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23/Set/2004
 
 
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Entrevistas Privado de comodidades a pesar de su éxito en los 80s, Eduardo Cesti habla de la vida después de Gamboa.

Sobreviviendo a Gamboa

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Cesti: “En un país como el nuestro, subdesarrollado y pobre, ser conocido y seguir viajando en un micro es duro”.

Posee la virtud de decir lo que quiere, la rara cualidad de ser frontal y tierno a la vez. Habla de Ibsen y Lucho Hernández con cuentas en el cuello, nada que no pueda barajar su pañoleta violeta revuelta por el viento, esos lentes estrella italiana de los 70s, y la caminada de actor clásico cuyos pasos retumban en un café cuyo anonimato y mundanidad él despercude con un saludo. Aquí, Eduardo Cesti.

–Hablemos del pasado.
–El pasado me gusta poco.

–¿Cómo ve “Gamboa”?, el hito mediático de su carrera. No sé si también lo considera un hito artístico.
–La TV sigue siendo para mí un género menor, aunque es un monstruo que está en la casa y nos puede alienar o hacer pasar grandes momentos. Para mí, “Gamboa” era una mezcla del policía o el sistema o el formato norteamericano, con un poquito de peruanidad. Se trabajaba con mucho cariño, amor y muy fuerte. Y fue un cambio en la TV hacia la calle, era como hacer cine para TV. Eso marcó, llamó la atención. Aunque yo ya había hecho teatro y tenía mis premiecitos, para cualquier actor es bonito abarcar más, que te conozcan más, aunque ganábamos poco.

–Les pagaban poco.
–Bastante poco. Pero trabajábamos con mucho cariño. Fue una época hermosa. Yo en estos momentos escucho que la gente anda muy contenta porque tienen 20 o 25 puntos. Nosotros llegamos a 80 puntos de rating. Un día bajó y llegamos a 50.

–¿Y qué pasó?
–A veces pienso en pequeño lo que deben sentir los grandes autores internacionales. En un país como el nuestro, subdesarrollado y pobre, ser conocido y seguir viajando en un micro es bien duro. También que te digan “Gamboa”, un nombre como clisé, en vez de decir: “ahí está el actor Eduardo Cesti”.

–¿“Gamboa” fue perjudicial, se le encasilló con el personaje?
–Te quita libertad, y después viene una lucha por querer cambiar esa imagen. Pero no hay muchas posibilidades.

–El mercado es muy chico.
–Demasiado. Y queda el teatro, pero el teatro ahí tuvo un bajón.

–¿Cuando hizo “Gamboa” estaba en la plenitud de su carrera?
–No, recién era un camino para hacer cosas mejores. Pero no se aprovechó, aunque abrió una franja.

–¿Le molesta que estén retransmitiendo “Gamboa”?
–No me molesta que repitan nada.

–Pero le deberían pagar por esa retransmisión.
–Creo que a todos nos toca un pedacito pequeño, porque se ha lucrado con el trabajo. Es un tema delicado. A mí me dijeron una vez que si yo hubiese hecho esto en otro país tendría casa, carro y plata en el banco. Pero yo no tengo nada. Y duele, porque son 30 años de Fonavi y no tengo un cuarto con baño, y no sé si mañana tendré plata para el alquiler.

–¿Cuándo decidió abocarse de lleno al teatro?
–La sociedad en la que yo crecí era muy represiva. Ahora hay mucho más tolerancia.

–¿Su padre no lo apoyó?
–Mi papá me dejó, se fue cuando yo tenía 7 años y mi mamá se quedó sola. Fue muy difícil para ella.

–¿Su madre sobrevivió al tiempo de Gamboa?
–Sí, ahí recién se alegró. La familia, los primos, te tratan mal o no son tus amigos hasta que te dicen: ‘ay, qué bonito, te vi en el periódico o en la TV’. A mí no me gusta nada de eso. Me gusta que me quieran o no me quieran.

–La fama tiene esa peculiaridad.
–Y cuando no eres famoso se van.

–Siempre le huyó al punto medio.
–No me quiero justificar, uno se hace el destino. Siempre me hago esa pregunta, si soy artista o no soy artista, porque yo soy intérprete. Si fuese artista estaría haciendo siempre cosas. Y yo necesito un libreto, un director.

–¿Siente que su carrera artística ha sido irregular?
–Una parte por culpa mía, y otra...

–¿Qué parte por culpa suya?
–He debido preocuparme más en prepararme y lanzarme con algo solo.

–¿Le faltó iniciativa?
–Y dinero. Aunque he dirigido muchas cosas pequeñas, tipo off-off-Broadway. Dustin Hoffman lo hace.

–¿Cine, TV o teatro?
–Mi vida es una película y no sé cuándo va a acabar.

–¿Cada cierto tiempo tiene que empezar de nuevo?
–Todos los días tengo que empezar de nuevo. Y ahora me da un poco de miedo.

–¿Le frustra?
–Sí, estoy con tristeza en este momento. A mí me falta hacer muchos ejercicios de voz, no se trata de subirse al escenario porque sí. Los mayores, todos tenemos vicios y trabas.

–¿Reconoce los suyos propios?
–Sí, tengo un problema de dicción, debo dejar el cigarrillo, y necesito más expresión corporal. Yo vengo de un teatro más tradicional. Ahora la gente utiliza más su cuerpo, que me parece muy bien, pero también se ha perdido la palabra. ¡Cuidado!, la palabra es muy importante. Una vez le pregunté a Ribeyro por qué no escribía más teatro, y me contestó: “Porque se ha perdido la palabra”. Y tenía un poco de razón.

–¿Si hubiera nacido en otro país le hubiera ido mejor?
–Estoy seguro. No sé si es soberbia, pero sí.

–¿El actor peruano debe hacer muchas concesiones para sobrevivir?
–Hacer concesiones es hacer “Poné a Francella”. No quiero decir más. Y esas son las cosas que no nos entienden. Acá no eres bueno si no tienes plata en el bolsillo.

–¿Cree que en algún momento debió irse del país?
–Sí, pero cuando quise irme con el éxito de “Gamboa” vino la separación. Y eso me golpeó. En realidad, me golpeó que se lleven a mis hijos. Eso me quitó energía para salir, comenzar a hacer teatro fuera, y ganar dinero. Porque yo no supe nunca ganar dinero.

–¿Salió de esa depresión?
–Estoy saliendo, me cuesta salir. Mis hijos se fueron de 7 u 8 años, la etapa en la que querías volar la cometa y jugar con las nubes. Es la etapa en la que quieres dar lo que no tuviste, y no puedes darlo. Eso te quiebra.

–¿Cómo ve el futuro?
–Tengo miedo. Yo vivo solo. No tengo seguro, no tengo a nadie cerca. No estoy en Europa, ni en Brasil, donde los actores de edad tienen trabajo. Yo no me echo nada en la cara. A veces pienso que hay que hacerse alguna cosita para que te llamen, pero eso me parece tonto.

–¿Y el cariño de la gente en la calle?
–Sí, pero es por la TV. y no por el teatro. Antes era por el teatro y me alegraba más.

–¿Cómo es un día en su vida?
–Horroroso. Ver cómo me sale el desayuno más barato en el mercado.

Si Edgar Gamboa existiera, ¿se hubiera corrompido?
–Gamboa no, Gamboa se quedaba pobre. Con un solo terno y sin ni un Volkswagen. (Entrevista Jerónimo Pimentel)

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