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31/Mar/2005
 
 
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Historia Diplomacia con rostro humano.

En las Barbas de Fidel

4 imágenes disponibles FOTOS 

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Al salir, Pinto sólo salvó su cámara.

El autor del artículo estaba a cargo de nuestra embajada en La Habana en los días que se produjo la sorpresiva avalancha de refugiados. El tomó las fotos de los primeros ingresantes, todos jóvenes, que eran seguramente agentes policiales sembrados. Después, esa misma noche, habló con el propio Fidel Castro, subiendo al auto del jerarca cuando éste rondaba por las inmediaciones. Esas fueron las primeras tratativas con nuestro gobierno y posiblemente evitaron una acción de fuerza. El próximo 11 de abril la periodista norteamericana Mirta Ojito, de origen cubano, presentará en EE.UU. un libro con el título sugestivo Finding Mañana, en el que analiza el éxodo cubano. Dedica un capítulo a Ernesto Pinto y al caso de la embajada peruana en La Habana en 1980.

No es frecuente –fue ésta una experiencia única– que un diplomático tenga que enviar un télex en busca de instrucciones urgentes con los dedos manchados de sangre humana, porque, paralelamente al deber de oficio, me vi obligado a curar las heridas de bala que los agentes de un Estado ocasionaron a ciudadanos de su propio país que buscaban refugio en una embajada extranjera.

Esta experiencia no sólo ilustra facetas desconocidas de una función pública en la que se debe estar preparado para todo, sino que demuestra que la diplomacia, además de estar al servicio de los gobiernos, debiera estar siempre a disposición de los intereses permanentes de los países y de la defensa de los derechos fundamentales del hombre: la libertad y la vida.

La revista CARETAS publicó como primicia mundial las fotos y acertados comentarios sobre la muchedumbre de cubanos que se apiñaban en los 2,000 metros cuadrados de la Sede Diplomática peruana, en el caso de los acontecimientos más notorios de hace 25 años que fueron reproducidos por la prensa como la invasión de nuestra sede diplomática en La Habana.

El 4 de abril de 1980, la Embajada del Perú en Cuba fue ocupada por más de diez mil cubanos, luego de que el Gobierno de La Habana retiró la guardia que impedía acercarse al perímetro de la Misión Diplomática a los ciudadanos de ese país que buscaban asilo. Estos miles se unieron a otros 36 que habían penetrado meses antes desafiando a la guardia gubernamental cubana, entonces muy presente, a bordo de autobuses o de otro medio en busca de protección de nuestra Embajada decididos a canjear su vida por la libertad.

El Perú, consecuente con su larga tradición a favor del derecho internacional y a las normas de la Constitución recientemente aprobada en 1979 sobre asilo, acogió a todos sin discriminación, calificándolos como ingresantes. Era una época caracterizada por la bipolaridad, los régimenes democráticos en la región recién se insinuaban y las autoridades se autoproclamaban justicieras y no siempre satisfacían la aspiraciones de los pueblos. Cuba había hecho notables progresos en salud y educación. Pero eran muchos los que querían irse de la isla.

La decidida actitud de la diplomacia peruana abrió el camino para que más de cien mil cubanos sumados a los ingresantes puedan encontrar nuevos destinos más allá de la isla. En definitiva, se facilitó al propio gobierno cubano una decisión a favor de una apertura de las aspiraciones de un grupo importante de sus ciudadanos.

Aún cuando hubo interpretaciones distintas sobre si correspondía o no el derecho de asilo, fue importante la determinación de diplomáticos peruanos de dejar en segundo plano esa discusión teórica, otorgando, ante todo, en la práctica protección a todos los ingresantes.

Era obvio que sólo así, teniendo a la persona bajo cautela, se podía tomar luego la decisión más adecuada y defender los derechos fundamentales del hombre como son la vida y la libertad. En ese sentido Torre Tagle fue precursor en el aspecto proteccionista a la persona al tomar decisiones adelantándose a la importancia que años después, tomaría el tema de los Derechos Humanos.

Las relaciones con Cuba tienen una historia muy larga, que se inicia con el compromiso de militares peruanos, encabezados por Grocio Prado, de dar su sangre en la lucha por la independencia de la isla.

Diplomáticos y académicos de gran prestigio, en el devenir de nuestras relaciones internacionales han aportado significativamente al desarrollo, dentro del derecho y las normas y compromisos internacionales, de las relaciones peruano-cubanas. Entre ellos están los Cancilleres José De la Puente Radbill, quien fue el que me envió a mi primera misión en Cuba en 1978 para normalizar las relaciones después de los incidentes de los barcos pesqueros, y Carlos García Bedoya, que definió mi segunda actuación en Cuba en 1980, para solucionar el problema de los primeros ingresantes.

Es una constante que el Perú ha tratado de armonizar distintas posiciones en el hemisferio, sin dejar de lado el conciliar los intereses de la nación cubana con los del gobierno de Fidel Castro.

Cabe resaltar que, a pesar de las alarmantes circunstancias y el hecho de ocupar un espacio físico cerca de cinco personas por metro cuadrado, se pudo controlar la violencia a tal punto que no murió ninguna persona dentro de la jurisdicción y responsabilidad de la Embajada peruana. Los cubanos no fueron menoscabados en su libertad, encontraron un nuevo destino y, asimismo, se logró preservar las relaciones entre los gobiernos del Perú y La Habana.

Fue un trabajo arduo en Cuba que compartieron jóvenes y comprometidos diplomáticos como Armando Lecaros, hoy Viceministro de Relaciones Exteriores, y otros que se sucedieron en esas difíciles tareas.

El embajador Carlos García Bedoya, poco antes de morir, me comentó, resaltando nuestra labor y felicitándome particularmente, que estaba seguro de que era la acción más contundente que el Perú emprendiera a favor de los Derechos Humanos, más allá de lo que suelen hacer los diplomáticos en declaraciones y convenciones. (Ernesto Pinto-Bazurco Ritter)

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