martes 17 de octubre de 2017
Usuarios
e-mail:
Contraseña:
¿Olvidó su contraseña?
InstruccionesHáganos su Página de InicioAgréguenos a sus Favoritos
 
 
 
Edición 2447

27/Jul/2016
 
 
Secciones
Acceso libre Nos Escriben ...VER
Sólo para usuarios suscritos Mar de Fondo
Acceso libre ReligiónVER
Acceso libre InternacionalVER
Acceso libre PolíticaVER
Acceso libre MediosVER
Acceso libre EntrevistasVER
Acceso libre NacionalVER
Acceso libre CulturaVER
Acceso libre TauromaquiaVER
Sólo para usuarios suscritos Caretas TV
Sólo para usuarios suscritos Quino
Acceso libre Desde el CampusVER
Columnistas
Acceso libre Gustavo GorritiVER
Sólo para usuarios suscritos China Tudela
Ediciones
anteriores


Última Edición: 2460
Otras Ediciones Anteriores
 
 

Inicio > Revista

Escribe Luis Jochamowitz | Apuntes sobre paleogastronomía (1966).

Antes del Diluvio

Salón principal

El salón principal, todo dispuesto para su única función, comer.

Del todo imposible –ella murió en los años 60– sería muy interesante someter a Rosita Ríos a uno de esos exámenes que hacen los especialistas del mercado, con preguntas como ¿cuál es su plan de negocios? o ¿cuál es su “visión y misión”?

Ella tendría algo que responder como dueña del restaurante de comida criolla más grande y conocido, casi una manzana de material noble en La Florida del Rímac. Para decirlo de una vez, ella era lo más parecido a Gastón Acurio que había en Lima en los años 50 y 60. A falta de sus respuestas precisas, se pueden ver las fotografías, juntar los datos sueltos, estudiar el menú, las modalidades de atención, hacerse una idea de la marca Rosita Ríos.

En cuanto al decorado, se podría decir que ninguno. Varios espacios grandes que requieren columnas interiores, ventanas altas, luz fluorescente, techo de calamina, probablemente con asbesto, piso de loseta, mesas y silletas de palo. Perdidos en la inmensidad de los muros solo cuelgan tres adornos o emblemas de la casa: el inevitable supersticioso cuadro del Corazón de Jesús, una fotografía de Nicolás de Piérola que en 1895 halagó sus dulces, y un retrato a carbón de Guillermo Osorio. Esa aparente sencillez en el que nada distrae al comensal, esconde, sin embargo, una intensa ambientación, casi la de un comedero, un lugar en donde la gente se afloja la correa. La franja de losetas blancas que circunda la enorme habitación, refuerza ese aire de gula colectiva.

Rosita Ríos

Rosita Ríos, ya octogenaria, más de 60 años en la cocina.

El menú es criollo al viejo estilo, piqueo, tres platos y postre es lo que se espera de cada comensal por un precio fijo. Se dice que Rosita Ríos inventó, o en todo caso, promulgó el “piqueo”, aunque ya en 1966 se discute su pertinencia y aparece la temible palabra “grosería”. La abundancia es la norma, a nadie se le ocurriría servir porciones pequeñas en grandes platos cuadrados, ni mucho menos desgranar un choclo –el estuche perfecto– para perseguir grano por grano con la punta del tenedor.

En cuanto a la cocina, se dice que es a “leña de palo”, pero cada vez se cree menos en eso y en las ollas de barro. La hornilla a petróleo es la única que puede sostener el paso industrial de la populosa cocina, que también despacha “encargos” a domicilio. La mitad de las ventas son para la calle.
El corazón de la marca es, por supuesto, ella misma, Rosita Ríos, una octogenaria avanzada, sostenida como una reliquia por el inmenso aparato en el que mora. Comenzó con su esposo, difunto desde 1939, vendiendo comida bajo un toldo de color ceniciento que se podía armar en la Pampa de Amancaes o en una esquina de la ciudad. En 1940 abrió el primer Rosita Ríos en la calle Malambo, y en 1950 se mudó al gran local del Rímac, el “Jardín Rosita Ríos”. Su ascenso y expansión final está muy asociado a los ocho años del odriísmo, no por razones políticas (Rosita era partidaria de todos los gobiernos, o mejor dicho, de todos los Presidentes), sino por tres razones diferentes: la inclusión de la comida criolla en los banquetes que organizaba el General en Palacio, los créditos hipotecarios que le permitieron comprar la esquina de La Florida, y los miles de soles que los empleados públicos del ochenio gastaron con ella en sus “agasajos”.

Toda su vida es una historia de crecimiento y concentración. Su idea del negocio era un fogón central que abastece a un restaurante cada vez más grande. Si un experto en marketing le hubiera recomendado que venda su franquicia para que se abran otros Rosita Ríos en cada barrio, probablemente se habría levantado de la mesa ofendida. Además, ¿cómo transmitir los secretos de su trato siempre delicado con los menudencieros, los intrincados círculos de camaleros y mayoristas, de cuya buena voluntad depende un negocio que se hace básicamente con vísceras?

CARETAS, Ilustración Peruana, edición 334, agosto de 1966.

 


anterior

enviar

imprimir

siguiente

Artículos relacionados:
Visita a un Caballo Viejo (Caretas 2458)
La Noche en Lima, Según More (Caretas 2457)
Orates y Políticos (Caretas 2456)
El Fenómeno Sumac (Caretas 2455)
Un Alma Sensible (Caretas 2454)
Bajo La Carpa (Caretas 2452)
El Nacimiento de un Partido (Caretas 2451)
Historias Checoslovacas (Caretas 2450)
Fuera de Este Mundo (Caretas 2449)
El Americano Inquieto (Caretas 2448)
Los Elefantes de Haya (Caretas 2446)
Instantáneas del Perú (Caretas 2445)
Ají y Melancolía (Caretas 2443)
Una Experiencia Radical (Caretas 2442)
Por un Puñado de Votos (Caretas 2441)
‘Una Pequeñísima Puerta’ (Caretas 2440)
Un Fantasma Político (Caretas 2439)
Bichos Verdaderos (Caretas 2437)
Introducción a Guido Monteverde (Caretas 2436)
El Último Día de Prado (Caretas 2435)
Chumbeque (Caretas 2434)
Decadencia de Una Costumbre (Caretas 2433)
Rosellini en la Abancay (Caretas 2432)
La Inmortalidad del Odriísmo (Caretas 2430)
El Día que Estalló la Izquierda (Caretas 2429)
Bodas Militares (Caretas 2428)
Velasco (Caretas 2427)
El Tira (Caretas 2426)
La Visita Inolvidable (Caretas 2425)
¿Qué Piensan los Obreros? (Caretas 2424)
¿Quién Fue Baldomero Pestana? (Caretas 2423)
Borges en el Perú (Caretas 2422)
Tantas Veces Tatán (Caretas 2421)
Las Debutantes y los Guerrilleros (Caretas 2420)
Cinco Minutos con Fellini (Caretas 2419)
Cayo Bermúdez, Agricultor (Caretas 2418)
‘Último Viaje’ (Caretas 2416)
Lucha de Palabras (Caretas 2415)
Medallas y Gases Lacrimógenos (Caretas 2414)
Búsqueda | Mensaje | Revista