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18/May/2006
 
 
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Opinión

El Día que Apaleamos a los Cerdos

En la selva peruana hay una comunidad nativa que enfrenta de manera peculiar las subidas del río. No huyen ni se suben a los árboles y tampoco construyen defensas, simplemente van a los corrales y empiezan a apalear ferozmente a los cerdos. El propósito es que sus terribles chillidos hagan huir a las bestias malignas que se han apoderado de las aguas. Este es el pensamiento mágico, para diferenciarlo del racional.

Según Levi Brühl, el pensamiento mágico tiene un rasgo esencial y una consecuencia. El primero es la imposibilidad del hombre común de aprender de la experiencia y su consecuencia es la elección de alguien con facultades reveladas que le permitan relacionarse con lo desconocido. Este ser con poderes extraordinarios, capaz de entrar en éxtasis y atisbar lo invisible, es el hechicero.

Se equivoca quien crea que el pensamiento mágico perteneció a nuestro estado primitivo y allí acabó. Está plenamente vigente en el Perú del siglo XXI, sobre todo en política.

El pasado nueve de abril nos tocó elegir al conductor del gobierno por los próximos cinco años. La oferta fue disímil y abundante. Pudimos escoger entre candidatos conocidos; otros ignotos. Algunos con perspectiva histórica, otros sin ella; aquel con ideas definidas sobre temas impostergables, ese negándose a opinar sobre ellas; uno con autoridad moral pero sin carisma; otra con entusiasmo y fervor aunque sin talento. En fin, sobraron opciones. Ocurrida la primera vuelta, sólo queda identificar a los responsables de que la mayoría haya elegido apalear a los cerdos.

Son culpables los sacerdotes del pensamiento único. Esa caterva de incapaces dispuesta a repetir hasta la exasperación que todo se resuelve con más inversión extranjera y con un Estado mínimo y sumiso. Es decir, con más de lo mismo, ‘olvidando’ que esa receta miserable viene imponiendo a extensos sectores de la población mundial, no sólo a la nuestra, formas de vida infrahumana. Lo ocurrido hace meses en Mar del Plata con la visita de Bush o en Francia ahora poco, refleja que la situación ha adquirido un contexto biopolítico: las reivindicaciones han dejado de ser individuales, ahora tienen un sentido universal, se desea un mundo nuevo. Pero la soberbia y la mezquindad de un poder económico que se comporta como una lumpenburguesía, le impidió advertir que copar los medios de comunicación con recitadores de slogans era contraproducente y que una ‘vuelta de tuerca’, planificada y real, hacia los desplazados hubiera cambiado el resultado.

La izquierda tiene también una responsabilidad inmensa. El progreso tecnológico ha convertido al trabajador manufacturero, por citar un ejemplo, en una especie en vías de extinción. Éste intuye que privatizar las empresas estatales y los servicios públicos, pagar la deuda puntualmente para asegurar la credibilidad de las inversiones y desregular las protecciones sociales, es decir, garantizar la dinámica del mercado, lo conducirá naturalmente a la desocupación. Por eso, entre tantos candidatos, quiso encontrar quien postulara algo distinto. Alguien que, sin patear la mesa y hacer demagogia, propusiera una alternativa que, sin desviaciones estatistas, consolide un estado fuerte y sólido para tutelar sus derechos sociales y asegurar la vigencia real de los derechos fundamentales. El nueve de abril no encontró lo que buscaba; entonces apaleó a los cerdos.

Las reglas del juego democrático enseñan que éste se disputa hasta el final. Así que a fin de mes o a comienzos del próximo elegiremos gobernante. Para la mayoría las opciones son dantescas, literalmente, se trata de elegir entre el octavo o el noveno círculo del infierno.

Ya es tarde, por lo demás, para pedirles a los candidatos que se descubran. Son lo que alguna vez fueron y eso es saber demasiado sobre ellos. Pero, antes de que el voto perdido se apodere de mi conciencia, votaría por aquel que dijera que va a combatir la violencia estructural, es decir, que luchará para que las madres no necesiten humillarse para alimentar a sus hijos; que combatirá la ausencia o la volatilidad del trabajo porque afecta la dignidad del hombre; que evitará que la madre embarazada desee perder su hijo, para no sentirse culpable de la miseria que le espera; que los jóvenes no sufrirán la pesadilla de construir su futuro a miles de kilómetros, desafectados de su suelo cuando sólo son capullos.

En fin, votaría por quien me cuente que ha sufrido un repentino ataque de espiritualidad y que, por tanto, ha decidido encarnar su propia historia en la historia de su pueblo y que siente la historia de su pueblo como su propia historia. Aunque me mienta y yo sepa que es mentira. Es que necesitamos tanto creer. (Juan Monroy Gálvez*)
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*Abogado procesalista

 


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