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Edición 1859

03/Feb/2005
 
 
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Nacional Igor Velázquez Rodríguez

Un Hombre de Supremos Valores

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Igor Velázquez Rodríguez 1933-2005

ES el caso de un diplomático peruano distinguido que a lo largo de su carrera cumplió misiones especiales, algunas tan delicadas que aun se mantienen secretas, y que a la vez hizo una cierta fortuna multiplicando a través de los años ahorros iniciales modestos, invirtiendo en una bolsa de valores que ahora es global. Es el caso de un apuesto soltero que, cuando, no hace mucho, los médicos le dijeron que estaba condenado a muerte, se dedicó a distribuir y regalar sus ganancias con metódico y deliberado orden, y con una impecable sonrisa. A su alma mater, la Cancillería, fueron 800,000 dólares para un fin de interés nacional trascendente y al distrito de San Isidro un monumento a la mujer peruana –uno de los pocos hermosos que hay en la ciudad. Pero hay niños en una parroquia al sur de Lima que no saben que sus nuevas aulas se deben a Igor porque él quiso que la mayor parte de sus muchas donaciones –complementos finales de una generosidad que lo acompañó con elegante discreción toda la vida–, quedaran en el anonimato.

A continuación escribe uno de sus compañeros de Torre Tagle.

EL jueves último partió definitivamente Igor Velázquez Rodríguez, diplomático de carrera que encarnó las mejores cualidades de su profesión, esto es la ecuanimidad, el análisis sereno y preciso, y la dignidad de representar al Perú. Pero además de tales virtudes Igor rendía culto a los supremos valores que supone la amistad.

En su caso se aplica el concepto bíblico que dice: “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Tal aforismo involucra valores como la comprensión, el afecto, la solidaridad y la tolerancia. Igor, además de la sencillez y discreción que lo caracterizaba, supo ser benefactor no sólo de la Academia Diplomática, a la que contribuyó sustantivamente para que pudiese contar con su local propio –que justicieramente lleva ahora su nombre–, sino que apoyaba económicamente a varios colegas y amigos que atravesaban por difíciles situaciones financieras.

Su memoria será recordada también por sus brillantes análisis que lo convirtieron en un diplomático zahorí, al decir de Carlos García Bedoya, quien siempre lo tuvo como un cercano colaborador y asesor. Recuerdo –personalmente– sus agudas percepciones de la realidad peruana y norteamericana cuando, gracias a su sagacidad y perspicacia negociadora, se evitó que se aplicase al Perú ciertas “enmiendas” estadounidenses por las expropiaciones de fines de los 60 e inicios de los 70. A estas cualidades añadió una fina prosa heredada de su padre, José Luis Velázquez, poeta y amigo de Vallejo, así como de su madre, doña Dolores Rodríguez, quien siempre convocó a la intelectualidad peruana.

Su amor por el servicio diplomático y su personalidad encajan perfectamente en el concepto anglosajón de lo que es un “gentleman”, esto es, el hombre valeroso que no daña, que no perjudica a nadie, que no odia. Y esa es la estela que nos deja este entrañable, inteligente y desinteresado amigo a quien recordaremos permanentemente.(Por el Embajador Oscar Maúrtua de Romaña)

 


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