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Edición 1869

14/Abr/2005
 
 
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Historia Claves de la vida diaria de un pensador que murió hace 75 años, a los 35 de edad, dejando un caudal de verdad y belleza.

El Mariátegui de Todos Los Días

6 imágenes disponibles FOTOS 

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Mariátegui y su esposa doña Anna Chiappe, con sus hijos Sandro, Sigfrido y José Carlos (en brazos de su padre).

Abril de 1923. En asamblea de estudiantes de la Universidad de San Marcos, los oradores rematan sus candentes frases con el lema de Manuel González Prada: “¡Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra!”. De pronto, desde el fondo de la sala se eleva una voz cristalina: “Hay que saber de qué viejos y de qué jóvenes se trata. Porque yo he visto desfilar a los jóvenes fascistas de Italia, y eran los espíritus más viejos de Europa. Y sé que el viejo socialista Jean Jaurès era el espíritu más joven de Francia”.

La frase acuñada por González Prada en torno a nuestra derrota en la Guerra del Pacífico y oportunamente precisada por él, entró desde entonces, a la sordina, en salmuera. El joven de la voz reflexiva en San Marcos tenía 28 años de edad y acababa de regresar de Europa. Era José Carlos Mariátegui, que iniciaba así un magisterio de palabra y obra que abarcó apenas siete años, hasta que la muerte lo interrumpió, el 16 de abril de 1930. Su palabra y su obra no murieron con él.

Antes de su partida hacia Europa, en 1919, en lo que llamó su “edad de piedra”, había publicado cientos de artículos en diversos cotidianos de Lima y hasta fundado dos diarios: La Noche, en 1917, a los 22 años de edad, y, dos años después, La Razón, en la que apoya el paro de las subsistencias y el inicio de la reforma universitaria. En junio de 1918, crea la revista Nuestra Época, que se orienta al socialismo.

En octubre de 1919, es enviado a Italia por el gobierno de Augusto B. Leguía, con el marbete de agente de propaganda del Perú como forma de deportación para un periodista que no vacilaba en ser incómodo para un régimen recién inaugurado y cuyo jefe, Leguía, había sido nombrado Maestro de la Juventud por los estudiantes sanmarquinos.

Apenas vuelto al Perú, Mariátegui aplicó la segunda parte de la consigna de González Prada. Se puso a la obra, primero a través de conferencias en la Universidad Popular “González Prada”, creada por Víctor Raúl Haya de la Torre. Después, tras la deportación de Haya, asumirá la dirección de la revista Claridad. El hombre no descansa: en setiembre de 1923 empieza a colaborar en la revista Variedades y al año siguiente en Mundial.

Al mismo tiempo despliega su actividad política, a la que se había comprometido desde Italia, donde fundó, con César Falcón, Carlos Roe y Palmiro Machiavello, la primera célula comunista peruana.

¿Cómo transcurría la vida diaria de este hombre que iba cumpliendo un programa preciso, que previó en cartas y documentos: fundar un partido marxista, un diario y una editorial proletaria, una central obrera, una organización campesina?

Testimonio de Basadre

En la edición en inglés de Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana realizada por la Universidad de Texas, Estados Unidos (traducción de Marjory Urquidi), se publicó un texto introductorio de Jorge Basadre. El historiador me reveló años después que había enviado a Texas su escrito en español y no poseía copia. Me autorizó a traducirlo para la obra de homenaje a Siete Ensayos titulada: 50 años en la historia (CARETAS 1827).

Basadre ofrece allí una sinopsis de la vida cotidiana del Amauta y una plástica semblanza del personaje:

“Debería haber un lugar en estas páginas para Mariátegui tal como aparecía en su casa del jirón Washington. Recibía a sus amigos al final de la tarde, porque reservaba celosamente para su propio trabajo o para entrevistas especiales las horas que otros gastan en oficinas. Sus visitas lo encontraban sentado en un sofá, en tanto que una manta cubría la parte inferior de su cuerpo. El los recibía tranquilamente con una sonrisa de sus labios delgados que no era convencional ni afectada.
Sus ojos negros, brillantes en su demacrado rostro café claro, llamaban la atención. Sus rasgos eran afilados y su grueso y negro cabello estaba siempre cuidadosamente peinado, aunque a veces un mechón bohemio caía sobre su frente. Vestía un sencillo e impecable traje e invariablemente lucía una corbata de lazo. Su conversación estaba libre de vanidad y autobiografía expansiva, de retórica y vagas banalidades. Por el contrario, era objetivo en sus juicios y siempre pronto a escuchar y formular preguntas, reacio a discutir e inmune a los lugares comunes.”

El escritor puneño Emilio Romero me dijo una vez que Mariátegui lo citaba una vez a la semana para conversar sobre la vida, costumbres y economía de las comunidades del altiplano. En cierta ocasión, el poeta Martín Adán acotó: “nunca le escuché hablar mal de nadie”.

Mariátegui tuvo, como se ve, amigos ilustres, que no compartieron necesariamente sus ideas políticas. Era antidogmático y antisectario, pero firme en sus convicciones. Su colaborador más cercano fue Hugo Pesce, leprólogo, estudioso de los idiomas de la selva, erudito capaz de recitar a Homero en griego, más tarde acogedor de Ernesto Guevara antes de que fuera el Che.

He rechazado alguna vez la frase: “detrás de cada gran hombre hay siempre una gran mujer”. Debe decirse: “al lado de cada gran hombre…” Mariátegui tuvo una gran compañera e inspiradora, la italiana Anna Chiappe, la señora Anita. Ella fue columna vertebral de un hogar que no se distinguía por los bienes materiales, y que en más de una ocasión recibió la embestida de la tragedia o la policía.

En el segundo tomo de la Correspondencia mariateguiana impresa por Editorial Amauta hay una carta dirigida por Mariátegui el 21 de enero de 1929 a Ricardo Vegas García, redactor del semanario Variedades. Se refiere a un pedido de aumento del pago por colaboraciones: “La empresa misma me ofreció este aumento desde que inicié mi colaboración. No he pedido nunca este aumento, porque esperaba que me fuese concedido sin instancia de mi parte. Me es penoso reclamar estas cosas. Pero cuento con una ocasión propicia y con la solidaridad de usted. Tengo un hijo más y mi pobreza es la misma de antes, si no mayor.”

Le aumentaron de treinta a cincuenta soles la colaboración semanal. La señora Anna hacía maravillas con ese dinero. Incluso le alcanzaba para la generosidad: José María Eguren venía todas las tardes, a eso de las cuatro, recuerda Javier Mariátegui, hijo del amauta. “Venía a pie desde Barranco, y mi madre le servía el almuerzo.”

En el taller cotidiano de Mariátegui convivían la revolución de la poesía y la poesía de la revolución.(César Lévano)

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