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Nacional Crónica de ojo extranjero de cómo fue la caótica votación en Barcelona. Pésima organización dejó a miles de peruanos en España sin votar.

Histeria en Iberia

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De 22 mil electores inscritos solo votaron 15 mil en el complejo deportivo La Mar Bella de Barcelona. Un enjambre de mesas y un hormiguero de colas. El autor, escritor español, está casado con peruana.

¡Nos están invadiendo!”, grita entre divertida y asombrada una teñida dominguera catalana –maliciosamente debo añadir: con toda la apariencia de hija de inmigrantes andaluces– sentada a la terraza de un bar, mientras un tsunami de cabezas negras brota de la boca del metro en la parada Selva de Mar, para iniciar el breve éxodo hacia el complejo deportivo municipal La Mar Bella, sito en un convenientemente apartado recodo de la costa barcelonesa (la playa nudista no queda lejos), bajo cuyo amplio techo se han habilitado todas las urnas que recibirán el voto de los ciudadanos peruanos residentes en las comunidades autónomas de Cataluña, Navarra y Aragón. Los únicos no sorprendidos son los turistas gringos, que toman aquella horda por apacibles naturales del lugar con hábitos gregarios.

El horario de votación abarca de las 8.00 a las 16.00 horas, pero nada más arribar al área de convocatoria, somos conscientes de que hemos hecho mal en presentarnos al mediodía: la cola de presuntos votantes es tan larga que no sólo excede la soleada carretera a cuyo extremo se sitúa el pabellón deportivo reconvertido en colegio electoral para la ocasión, sino que bordea gran trecho del paseo marítimo, para, alcanzado un tope de permisividad, doblegarse en sentido contrario. Hará falta mucha paciencia.

La esperanza y alegría de poder decidir el futuro del país del que han decidido o se han visto obligados a partir son visibles en la mayoría de semblantes. Es ésta una jornada de júbilo colectivo, semejante al de un merendero con overbooking, y nada va a empañarlo, ni las horas de espera ni los zampados que siempre abundan en toda aglomeración latina. Mi esposa, pucallpina de pro, se niega a colarse pese a mis ofrecimientos (tengo un conocido en la organización que se presta a meternos los primeros, etc.) y prefiere aguardar con el resto. “¡Y tú quieres dedicarte a la política!”, le reprocho.

A la media hora, se ha enzarzado en animosa charla con sus paisanos: ya todos saben lo que todos van a votar. La discreta señora de pelo marrón cardado dice que ella apuesta por Lourdes Flores; un hombrecito de pantalón calado con correa ajustada, camisa azul y bigotito recortado, los brazos cogidos en relajo castrense –o sea, sin relajo-, enuncia orgulloso su voto a Humala: me sorprende porque es muy blanco, podría pasar por un falangista madrileño de los sesentas o mi papá estalinista.

Tres horas arrastrando los pies cual galeotes, y al cabo la organización decide dividir la cola en dos, porque ya es sobremesa y la mitad de la gente está por votar. El edificio no logra absorber tanta masa: nerviosos, nos desvían a la entrada trasera, reservada a vehículos, y en el momento cumbre a mí me obligan a esperar afuera por español.

Me tomo una cerveza en la cafetería aneja: una camarógrafa es requerida por unos parroquianos para que grabe los dedos violetas que les acreditan como votantes de facto; al reconocer la consigna del cartel que despliegan, un orgasmado cincuentón se une a ellos al grito de “¡El Apra nunca muere!”. Más tarde, reincorporado a su mesa, refuta un vaticinio sobre la posible victoria de Lourdes Flores: “Una machona no puede ganar”. No, pienso yo. Aparentemente, no.

Mi esposa regresa sin yema morada: no le han permitido sufragar porque en su DNI aún no figura residencia barcelonesa (el Consulado no le avisó). No es la única: al poco, se ordena cierre de mesas y miles de congregados se quedan sin posibilidad de ejercer su derecho (22.000 inscritos: 15.000 votaron). Más debacles: el poeta Jaime Rodríguez descubre al mediodía que era presidente de mesa; la carta nominativa nunca le llegó, remitida a la sede de la revista literaria donde trabajaba y que ya no existe por falta de ventas; su multa será más gorda que la nuestra (la literatura es la culpable).

Los que más provecho le han sacado al día: los ávidos vendedores y anunciantes ambulantes, que han reproducido en un tramo de concreto catalán la avenida Javier Prado, con sus tamales, sus jugos, sus anuncios de peñas; aunque abundan musulmanes infiltrados, que han aprendido rápido el secreto del elitismo barcelonés: ¡dos euros por un botellín de agua!

Nos volvemos al metro entre otros muchos peruanos, unos desencantados, otros pletóricos, como ese chulito adolescente que cruza el semáforo en rojo para admiración de su mancha: “Cuando se es peruano, se cruza nomás”.

Será por eso. (Hernán Migoya*)
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* (España, 1971). Periodista, guionista de cómics y cine, escritor. Autor del libro de cuentos "Todas putas" (El Cobre Ed.) y la novela "Observamos cómo cae Octavio" (MR Eds.-Planeta).

 


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