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Internacional “Conmovido por escándalos que implicaban compra de votos y subvenciones al partido bajo cuerda, Lula parecía condenado a una acusación que lo despojara del poder”.

¿Quién Dijo que Lula Estaba Muerto?

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La revista Epoca se pregunta: “¿cómo entender el espectacular cambio de escenario que está convirtiendo a Lula, contra todos los pronósticos, en el gran favorito de las elecciones presidenciales?”

Informe sobre la actualidad brasileña, tras una visita que permitió conversar con la flor y nata del periodismo de Brasil, y adelantar ideas acerca de la visita al Perú del canciller Celso Amorim, motor de la integración Brasil-América del Sur.

Entre divertida y polémica, la última portada del semanario brasileño Epoca nos recuerda ese irrespetuoso alegato de una canción caribeña: “Equis no estaba muerto, estaba de parranda”.

En este caso la referencia es al presidente Luiz Inácio Lula da Silva, a quien hace pocos meses las encuestas daban por perdido para una probable reelección en este octubre, y que hoy, pese a las tormentas apremiantes que ha pasado, parece gozar de envidiable buena salud, con 14 kilos de menos y una pertinaz campaña para redoblar sus simpatías en los sectores populares.

Gracias al Instituto de Investigaciones de la Universidad de Río de Janeiro y a la Fundación Odebrecht, este cronista ha podido palpitar en Brasil en el curso mismo de un proceso electoral apasionante, sobre el que todavía nada está dicho, aunque no con el desparrame heterogéneo de nuestro país,

Brasil es un gigante que ha institucionalizado su curso democrático, después de los avatares que siguieron a la era optimista y derrochadora de Juscelino Kubistchek –el hombre de Brasilia, cuyos 50 años de llegada al poder se celebraron la quincena pasada– y si bien hay un conglomerado de partidos y pesa aún la tradición del eje Río-Sao Paulo-Minas Gerais para decidir la política, las cosas giran en torno a tres grandes agrupaciones: el PT (Partido de los Trabajadores, del presidente Lula), el clásico pero algo declinante Partido Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) del ex presidente José Sarney, entre otras figuras, y el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) del ex presidente Fernando Henrique Cardozo, convertido hoy, pese a sus 74 años, en el fiero gran elector y crítico del presidente Lula.

Un gigante con grandes riquezas y antiguas debilidades, que sabe lo que quiere para los años futuros, colocado en un escenario mundial y hemisférico de primer orden y sobre el cual tampoco se puede decir que aceptaría grandes cambios o sorpresas.

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En el centro de la hoguera política, por buscar la reelección, está Lula, un hombre que ha hecho de su vida un trajinar político y llega a la presidencia después de intentar cinco veces su elección, cuya fuerza está en el sector popular.

Su más encarnizado opositor, el ex presidente Cardozo, acaba de publicar un libro de memorias presentado en Madrid y en el cual remata a Lula, mostrándolo como un oportunista: “he sido y soy su amigo, creo que es un luchador, pero como Presidente me ha desilusionado”, ha dicho, en síntesis. Frases de calibre criminoso: “Lula es el símbolo del obrero inmigrante pobre que llegó a Presidente. Es un símbolo declinante, una estrella en decadencia”.

¿Puede razonablemente un mandatario dejar sentir su huella en cuatro años? Sobre todo en un país de desproporcionadas dimensiones. Por eso Cardozo buscó la reelección y Lula sigue sus pasos. Lula está en una disyuntiva que todos le reconocen. No cumplió del todo con su tono progresista, se alejó incluso de las bases populares. Necesita ahora volver a las fuentes, a las calles y al lenguaje que lo entronizó, sin corromper por ello la buena conducta macroeconómica.

El que mejor define la situación de Lula es el teólogo izquierdista Fray Beto, por más de dos años el hombre más próximo al Presidente, con un despacho contiguo al de éste y que dejó la cumbre decepcionado por el curso que tomaba la administración nominalmente obrera. “El Presidente llegó al gobierno, pero no necesariamente al poder”, dice. “Por otra parte, el poder no cambia a las personas, hace que manifiesten su verdadero rostro”, añade.

Desengañado pero no tanto, puesto que Fray Beto apoya la campaña reeleccionista, y dice que “esta segunda etapa puede llevar a una acción económica más consecuente con los principios del PT”. Pero la verdad es que Lula, más que perseguir la sobrevivencia del PT, lo que quiere es reivindicarse ante sus bases. Es un hombre que no quiere que una administración le cambie su perfil de hombre limpio, del pueblo, curtido por la lucha social.

Escarnecido por haber mantenido la línea trazada por Cardozo, conmovido por escándalos financieros que implicaban compra de votos, subvenciones al partido bajo cuerda, comprometiendo a su hijo, amigos y operadores políticos de la mayor confianza, Lula parecía condenado a una acusación constitucional que lo despojara del poder –cual ocurrió en décadas pasadas con Collor de Mello. Pero, por diversas circunstancias, entre ellas que el cargamontón del escándalo fue desproporcionado con los hechos mismos, Lula encabeza las preferencias para las presidenciales de octubre.

Epoca, el semanario que estudia la buena fortuna de Lula, da cifras elocuentes: 47% opina que Brasil va por el camino acertado, frente a un 32% de noviembre pasado; 35% admite que la administración de Lula es óptima o buena, cuando en noviembre sólo el 29% pensaba así; 73% de los entrevistados reconoce que Lula es “gente como la gente”, y 66% dice que “entiende el problema de los pobres”.

No estamos frente a un batacazo. Tiene cosas que exhibir. Prometió duplicar el salario mínimo, y por lo menos lo ha mejorado en un 25%. Dijo que crearía 10 millones de empleos (todo es grande en Brasil); llegará al final de su mandato con cuatro millones de nuevos empleos formales. La economía ha crecido en estos 4 años a un promedio del 3% (prometió 5% anual), ha ampliado la cobertura de salud para la familia hasta 85 millones de personas (habló de 120 millones), ha duplicado con creces las exportaciones: pasó de 60 mil millones de dólares en el 2004 a 118 mil millones en el 2005 y la previsión para este año es de 136 mil millones.

En educación fue más lento, pero ha sentado bases legislativas importantes.

Donde las críticas florecen es en el tema de la política exterior, uno de los aspectos más sugestivos de un rol de equilibrio que propugna desde siempre Itamaraty y al que se añade el de la integración regional y subregional. La relación con Estados Unidos es, como se sabe, delicada, difícil, aunque cordial, pero es obvio que el maximalismo de Bush no puede gustar de las aproximaciones de Lula con Cuba, Venezuela, Bolivia y, en general, la línea de divergencia en materia comercial. Brasil avanza igualmente en Africa y en el Oriente Medio, con una sincera autonomía y amplitud que no gustan a Estados Unidos y a los sectores internos que creen que lo que es bueno para Estados Unidos es bueno para Brasil.

Sectores recalcitrantes y nacionalistas que creen que Brasil está, como en el fútbol, para jugar en los elevados escenarios mundiales, se preguntan qué hace Brasil en Haití, Sudamérica, Angola, Benin o Argelia. Lula ha implicado un vuelco en materia de acercamiento a América del Sur. No es que no hiciera lo mismo Itamaraty desde antiguo, ni que en Cardozo no fuera central un planteamiento de este tipo, pero ahora el énfasis y los propósitos son más firmes y quizá por ello perdurables.

Franklin Martins, un destacado analista político de O Globo, noticias y TV, nos decía que en la toma de decisiones de política internacional “Brasil es muy lento y cuidadoso, como un elefante. Se demora, pero cuando se ha tomado la decisión ese rumbo ya no se cambia. Pasa a ser política de Estado”.

Llega justamente a Lima uno de los arquitectos de esta política, el canciller Celso Amorim, uno de los puntales de la actual administración. La apuesta por la integración es total pero realista. “Existe un espacio diplomático –ha escrito Amorim– que merece explotarse mejor en la interacción con otros grandes países y zonas en desarrollo. Durante varios siglos defendimos percepciones recabadas por observadores europeos y norteamericanos acerca de sociedades geográficamente distantes de las nuestras como las de Asia y Oriente Medio, e incluso con relación a otras más próximas en la vecina Africa. La intensificación del diálogo y del intercambio directo con esas zonas, más allá de la retórica agotada del tercermundismo, exige sobre todo voluntad política de parte a parte”.

Esta visita será ocasión para retomar las grandes líneas de asociación integradora: carreteras, medio ambiente, anillo o red energética, explotación maderera, actividad de comercio interzonal. (Raúl Vargas)

 


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