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Historia Ante la hija de Luis de la Puente, peritos forenses exhuman sepulcro del guerrillero.

El Duro Desentierro

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Luis De la Puente Uceda murió en 1965.

En 1965, se anunció que el líder del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), Luis de la Puente Uceda, había muerto en combate con el Ejército. Pero su cadáver nunca apareció hasta que CARETAS 1889 encontró, en el Cusco, la tumba del guerrillero. El lunes último, un equipo forense llegó al lugar acompañado del fiscal del Cusco, Germán Alatrista. El resultado fue alentador: se hallaron restos óseos que, según los peritos, serían del guerrillero. Testigos de la exhumación fueron María Eugenia de la Puente y Gonzalo Tupayachi, hijos de De la Puente y Rubén Tupayachi. CARETAS estuvo con ellos.

Desde que en setiembre pasado CARETAS 1889 develara el sepulcro escondido de Luis de la Puente Uceda, fundador del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), en el Cusco, ciertas versiones surgieron respecto a la verdadera ubicación de los restos.

Algunos decían que, al igual que Guillermo Lobatón, también del MIR, De la Puente Uceda había sido lanzado desde un helicóptero en pleno vuelo, el 23 de octubre de 1965. Otros sostenían que su cuerpo había sido dinamitado e, incluso, voces ligadas a las FF.AA. dijeron que se encontraba embalsamado en la Escuela Militar de Chorrillos.

El lunes último, a 40 años de su muerte y cuatro meses después del hallazgo de la tumba en la quebrada de Choquellohuanca, las dudas habrían sido despejadas: el equipo forense especializado del Instituto de Medicina Legal (IML) halló los huesos que, según opinión preliminar de los forenses, pertenecerían a De la Puente Uceda.

A las 8:30 de la mañana del lunes, tres peones comenzaron, pico en mano, a abrir la tumba. Tras haber cavado un hueco de metro y medio de ancho, 1.70 de largo y 40 centímetros de profundidad, Flavio Estrada, arqueólogo forense, escarbó la tierra con sumo cuidado.

Una hora después se hallaron cuatro ladrillos dispuestos uno seguido del otro. Luis Bromley, jefe del IML, se mostró optimista: “No es usual que haya ladrillos enterrados en pleno monte. Debajo de ellos podría estar el cuerpo”.

Media hora más tarde, un segundo hallazgo aumentó la expectativa. Estrada encontró la punta de una bota de cuero con suela de caucho clavada en la tierra de la fosa. Veinticinco minutos después la segunda bota apareció, pero esta vez completa y con parte de una tibia.

María Eugenia de la Puente y Gonzalo Tupayachi observaban silenciosos y serenos, pero conmovidos. Al momento de morir sus padres, ellos tenían 10 meses y tres años de nacidos, respectivamente. No guardan memoria del breve tiempo que sus progenitores estuvieron con ellos antes de alzarse en armas y entrar a la clandestinidad como guerrilleros.

La excavación continuó sin mayores sobresaltos, salvo el temor de un derrumbe. Al mediodía se logró descubrir que los cuatro ladrillos eran la tapa de una especie de ‘caja’ hecha con este material. Al interior se podía vislumbrar una bolsa de plástico celeste.

Inicialmente se temió que al interior de esa ‘caja’ podría encontrarse una bomba, situación nada extraña puesto que en las exhumaciones de Los Cabitos y Los Molinos, el equipo forense encontró explosivos entre los restos humanos. Pero descartada esta posibilidad, Estrada cortó el paquete. Un montículo de huesos amarillos y porosos asomó.

Esta especie de urna improvisada pudo haber sido hecha por los campesinos que encontraron los huesos de los guerrilleros a flor de tierra en 1978 (CARETAS 1889).

Conforme avanzaba la exhumación, el antropólogo Roberto Parra identificaba cada hueso. Al medir el fémur se pudo determinar que pertenecería a una persona de, al menos, 1.77 metros de estatura. “Eso medía mi padre”, dijo María Eugenia de la Puente.

Un fragmento grande de hueso del cráneo de la región occipital presentaba un orificio de salida de bala. Debió haber sido disparada a corta distancia apuntando. Según Bromley, heridas de ese tipo obedecen a un patrón característico de las ejecuciones extrajudiciales.

Cinco horas después, la tumba quedó vacía. María Eugenia de la Puente y Gonzalo Tupayachi guardaron silencio frente al hoyo en la tierra. Luego marcharon quebrada arriba al pie de un eucalipto, donde –según versión de testigos– el Ejército fusiló a los guerrilleros.

Esa misma noche, el equipo forense regresó al Cusco para realizar el análisis antropológico de los huesos. El jueves llegará a Lima una parte de hueso de la mano para extraerle el ADN y compararlo con las muestras tomadas a la familia De la Puente.

Se determinará, además, si murió en combate como señaló el Ejército o si fue ejecutado. De darse lo segundo, se iniciaría un proceso penal contra los militares que participaron en el operativo que terminó con la muerte de los guerrilleros en 1965. Cuarenta años después, un capítulo de la historia reciente está a punto de volver a escribirse. (Patricia Caycho)

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