Bush.
–Es el padre. La escuela de Pat Buchanan y la de Murdoch se han impuesto en términos generales. Eso nos da la televisión vinculada a la “Ley Patriótica” de Bush. Es ya una televisión estatal. Fox es una televisión invisiblemente expropiada por el Estado, totalmente estatal en términos de intereses. Se ha producido una eslavización de la televisión, en términos de la Europa Oriental de otros tiempos. Ahora resulta que hay una televisión estatal en Estados Unidos, y es la mayoritaria. Es la reconstrucción del muro, y nadie dice nada acerca de hasta qué punto es repulsivamente oficialista la gran televisión estadounidense de hoy.

–Un análisis de la televisión de Murdoch recordaba que éste manda así: “hay que privilegiar la opinión, no la información, porque la información puede ser desmentida; la opinión, no”.
–De hecho, sus locutores, en plena guerra del Golfo, decían: “Nos acusan de no ser imparciales. Claro que no somos imparciales. Estamos con Estados Unidos en esta guerra”. Acá hay sucursales de ese tipo de televisión que convierte a George Orwell en profeta. Creo que Orwell es el autor del Novísimo Testamento.

–El otro día escuché a Genaro Delgado Parker en el acto en que la Asociación de Radio y Televisión condecoró a Alejandro Toledo. Me sorprendió el énfasis con que Delgado Parker hablaba de libertad de expresión y democracia. Me parecía una comedia.
–Sí. El Perú es una creación de Woody Allen. Uno cree que viene de San Martín, pero viene de Woody Allen y de los hermanos Marx. Escuchar a Delgado Parker hablar sobre la libertad de expresión es como escuchar a Momón abogar por la propiedad privada.

–Hablemos de la radio. Hay el viejo lema según el cual “la radio anuncia, la televisión muestra y la prensa interpreta”. ¿Es válido?
–Esos compartimientos no existen. La radio puede opinar y la televisión, interpretar. Lo que creo es que en la radio, por estar mucho más diversificado el dial y tener muchísimo menos dinero en juego, por tener muchísima menos ligazón con el gran poder económico, es más libre. Es un dial tugurizado, donde los presupuestos son muy pequeños, ínfimos en relación con la televisión. Ese desapego de la radio la hace más desordenada, menos controlable. Además, existen cincuenta radios contra cuatro televisoras más o menos visibles. Eso de la libertad resulta muy importante, porque hay que escurrirse ahora por las rendijas que nos deja el gran billetón. La televisión se ha vuelto inaccesible para un periodista fastidioso. La televisión ha entendido que no puede admitir a un periodista incómodo porque es demasiado peligroso. También en la radio nos pueden reventar, pero es la última alternativa.

–Cuando usted trabajaba en España y vino en una pausa al Perú, me habló del peso de la radio en España, y que allá el mejor periodista de radio era mejor pagado que el mejor periodista de televisión. ¿A qué se debía?
–Eso fue gracias al franquismo, que controló la televisión y permitió algunas travesuras en la radio. Lo cual sirvió para vincular a la radio con la audacia y a la televisión con el control. Eso subsistió tras la transición de Adolfo Suárez, porque los hacedores de la transición se preocuparon mucho de mantener el control de la televisión. Y aun ahora, a pesar de que hay canales privados, la televisión es mucho menos informativa que la radio. Además, está cuantificado. Las opiniones en la radio siguen siendo más valiosas y escuchadas. En la televisión casi no hay opiniones; hay noticieros. Y, de hecho, la política española se divide en la derecha de Radio COPEI, la izquierda de la Cadena Ser y el centro, que está dividido entre Onda Cero de Luis del Olmo y otras emisoras. La radio es parte del espectro político.

–Interesante. Y poco frecuente en el mundo.
–Muy interesante y poco frecuente en el mundo; pero no tan infrecuente en Europa. Porque resulta que este mismo fenómeno lo mantiene la BBC Radio en Inglaterra, que es muy importante, y la radio en Holanda también. No hay que olvidar que en Estados Unidos la radio fue muy importante hasta los años cincuenta. No olvidemos que Edward Murrow trabajaba en la radio.

–Y Orson Welles.
–Y Walter Cronkite se hubiera quedado en la radio si no hubiera aparecido la televisión. La televisión cobra importancia en Estados Unidos y la radio se regionaliza en extremo, se folcloriza. Distinto es el caso de Europa. En Europa la conciencia social se mantiene. Se han mantenido el pluralismo, la convivencia intelectual, la vida intelectual. La derecha europea, con Silvio Berlusconi y José María Aznar a la cabeza, aspiraba a norteamericanizar a Europa.

–El maestro Luis Jaime Cisneros comento: “hay que desaznar a España”.
–¡Muy buena esa frase! Lamento que no se me haya ocurrido. (César Lévano)

 


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