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Deportes Más de 20 años después de las Eliminatorias para México ’86, Diego Maradona vuelve al Estadio Nacional. Lucho Reyna lo volvería a marcar.

Rey y Reyna

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Maradona, esbelto gracias a la ciencia médica, ya volvió a pelotear. "La Noche del Diez", con la participación de las viejas glorias del fútbol peruano, se realizará el 4 de mayo en el Estadio Nacional.

La voz de Luis Reyna se corta y da paso a un tono ofuscado que reclama:

–Ya no molestes, oe, ya me tienen harto con Maradona. De eso no hablo, cualquier otra cosa estoy para servirte pero eso no. No seas pesado ¿ya? Déjame tranquilo, déjame tranquilo.

Hay quien tiene una mala tarde y está bien. También hay quien no está satisfecho con el lugar que la historia le ha deparado y eso es más difícil. Cómo saber qué pasa por la cabeza de ‘Cachete’ Reyna, el limitado pero voluntarioso jugador inmortalizado televisivamente por su papel en la marcación a Diego Armando Maradona en las eliminatorias para México ’86. Si para los argentinos ‘el 10’ representa simbólicamente las contradicciones de su nación, desde la genialidad arrebatada (apilar a seis ingleses, portero incluido, es “el milagro maldito” según Bobby Robson) a la picardía criolla (de “encuentro en un callejón” calificó el escritor Martin Amis la impune “mano de Dios”), ¿cuál es el papel del episodio perpetrado por Reyna en el imaginario futbolístico peruano, si es que cumple alguno?

Pasolini afirmaba que el fútbol tenía todas las características del lenguaje. La unidad mínima, el fonema futbolístico, era para el autor italiano “un hombre que usa los pies para patear una pelota”. Quienes recuerden los enfrentamientos que definían la clasificación para el mundial mexicano tendrán que hacer un esfuerzo para determinar si Reyna cumplió ese requisito mínimo. Quizás sí, de alguna manera eventual, indeseada, pero eso no tiene importancia. El peruano abdicó de la naturaleza de su profesión en pos de un objetivo entendible, anular a toda costa a la estrella argentina. La misión era lógica desde la resignación o el deslumbramiento, ya que frente a la erupción de la genialidad maradoneana no era posible anteponer una respuesta futbolística. Al arte sólo se le puede combatir con la nada. Quizás eso fue lo que se le ocurrió a Challe en un rapto etílico en la previa, y por eso mandó a quien muchos años después sería su partner en la banca de la ‘U’ a una labor que en el mejor de los casos puede llamarse de sacrificio (¿cómo se le cuenta eso a un hijo?). El comando fue interiorizado de tal manera, el cometido fue aceptado con tanta fijación –en una mezcla no precisa de miedo, obediencia y renuncia– que Reyna, con el rostro inexpresivo a niveles alemanes, se desentendió del partido a un punto inédito. Más precisamente, dejó de jugar. Parándose a su lado mientras ejecutaba tiros libres, acompañándolo en su propia cancha mientras su equipo atacaba, esperándolo en la línea del campo cuando el genio gaucho necesitó atención médica. En la lógica maquiavélica y ciertamente trastocada que se aplicó era sin embargo todo muy causal, sin tener a quién contener su función en el gramado carecía de sentido (si hubiera sido un robot hacía corto circuito y explotaba). La nada sólo se entiende por oposición. Quien vea disciplina táctica en esta forma de obediencia desvergonzada podrá pensar incluso que ambos encuentros –aunque sobre todo el de Lima– encerraron un tipo de proeza para el peruano. Pasolini se retuerce en su tumba.

Visto con otros ojos, la hazaña o el patetismo de Reyna ese día cobra relevancia en el universo Maradona porque ayuda a enaltecer su figura. En el marco de lo que el escritor Rodrigo Fresán ha llamado la lucha conradeana por la supremacía en el olimpo del balompié, se podría añadir, con la bicolor sonrojada por humilde orgullo –con el perdón del oxímoron– que a Pelé nadie lo persiguió así. En un ejemplar de El Gráfico de los 80s, Maradona fue menos dadivoso. Contó que el buen Lucho Reyna tuvo el descaro de invitarlo a su matrimonio, como si asumir sin tapujos la indignidad de su labor encomendada (haber sido sujeto de ella es, en términos de gloria, sólo un granito de arena en Playa Pelusa) hubiera generado entre ambos algún tipo de complicidad. Reyna creyó que su pequeña contribución a la efigie del 10 de alguna forma los emparentaba. No se le puede culpar.

A favor del ahora DT peruano se podría poner en cuestión en qué radica la (in)dignidad cuando se habla de fútbol, sobre todo si se toma en cuenta a qué obligó históricamente el volante nacido en Villa Fiorito a los defensas que tuvieron el encargo imposible de contenerlo. Ciertamente, la carretilla que el bilbaíno Goycochea le propinó en 1983, retirándolo temporalmente de las filas del Barça, es de lejos más indecorosa. Lo mismo se puede decir del terrible hostigamiento que le hizo Gentile en España ’82 o las patadas propinadas por coreanos e italianos en el mundial del ’86. Sólo que hay un detalle. A pesar de contravenir todo código deportivo y atentar contra cualquier tipo de solidaridad de clase, la violencia, la falta artera, guarda un último resquicio de legitimidad en el imaginario de los espectadores. La representación simbólica de la batalla atenuada por la pelota y el juego resucita en un puñado de frases repetidas hasta el hartazgo: “el fútbol es un deporte de contacto”, “pasa la pelota o pasa el jugador”. Tener esta casi celebración de la crudeza con fines catárticos como sustrato hace más digerible un foul descalificador (hay quien encuentra virilidad en un golpe) que el chicloso acompañamiento ad nauseam desplegado por el marcador peruano. Por eso los hinchas cremas homenajean el recto de derecha que Jorge Amado Nunes propinó al argentino Kopriva en aquel clásico del ‘94, mas nadie parece muy orgulloso de la impasible persecución que sufrió Maradona en el Estadio Nacional. Tal vez la posteridad hubiera tratado mejor a Reyna si le sacaban una tarjeta roja.

Sin embargo, a veces pensar en cómo tratará el futuro inmediato (el titular del día siguiente), y a los que tienen un poco más de capacidad de abstracción, el mediato, ha sido la tara sicológica más recurrente y perniciosa de los futbolistas peruanos. Más de 20 años después, Reyna puede dormir tranquilo ya que a costa de sí mismo el Perú puede ostentar una curiosidad que, por supuesto, sólo sirve de alimento para maradonólogos o chauvinistas incurables, si es que en el Perú queda alguno: el jugador más talentoso que dio Argentina, quizás el mundo, nunca pudo vencer a la selección peruana, y aunque parezca increíble uno de los responsables es Reyna. Los dos partidos eliminatorios quedaron empatados, ya que efectivamente el astro fue “neutralizado” por el peruano (en el minuto 81 del segundo partido a Passarella nadie lo cogió). Y en el tercer match jugado en la Copa América de Argentina en 1987, cuando los locales se adelantaron con gol de Maradona, la bicolor empató con un –irónico– tanto de cabeza de Reyna a tiro de córner. Pocos jugadores pueden ostentar haberle aguado la fiesta al más grande, aunque esa “rivalidad” pueda ser inexistente para los rioplatenses (cada tradición escoge los relatos que la componen). ¿Es posible entonces que la de Reyna sea una lección no aprendida? ¿Que al fútbol peruano le iría bastante mejor si en vez de echar tierra a la inmolación de Reyna encontrara heroicidad ahí? ¿No hay grandeza en aceptar la limitación propia, aunque nos reduzca a la categoría de perseguidor?

Aún no están definidas las glorias que rendirán homenaje a Maradona en la ‘La Noche del Diez’ a festejarse en José Díaz, pero los espectadores deberían brindarle un aplauso a quien sin ser Matthaus hizo lo que pudo por refrenar, diría el poeta Watanabe, al ídolo zurdo. Lo que no se sabe es si Reyna irá al evento. Es decir, si tiene un lío pendiente con la historia, o sólo una mala tarde. (Jerónimo Pimentel)

 


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