domingo 21 de julio de 2019
Usuarios
e-mail:
Contraseña:
¿Olvidó su contraseña?
InstruccionesHáganos su Página de InicioAgréguenos a sus Favoritos
 
 
 
Edición 1937

10/Ago/2006
 
 
Secciones
Acceso libre Nos Escriben ...VER
Acceso libre SeguridadVER
Acceso libre ActualidadVER
Acceso libre Opinión VER
Acceso libre Ellos&EllasVER
Sólo para usuarios suscritos Tauromaquia
Acceso libre CulturaVER
Sólo para usuarios suscritos El Misterio de la Poesía
Sólo para usuarios suscritos Quino
Acceso libre Salud y BienestarVER
Columnistas
Sólo para usuarios suscritos Gustavo Gorriti
Sólo para usuarios suscritos Augusto Elmore
Sólo para usuarios suscritos Luis E. Lama
Sólo para usuarios suscritos Iván Thais
Suplementos
Sólo para usuarios suscritos Claro
Ediciones
anteriores


Última Edición: 2460
Otras Ediciones Anteriores
 
 

Inicio > Revista

Cultural Genio de la pintura, Teodoro Núñez Ureta lo fue también en sus escritos.

El Color de la Prosa

4 imágenes disponibles FOTOS 

1937-nunez-1-c.jpg

Núñez Ureta conocía lo mejor de la literatura en inglés y francés. Por eso podía disertar sobre Shakespeare o el teatro del absurdo.

Bajo la luz fulgente de su cielo, Arequipa ha alumbrado siempre grandes pintores, poetas, narradores y caricaturistas.
Uno de los mayores es sin duda Teodoro Núñez Ureta (1912-1988). Sus acuarelas, óleos y dibujos pintan, con fidelidad renacentista y estética altura, la realidad natural y social de la Ciudad Blanca. Sin embargo, aún esperan plena valoración la hondura y la belleza de la prosa de este personaje viril que fue de armas tomar en la lucha de su pueblo, sobre todo en la insurrección de 1950 contra la dictadura de Odría.

Teodoro Núñez Ureta fue un humanista a carta cabal. No en vano había estudiado a la par letras y ciencias en la Universidad Nacional de San Agustín. Desde 1922, cuando tenía diez años de edad, destacó por el lápiz acerado y el pincel vibrante de color. A los veinte años mordió el pan amargo del destierro por su actividad estudiantil contra el dictador Sánchez Cerro.

No reconoció fronteras entre arte y vida. Tampoco trazó una raya fatal entre su enhiesta actitud de izquierda y su amplitud ciudadana. Arequipeño hasta el tuétano, era asimismo anchamente peruano y universal.

Hace un tiempo, el Fondo Editorial del Congreso tuvo el acierto de publicar el libro Gente de mi tierra, con textos recopilados por Lucy Núñez Rebaja, hija del artista. Contiene escritos escogidos de éste, un valioso prólogo de Jorge Cornejo Polar y varios testimonios.

Aunque ese volumen no recoge todo lo escrito por Núñez Ureta, abarca sí textos fundamentales. Por ejemplo, la tesis con que en 1935 optó el título de bachiller en filosofía y letras, Mi compañero Juárez. Es tesis insólita. Se trata más bien de una sátira brillante e implacable respecto a los señoritos que en los años estudiantiles son más rojos que capa taurina y después, con los años, tornan a las andadas gamonalescas: “Da orden a Mamani para que le prepare dos caballos. El Mamani es torpe. El Mamani se tarda. El doctor Juárez se encoleriza y golpea al Mamani. Lo golpea duro. A los pocos días, el Mamani se muere vomitando sangre”.

Cuando sustentó su trabajo, Núñez Ureta advirtió al jurado que no iba a presentar un trabajo estrictamente académico; pero les adelantó: “Ustedes, señores académicos, están obligados a escucharme”.

Otro texto valioso en el citado libro es El provinciano, que reproduce la conferencia que dictó en mayo de 1958 en la Asociación Nacional de Escritores y Artistas. Aborda el tema de la migración interna con fuerza y penetración sin par en nuestra sociología. Párrafo de muestra: “Todo el Perú es una provincia dejada al margen de la vida nacional. Un ancho campo de feudos y prebendas, donde el hombre es un voto que la astucia adultera o una fuerza bruta que no tiene derechos”.

Núñez Ureta supo vivir amarrado, como un árbol, a sus raíces. Por eso escribió en el texto que glosamos: “Nuestra primera alegría nació frente a la luz del sol ardiendo entre colores… Sabemos el dibujo del agua cuando avanza sobre el suelo reseco, el modo en que los árboles equilibran la horizontal del mundo, el bullicio de las hojas en el palpitante silencio azul del cielo, el lento caminar de las nubes orgullosas, la cordialidad de la luz cuando las sombras vencidas se le abandonan en la carne del mundo, junto a las tapias, bajo las hojas anchas, temblando sobre la piel cansada de los árboles viejos”.

He ahí algo que merece el nombre de prosa artística. (César Lévano)

 


anterior

enviar

imprimir

siguiente

Ver más en Cultural
De Alto Vuelo
El Color de la Prosa

Búsqueda | Mensaje | Revista