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Edición 1850

25/Nov/2004
 
 
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Personajes A una vecina, a un frutero o a la vida. Broncano recuerda sus mejores momentos y pronostica su desierto futuro.

El Ultimo Asalto

4 imágenes disponibles FOTOS 

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2004: Broncano hoy, tras dura pelea con sus demonios.

¿Cómo te imaginas dentro de veinte años?
Con suerte, teniendo lo que quiero tener: dinero, posición y mundo. Ahora no tengo nada.

Así respondía Mario Broncano a CARETAS en 1989. Quince años después sigue sin tener nada, ni dinero ni posición. Aunque sí calle. El Broncano de treinta y seis años ya no se permite soñar. Soñar le ha costado mucho, ahora solo vive la pseudorealidad que los paréntesis de lucidez le permiten.

Con cuatro ingresos a la cárcel, incontables cicatrices y sin un ojo, la última hazaña de Mario Broncano fue haber sido acusado de robarse una olla arrocera y una licuadora. Él, luego de estamparse contra la puerta de vidrio de la comisaría, aseguró que se trataba de una mujer de mala fe que quería ocasionarle, gratuitamente, problemas. CARETAS buscó al ex boxeador en la cuadra diez de la avenida Sáenz Peña –mi barrio como el mismo dice– en La Victoria. Broncano no estaba, había ido a visitar a sus hijos. ¿Todavía tiene contacto con sus hijos? Claro, semanalmente y sin faltar una vez, responde un hombre del que probablemente habría que correr en otras circunstancias.

A la mañana siguiente, a las siete en punto de la mañana, suena el teléfono. La voz ronca, algo acelerada, característica del boxeador, nos cita al mediodía en la Bombonera. A la hora pactada Mario se encontraba probablemente con su mejor atuendo esperando en la puerta. Hombre de pocas palabras responde con monosílabos a la petición de hacerle fotos en el ring. “Ya. Pero ahorita hay un campeonato. Hay que esperar”, dice sin levantar la mirada y entra corriendo como un niño al que se le dio el permiso para hacer travesuras. Y es que a pesar de ser ya un hombre, tener cuatro hijos y haber sido campeón sudamericano, Mario Broncano sigue siendo un niño. Mete chacota con sus amigos vacilando al réferi por su experiencia y ríe a carcajadas, sobre todo si alguna admiradora lo observa. ¿Te sigues sintiendo un niño? Se sonríe. Nunca dejé de serlo. En realidad no tuve niñez, a los once años estaba en la calle y a los doce ya tenía mujer. Creo que por eso siempre seré un niño.

Sin embargo, esa alegría infantil se esfuma a veces. Broncano se torna pensativo viendo a los jóvenes que pelean en el mismo ring donde él algún día lo hizo. Su mirada es gris.

“¿Qué tal unas cervecitas?” propone Mario al terminar con las fotos. Enrumbamos con el boxeador, ya no al Roy (famoso guarique de los boxeadores durante los ochenta) sino a una pollería en La Victoria, por mi barrio concluye. ¿Te sigues drogando? No, ya estoy plantao’, nos responde con la boca llena de pollo y la nariz llena de coca, que piensa no hemos notado. Admite que en algunas fiestas se mete unos tiros pa’ pasarla bien, pero que los tiempos en que fumaba pasta todo el día quedaron atrás. Con una vida entera dividida entre el box y las drogas, dice tener amigos buenos y malos, sin duda los malos son los de la droga y no todos los buenos son del box, refiriéndose a Oliveros quien dice haberle jugado mal. ¿Sólo él se portó mal? ¿La prensa? Mira con suspicacia por la pregunta. Es su trabajo. A veces deberían preguntar más quizás. En el futuro existe la vaga posibilidad de entrenar a unos chicos en Ica, pero en concreto, no hay nada. Nada. Entonces la mirada pueril se llena de desilusión, de apatía. Hasta la cuenca del ojo que no tiene se entristece. (Cristina Prieto)

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