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Mirando a contraluz un artículo anónimo (1966).

Visita a un Caballo Viejo

Retrato de Postín

Retrato de Postín, desde hace muchos años en el retiro, junto al administrador del Haras Chillón.

En el verano de 1966 alguien que no firma publicó un artículo sobre Postín, el famoso caballo de carreras de los años cuarenta. Es una salida al campo, una mañana de semana “en las praderas del Haras Chillón, entre eucaliptos, ficus y fresnos”. Lo escribe un aficionado, más que eso, casi un profesional del Hipódromo de San Felipe, alguien que conocía todos los recovecos del desaparecido hipódromo, en donde obtenía probablemente parte de sus ingresos, y no solo de las apuestas. Utiliza todos los giros y palabras del periodismo hípico, en su versión radiofónica, señal de que, al menos durante una época de su vida, practicó el oficio. Pero atrás de todas las muletillas profesionales se adivina un propósito más personal, la razón verdadera de esa salida al campo, hacer una última visita al viejo caballo Postín.

Es decir, el anónimo hípico tiene todos los atributos del apostador, quizás ya redimido o atenuado, pero no puede ocultar que tiene buen corazón, que es un sentimental y quiere despedirse personalmente de ese caballo que lo hizo feliz tantas tardes de domingo. Se nota que le gustan los caballos desinteresadamente, como seres de la naturaleza, camino a su encuentro con el patriarca ve corriendo en la pradera a Beatriz, “la hijita más linda y la más tierna de Postín”.

Su conocimiento de la historia de Postín lo regresa a su propia juventud, e indica que el tema era uno de los favoritos en sus conversaciones de veinte años atrás. Quizás hasta ingresó a los boxes para contemplar como un amuleto al animal que ahora es una reliquia. Conoce detalles de la psicología del caballo y los cuenta como si fueran la mejor parte de la hípica, aparte de pasar por boletería para cobrar, desde luego:

“Ya desde muy temprano por la mañana, cuando le tocaba correr, el cambio en la alimentación lo transformaba para sus tardes dominicales y gloriosas. Sabía, presentía que saldría a la cancha. Adivinaba a la multitud en las tribunas. Su docilidad habitual se convertía en tensa expectativa. Erectas las orejas, resoplaba en esas horas previas a la lid, hinchados, vibrantes los ollares de la nariz. Casi no necesitaba de jinete: como un matemático de cuatro patas, era exacta su visión de la meta. Para Postín correr era casi un acto de conciencia”.

El derruido Hipódromo de San Felipe una tarde de los años cincuenta.

El derruido Hipódromo de San Felipe una tarde de los años cincuenta.

Al fin en la sombra acogedora de la cuadra, el administrador le abre la puerta de Postín. Por un instante se miran a los ojos, está viejo, tiene 26 años, en términos equinos es un anciano venerable. El lomo se ha arqueado, el color alazán dorado se ha convertido en oro viejo, casi oxidado, hasta el lucero, una mancha blanca que tenía en la frente, se ha difuminado por el pelo ralo.

Un tango, el anónimo hípico tiene todos los argumentos para entonar un tango, pero en su lugar, prefiere regresar a los buenos tiempos, a las tardes de domingo en el viejo San Felipe, a “las tribunas delirantes”, al grito de “¡Postín, Postín!” que él mismo repetía fervoroso cuando el pelotón salía de la curva y enfilaba hacia la recta final. (Escribe: Luis Jochamowitz)

CARETAS Ilustración Peruana, edición 328, marzo de 1966.

 


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