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Edición 1857

20/Ene/2005
 
 
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Cultural Pluma en ristre contra una costumbre de la que ni el INC ni el Ministerio de Educación se abstienen.

Poetas ad Honorem

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Hace unas semanas me llamó una señorita para invitarme a un recital poético a realizarse en un conocido teatro de Lima, con la participación de muchos poetas nacionales y extranjeros, un gran evento, en fin, cubierto por la prensa y la TV, en el que yo no podía faltar. Le pregunté a la chica cuánto me iban a pagar por mi participación y casi se atraganta con su propia saliva “¿Pago? ¿Cuál pago? Pero si se trata de un evento cultural...” me dijo. “No tenemos presupuesto para pagos”, admitió desorientada. Yo le dije que si no había pago se olvidase de mi participación y casi se traga el teléfono. Me hizo recordar a aquella dama boliviana que organizó un gran evento poético en un hotel de Miraflores, hace unos años, con los mejores representantes de las generaciones del ’50, ’60 y ’70, quien reaccionó con la misma ofuscación cuando le pregunté por el pago, en plena inauguración del evento, pues hasta entonces no había dado cara: “¿Pago? ¡Pero se trata de un evento cultural, señor!”, me repuso, ofendida. Le hice notar que el público pagaba su entrada, como nos constaba desde hacía rato, y se enredó en torpes balbuceos explicando que eso era para cubrir los gastos devengados, el trabajo de organización, etc.“¿Y usted cree que la poesía no es trabajo, señora?”, le dije. Balbuceó algo como que en Bolivia no era así. “Pero estamos en el Perú , señora” le dije, “y la Constitucion de mi país prohíbe el trabajo no remunerado, de modo que no cuente usted conmigo para este evento ni para ningún otro”, y me largué del hotel Miraflores con mucho aspaviento. Mis colegas, cobardemente, no me acompañaron, quién sabe por qué consideraciones tácticas, y se tragaron el sapo de ser las estrellas de un espectáculo del cual no recibirían un centavo, mientras que la organizadora se llenaba los bolsillos con el trabajo ajeno.

Hace ya muchos años, cuando yo recién comenzaba a escribir poesía, y realizaba mis primeras apariciones en recitales públicos, el poeta Juan Gonzalo Rose, mi amigo y mentor, me dio el siguiente consejo: “Nunca leas gratuitamente, leas donde leas. Recuerda que la poesía es un trabajo, y cóbrales, aunque sea un sol, pero cóbrales”. Sano consejo que yo he seguido al pie de la letra durante toda mi vida, provocando soponcios entre los organizadores de este tipo de eventos, acostumbrados a no pagar a los poetas, que como todo el mundo sabe, somos seres espirituales que vivimos del aire y estamos lejos del torpe materialismo y el vil metal.

Lo mismo vale para los antologistas, de esos que publican libros de la laya: “Los cien mejores poemas eróticos” o el famoso “Hablemos de amor”, del inefable José Godard, por los que jamás pagaron un céntimo a los autores, y se indignaban cuando se lo recordábamos, porque según ellos sus ediciones piratas nos hacían conocer por el gran público, y deberíamos estarles eternamente agradecidos por difundir nuestros pobres poemas, que sin ellos de seguro seguirían en manos de una élite de pitucos reaccionarios.

Recientemente ha ocurrido un hecho que es el ya no ya de la hipocresía limeña, y es la ceremonia organizada por el INC para homenajear a los poetas de la generación del ’50, vivos y muertos, quienes recibieron solo una triste medallita del oficialismo en consideración a la formidable calidad de su poesía, que honra al Perú, en lugar de darles una pensión del Estado Peruano, que reparte alegremente nuestros dineros entre los congresistas, funcionarios, asesores y otros comechados, y a los auténticos creadores de cultura, que han metido toda su vida en ello, solo les reparte ridículas medallitas de latón, y diplomas en pergamino falso.

Y en fin, para coronar todo este monumento, esta mañana me llamó un funcionario del Ministerio de Educación, un tal Julio César Vega, para solicitarme un poema para un afiche de una campaña para la difusión de la lectura, que se pondría en todas las paradas de autobús. Le pregunté, naturalmente, cuál era el pago que tenían previsto, y el pobre tipo comenzó a balbucear que para eso no tenían presupuesto. “Pero sí lo tienen” repuse yo “para fotógrafos, artistas gráficos, imprenta, distribución, publicidad, etc. pero nada para los poetas, que somos los únicos que no cobramos, ¿no es verdad?” Y de plano me negué a enviarles el maldito poema, porque ya es el colmo que el propio Ministerio de Educación, que debería ser defensor de la cultura viva del Perú, participe también de esta infame marmaja. Quiero creer que mi amigo, el ministro Javier Sota Nadal, hombre de cultura y sensibilidad, no ha sido informado de estas tristes iniciativas. (Escribe: Rodolfo Hinostroza)

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