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Internacional Escribe: Gisela Luján Andrade | El pueblo colombiano que es emblema de la paz.

GRANADA

Granada

En diciembre del 2000, las Farc detonó un coche bomba con 400 kilos de explosivos en Granada.

Más de ocho millones de víctimas según las cifras oficiales del Registro Único de Víctimas de Colombia. Más de cinco décadas de masacres y asesinatos selectivos, de torturas, desapariciones y secuestros. De desplazamiento forzoso, terror, de extrema violencia. Generaciones que aprendieron a sobrevivir entre tiroteos y bombas, en medio de una pugna emprendida por actores armados que se fueron reciclando a lo largo del tiempo. Sobrevivir primero, pero también resistir, para hacer frente así al horror cotidiano de la guerra.

Múltiples son los ejemplos en Colombia de lo que significa este gran reto de vivir con heridas en el cuerpo y en el alma. Granada es uno de ellos. Este municipio del oriente antioqueño (a 1 km de Medellín) lleva en su historia años de enfrentamientos entre la guerrilla, los paramilitares, la policía, el ejército. Asesinatos incesantes y más de 600 desaparecidos es el saldo de veinte años de conflicto, el cual comienza a mediados de los 80 con la incursión armada del ELN. Siete años después vendrían las Farc y, ya en los 90, los paramilitares.

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Pero como si el horror de la guerra no fuera suficiente, lo más cruento vendría después. El punto de arranque que daría inicio a los cuatro años más oscuros de Granada se produjo el 3 de noviembre de 2000. Aquel día ingresaron al municipio un grupo de paramilitares que ejecutaron en plena plaza a 19 civiles, todos dirigentes de la comunidad.

“Fueron diecinueve, seres humanos acostados en su propia sangre”, dice un poema de Jaime Montoya, uno de los sobrevivientes de la violencia en Granada. Entre esos 19 se encontraba Mario, el marido de Amanda Suárez, una de las dos señoras encargadas de recibir a los visitantes del Salón del Nunca Más, la casa de la memoria de Granada, a la cual acuden víctimas y familiares para rendir homenaje a aquellos seres queridos que no sobrevivieron a la violencia armada.

“Este pueblo se llenó de valentía porque si no hubiese sido por eso, nos hubiéramos ido todos”, recuerda Amanda, mientras me muestra una de las fotografías expuestas en este Salón inaugurado en 2009 y preservado por las propias víctimas. Dicha foto registra otro de los momentos más dramáticos que afrontó este pueblo. El 7 de diciembre de 2000, un mes después de la masacre de los 19, quinientos miembros de las Farc ingresaron a Granada a eso de las seis de la mañana, tras abrir un fuego cruzado que no pudo ser contenido por los escasos 45 policías que la resguardaban. A las 11:30 de la mañana, la guerrilla hizo detonar en pleno centro de la ciudad un coche bomba con más de 400 kilos de dinamita. Luego vendrían más tiroteos y explosiones. Dieciocho horas de horror y destrucción que dejaron 22 muertos y 25 heridos, 130 casas y 82 edificios destruidos así como 300 viviendas seriamente dañadas. Con esta toma se inician cuatro años plagados de gran violencia, la cual expulsaría al 70 por ciento de la población urbana y al 90 por ciento de la rural, dejando a Granada con solo tres mil habitantes para fines de 2004 (en los noventa, eran 19 mil).

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Los granadinos sin embargo no centran su narrativa en los momentos de dolor; la resistencia y la resiliencia ocupan también un lugar importante en su memoria. Un ejemplo de ello fue la llamada Marcha del Ladrillo de 2001, una emotiva movilización que se produjo a solo once meses de la toma guerrillera. A dicha marcha acudió el pueblo entero, llevando consigo un bloque de ladrillo pagado de su propio bolsillo. Liderados por las autoridades locales, su mensaje fue claro: pese al miedo que aún acechaba, Granada permanecía unida y dispuesta a participar activamente en su reconstrucción, ellos estaban ahí para colocar el primer ladrillo, el resto ya debía ser competencia del Estado. Y dicho y hecho, tres años después, Granada volvía a emerger de las cenizas.

Hoy Colombia abre una nueva página. El acuerdo firmado entre el Estado y las Farc otorga una oportunidad real de paz, y aunque el enorme reto que esto implica ha dado paso tanto al entusiasmo como a la inquietud, sería injusto no reconocer el gran giro histórico que hoy enfrenta. Eso sí, para que la paz prospere –de ganar el Sí en el plebiscito del 2 de octubre– será necesario que la fuerza social y comunitaria surgida pese a la guerra, como es la que permitió que Granada y otros tantos pueblos de Colombia resistieran, sea reconocida e incluida activamente. La paz debe ser apropiada por el pueblo colombiano, voluntad y capacidad hay, los granadinos y el resto de sus compatriotas ya lo han demostrado.

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