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Vida Moderna Arte y provocación transeúnte: paredes que devuelven miradas.

El Color de la Calle

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SEF se cubre el rostro con máscara de trabajo pero su obra muestra lo que está oculto. Autorretrato en Jirón Quilca.

El único esqueleto esperpéntico que reta a la muerte se llama Rubén el Acróbata. Cualquiera que hace unas semanas se hubiera dado una vuelta cerca de la estación de bomberos, en Barranco, hubiera vislumbrado en lo alto la cuerda floja, su impecable sombrilla y el característico rictus de felicidad de aquellos que hacen con su vida algo que de verdad les gusta. Por decisión de sus creadores, NAF y Seimiek, mejor conocidos en el mundo del espectáculo como Fumakaka, Rubén ya no hace maniobras arriesgadas.

Es verdad: lo de espectáculo es puro sensacionalismo periodístico. NAF no quiere que nadie vea su cara ni sepa su nombre, y Seimiek sólo se deja fotografiar de costado. Pero a Rubén le hicieron un mural ficticiamente publicitario en la última cuadra de Bolognesi. Tal vez aún siga ahí. Es lo que ellos entienden por “intervención urbana”, ya lejos de los garabatos de barras bravas y calcos del graffiti neoyorquino incluido en la cultura hip hop (el colectivo DMJC –para mayores señas, Dedos Manchados en la Jungla de Cemento– sí sigue esa primigenia tendencia). NAF, arquitecto de 25 años, ha pintado puentes y avenidas, ha pegado espejitos en las paredes que le dicen a quien se asome que lo están mirando, siempre en busca de una reacción. Una moneda de a sol con el lema “Compra Felicidad” en plena Vía Expresa o debajo de un cajero automático lanza el anzuelo, el ocasional peatón sonríe. Cuando siga su camino tal vez redondee una idea, complete el mensaje con otra monedita, esta vez imaginada. O una billetera o un pozo de los deseos, y quizá se sienta diferente. La calle, dijo NAF una vez en su casa, que paradójicamente es de paredes blanquísimas, permite establecer una relación más directa con la gente que el arte que reposa en las galerías.

–Claro que el arte que uno hace sobre un lienzo siempre tendrá más profundidad que el de las paredes, simplemente porque te puedes tomar todos los meses que quieras.

Eso lo dice Wa (27), pintor y artista plástico de Bellas Artes y uno de los integrantes originales de El Codo. Su nombre verdadero es Franco Domenac pero eso casi nadie lo sabe (incluso la chica con la que sale le dice Wa). El Codo fue una espontánea aglutinación de gente de Bellas Artes que salió a colorear las calles con el spray como arma. Luego se han ido sofisticando con nuevos materiales de trabajo, pero marcando siempre la diferencia frente a grupos como DMJC en base a su formación académica. Wa inventó al Joto, un ser humano ultradesarrollado que tiene poderes telepáticos y ya casi no es cuerpo. La gente suele reconocerlo como “el marciano gordito que está dibujado por todo Lima”. Pero el Joto no es un marciano, alega. Estilísticamente combina a Picasso, Gokú y otras influencias, con un trazo infantil. Una vez hubo un Joto de seis metros de altura en San Miguel, y en los alrededores del barrio de Wa, en Mirones (él había pintado en su edificio muchos ojos mirones), hay un esbozo previo al Joto actual, un poco más humano a la usanza nuestra, tan primitiva todavía. Y a veces algunos se cuelan en sus pinturas, como una constante que de verdad vive.

Nada de lumpenesco hay en estas prácticas. Sí mucha pasión. Roberto Seminario, SEF (21), encarna tal vez mejor que nadie esa vocación. Nunca estudió dibujo pero su trabajo habla por él. Hace unos meses descubrió que podía hacer rostros; entonces los unió a su repertorio de Chavos del Ocho y sobres (el motivo de los sobres sólo lo sabe él). Tal vez este es el verdadero amor al arte, un arte casi anónimo, efectivo pero perecible y expuesto al daño de los que nunca entenderán nada.

–En la Brasil hice un retrato que se llama La Inocencia, es la mirada de un niño… pero a ese muro, en los ojos, que son lo que más refleja el significado de lo que yo quería decir… los ojos ahora están manchados con caca. Eso a veces da pena.

Pero sigue hablando de todo lo que quiere hacer, de la exposición que acaba de hacer en Pueblo Libre, de que quiere entrar a Bellas Artes. “Tal vez mañana los limpie”, dice, refiriéndose a los ojos. La felicidad sólo cuesta un sol (Giomar Silva).

 


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