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Paseo en bicicleta con Eneas Marrull (2016)

Fuera de Este Mundo

Eneas Marrull

Eneas Marrull Miranda, un minuto antes del pistoletazo de salida.

Muchos lectores creían que su nombre era un seudónimo, incluso los que lo conocían y sabían que era real, no podían dejar de considerar una sensación de irrealidad cuando se mencionaba el nombre de Eneas Marrull. No solo era por su nombre, o por su apariencia, que hacía que en la época en que estaban de moda los ovnis y las viejas series de TV americanas, la palabra “marciano” nunca se alejara demasiado de él. En otro tiempo le habrían dicho “duende”.

Su progenie se remontaba a los tiempos en que los concursos nacionales de periodismo escolar se tomaban en serio, cuando los diarios de Lima destinaban un espacio en sus páginas para que los escolares de toda la República envíen sus pequeños mamotretos. De allí a un escritorio cojo pero con máquina de escribir, en el fondo de una sala de redacción, había menos de un paso.

Durante un tiempo trabajó en “La Prensa” de Pedro Beltrán. Desde su recóndita posición pudo observar el panorama que lo rodeaba. Los articulistas más prestigiosos, casi todos abogados, muchos camino a la política activa, es decir, a las próximas elecciones; los carniceros de locales, capaces de despachar, ellos solos, páginas enteras del diario; los especialistas monotemáticos (espectáculos, hípica, radio, TV); las aves raras o siniestras (policiales, ciertas variedades de política y sociales); la tropa (deportes, actualidad municipal). Es probable que en todas esas secciones haya recalado, para usar una palabra que Fernando Ampuero introdujo, martilló e impuso en todas las notas de 300 palabras o menos. Recaló pero no se detuvo, siguió su camino hacia una sección imposible, que abarcaba todas y ninguna.

La política y los grandes asuntos le resultaban demasiado ajenos para tomarlos en serio. Con el tiempo desarrolló una especie de desprecio natural por los prestigios, algo que lo apartaba del rebaño y de sus cargos. La diatriba se convirtió en su género oral predilecto, hasta convertirse en un gran diatribista que desarrollaba con magnífico humor, paso a paso, las pequeñas miserias del prójimo hasta convertirlas en un espectáculo grandioso.

En todos lados estaba fuera de lugar. En “La Prensa” pudo observar las estratagemas de sus colegas de escalafón para parecer más anticomunistas que todos los demás, y así poder ganarse la atención, o la buena voluntad de “Don Pedro”, que subía a la redacción y era capaz de visitar hasta el último escritorio, que era el suyo. Años después, cuando trabajaba en el suplemento dominical de “La Crónica” de Velasco o Morales Bermúdez, debió de sentir el mismo asombro, en sentido contrario, cuando sus colegas del diario titulaban “Gol de media cancha” cada vez que el gobierno se hundía un poco más. Cuando trabajaba en CARETAS, alguien le dijo que, puesto que escribía en la revista, era belaundista. Él no era belaundista, nunca fue nada, así que buscó a Enrique Zileri para pedirle que borre su nombre del directorio. A Zileri el pedido debió de parecerle hiriente, pero en lugar de despedirlo –ingenuidades de Marrull, o de Zileri, o de la época– lo citó con un ejemplar en la mano, para explicarle, página por página, por qué CARETAS no era oficialista.

Como la mayoría de los periodistas de su tiempo, aprendió el oficio en la práctica, pero a diferencia de la mayoría, continuó su formación con los libros usados que compraba en el centro de Lima. Viejas ediciones españolas o argentinas de Dostoievski, Tolstoi, Balzac o Hemingway, más rusos y franceses que ingleses y norteamericanos, aunque en los años 60 o 70, cuando se puso de moda Norman Mailer, llegó a creer sinceramente que se trataba de un gran novelista. No tanto por lo que se podía leer en cada página, sino por la impresión general que dejaba, la de alguien duro, casi un salvaje que sabía escribir. El último libro que compró fue una edición de tapa dura de “Los perros hambrientos” de Ciro Alegría. Se había acordado de un almuerzo con Ciro Alegría en casa de Doris Gibson, solo ellos tres, un día de semana, una tarde escuchando a Ciro Alegría que casi hablaba con la misma corrección con la que escribía. Le maravillaba su pulcritud de caballero provinciano, todo lo contrario de las bravuconadas de Norman Mailer.

Y su obra, ¿cuál fue? Llega la hora terrible de elegir, si es que hay una, la página, entre miles de páginas apuradas, que justifique la carrera de un periodista. Para comenzar, están sumergidas en las insondables hemerotecas, doblemente ocultas en su aparente insignificancia y en su caducidad de número pasado, que guarda intacto todo el aburrimiento del mundo que ya fue. Una buena manera de evitar la posteridad, o al menos el recuerdo, es publicar todo lo que se pueda en diarios y revistas. Publicó una novela, “El diablo en mi cama”, dedicada al único asunto que realmente le fascinaba, las mujeres, o para parecer más elevados, la mujer. Su novela fue recibida con indiferencia y pasó a ocupar su lugar junto a sus centenares o miles de hermanas, las novelas del Perú, que aguardan la palabra justiciera que coloque –oh inocencia suprema– las cosas en su sitio. Así pues, mientras llega ese día imposible, lo mejor será decir que su obra era él, su irrealidad indefinible, su lugar fuera de este mundo. (Escribe: Luis Jochamowitz)

 


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