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Espectáculos Mariella Zanetti encarna legendaria figura prostibularia en obra teatral.

El Regreso de la Nené

4 imágenes disponibles FOTOS 

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Mariella Zanetti mimetizada con La Nené (según interpretación de Fernando Vásquez). Existía expectativa por un supuesto desnudo que haría en esta obra.

Tomemos como punto de partida una simple opinión (no confirmada in situ por quien escribe): La única diferencia entre una meretriz francesa y una peruana es el precio. Feministas, déjenme terminar la idea. Dejando de lado las razones morales, sociales o económicas –todas respetables, reprobables, debatibles– que puedan llevar a una mujer a sumarse al gremio más grande y antiguo del mundo, el enunciado apunta hacia la figura de la prostituta como emblema universal de los placeres y excesos terrenales, pero también de la ambivalencia emocional que envuelve a quienes deambulan por la vida en clave de crudeza. Tal vez ahí está el secreto de la fascinación que ejercen el burdel y sus personajes. Y quizás eso explica por qué hoy, décadas después de su esplendor nunca oficial, estas líneas rebuscan en la historia de un personaje tan enigmático como la Nené.

Ah, la Nené. Veinteañeros que nunca oyeron su nombre ni sus andanzas saben (sabemos), sin embargo (¿será la genética?), de qué se trata el asunto. Y ha vuelto, encarnada en las voluptuosidades de Mariella Zanetti y en versión teatro Canout. Para escribir la obra, el director Fernando Vásquez tuvo que abordar infinidad de taxis de los de antaño, seguro de que en esas carreras podría reconstruir la vida y milagros de la susodicha. Sólo descubrió que la leyenda existía, pero en mil variaciones que no coincidían ni siquiera en el origen de tal mujer. Europea, chalaca, rubia, morena. Al final Vásquez decidió darle a su Nené tanta energía sexual como cuentas por saldar consigo misma. El factor humanidad.

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Sábado, dos días después del estreno de la obra. Mariella Zanetti se maquilla con aire indiferente en el Lava Lounge, donde hará una sesión de fotos para CARETAS caracterizada como la Nené. Son las once de la mañana pero todos tenemos cara de sueño. La sensualidad prometida aún no flota en el ambiente. “Fue muy difícil hacer este personaje”, empieza la Zanetti, con cierta solemnidad, “porque no tiene nada que ver conmigo”. La etapa de investigación incluyó una visita al night club Las Cucardas, último reducto que la Nené histórica regentó, en la avenida Colonial. A propósito, el actual propietario apareció en un programa dominical declarando, medio adormilado o borracho, que ni la Zanetti ni nadie fueron a su local, versión apoyada por su jefa de relaciones públicas, una mujer en hilo dental que apareció tirada en una cama y llevando un antifaz negro de corte veneciano.

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Viernes, noche de segunda función en el teatro Canout. Ya convertida en leyenda, la Nené se pasea en ropa interior por entre las mesas del burdel semi vacío, que lleva su nombre. Es Día de la Madre, en plenos años setenta, y no hay clientela. Reacciona con frialdad ante la adoración de Lengüita, la chica nueva. Deja escapar un pensamiento propio de los que ya se saben jugando los descuentos:
–Antes, para hacer este trabajo, era necesario tener talla, buen porte y, sobre todo, ser buena en la cama. En cambio, hoy en día cualquiera puede ser puta.

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Zanetti dejó de ser Zanetti. La Nené posa para nosotros. Ensaya miradas, pucheros, quiebra la espalda, se contonea ante la cámara con ímpetus felinos, toda coquetería. Es menester periodístico ensayar una entrevista. Aunque intimide.

–Nené, ¿Por qué todos los hombres están locos por ti?

–Por todo lo que hago en la cama.

–(El entrevistador traga saliva) ¿Sólo por eso?

–Y por mi figura, por cómo los domino, por cómo los complazco en todo.

–Así que puedes conseguir lo que quieras.

–Todo. Me han regalado viajes, joyas, ropa, hasta una bandera del Perú en honor a mi belleza. Por qué, ¿me vas a hacer algún regalo?

–(Se escucha una risita burlona del fotógrafo) Eh... no tengo plata.

–No importa, estoy como en Ripley. Tres por uno.

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César Lévano presenta a su amigo y contemporáneo, el librero Veguita, con estas palabras: “Nadie en Latinoamérica sabe más de burdeles que él y un tal García Márquez”. En efecto, Veguita se ha vuelto una eminencia en el tema en base a experiencia propia. Antiguo periodista, en sus peregrinajes nocturnos por el mundo alegre conoció a la Nené ya en su faceta de propietaria. Su nombre verdadero era Nanette. Como muchas mujeres europeas en esa época, había huido de su natal Francia con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Y, también como muchas, una vez que se vio sola en el tercer mundo tuvo que buscar una manera inmediata de generar ingresos. Sólo ejerció la prostitución durante algunos años; luego abrió su propio local en la avenida Grau y se dedicó a administrarlo. “Yo la conocí en el 53”, rememora Veguita. “El suyo era el único lugar de renombre y que además funcionaba con autorización”. A pesar de la vida bulliciosa y bohemia del burdel, la Nené era una persona reservada, y Veguita era de los pocos que podían acceder a una conversación con ella. La recuerda hermosa, pero ya los detalles de sus facciones se han difuminado en su memoria. Sólo queda una certeza, dicha con el cariño de un amigo que no sabe a qué hora se le olvidó despedirse: “Sus cabellos, blanquísimos al final”. (Giomar Silva)

Boquitas Pintadas

1914-zanetti-5-c.jpg

Hasta fines de los 50’s, el punto era Huatica.

Ayer como ahora: Algunas cosas nunca cambian.

César Lévano, institución periodística de CARETAS, aún tiene grabada la imagen, tan recurrente en 1936: él, un canillita de 10 años, mirando embobado a aquella bomba rubia que aparecía rauda en su convertible rojo. Era Raquel Benavides, bellísima meretriz de la alta sociedad. Lévano recuerda los comentarios de los adultos, los hombres que la miraban sabiéndola inalcanzable. “Nadie usaba en esa época autos descapotables, y esta mujer, que tendría unos treinta años, pasaba en un deportivo de diseño italiano”. Y paraba en Grau con Manco Cápac para visitar a un boxeador, aunque nunca se supo qué tipo de relación mantuvieron.

“Quien no hablaba de Raquel Benavides no hablaba de Lima”. Así de contundente es Veguita para referirse a tal personaje, que compartía su celebridad con La Mamita Lucy Gómez. Eran los años treinta, aún un par de décadas antes de la aparición de la Nené. Años después, en paralelo a la famosa francesa, funcionó el burdel de la Mabel, en la plaza México, favorito de Odría y todo su gabinete. Cuenta Veguita que cuando el entonces presidente caía por ahí con sus ministros, un cordón policial cerraba toda el área aledaña. La Mabel cerró en 1956. La propia Nené, por su parte, aprovechó bien su prosperidad: de su local original en la avenida Grau, se mudó a otro en Prolongación Raimondi, La Victoria, para terminar en el establecimiento que funciona hasta nuestros días en la avenida Colonial, con otros dueños, bajo el nombre de Las Cucardas.

 


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