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Esplendor y agonía de una manera de ser en el Perú (1960).

Una Experiencia Radical

Rosa Mercedes Ayarza

La noche inaugural, Rosa Mercedes Ayarza de Morales, y César Reboredo cortan la cinta y dan inicio a “la fiesta del siglo”.

Todo comenzó con las 'Tradiciones Peruanas' de Ricardo Palma. El paso del tiempo y un millar de imitadores sobrepoblaron ese libro que creció como un brazo monstruoso, mientras el resto del cuerpo literario permanecía esmirriado o secreto. Poco a poco, el estilo “tradicionista” se convirtió no solo en dominante y oficial, sino en representativo del Perú, es decir, de Lima. Los arquitectos diseñaron fachadas neocoloniales, muy del gusto del nuevo vecino de San Isidro o Miraflores; los pintores representaron escenas virreinales con calesas y nubes de incienso; los articulistas se entregaron a toda clase de evocaciones y nostalgias; los compositores de valses y polcas le pusieron música.

El fenómeno arreció en la primera mitad del siglo XX, y por momentos llegó a ser extenuante. “Lima la horrible” de Sebastián Salazar Bondi, era también una expresión de hartazgo ante esa lepra cultural que no cesaba. Su hegemonía solo comenzó a ceder en la década del 70, ante la nueva retórica del gobierno militar. Pero la impronta tradicionista era tan poderosa y resistente, que se disfrazó de nacionalista, se desembarazó de sus aspectos hispanistas más idiotas, e intercambió lo colonial por lo republicano, en un sentido pintoresco y demagógico. Tuvo que implantarse masivamente la TV –la gran enterradora– para que el tradicionismo no muera del todo, pero al menos se pierda en la atestada galería de falsas representaciones.

Con alzas y bajas, ese largo ciclo cultural tuvo momentos culminantes: el día en que el arquitecto Malachowski dibujó los balcones de la Plaza de Armas, el día en que Chabuca Granda compuso 'La flor de la canela', el día en que a José Gálvez se le ocurrió la frase “una Lima que se va”. El día en que el doctor César Revoredo y su esposa Juanita Passara, se mudaron a la Casa de la Tradición en la Avenida Salaverry 3052.

Bondy

Sebastián Salazar Bondy, en caricatura de Osorio, harto del costumbrismo.

Se dirá que no es igual, que hay una confusión de planos, pero si se observa con atención se apreciará que la aventura existencial que el matrimonio Revoredo-Passara inició en el verano de 1960, constituye una de las expresiones más radicales del mundo que los lectores inventaron después de Ricardo Palma. Construirse un caserón con una réplica a escala habitable de la Plaza de Armas de Lima en 1860, con la Catedral, la casa de Pizarro, el Palacio Arzobispal, la botica, la librería, los calabozos, piletas, bancas, faroles, colocar calesas y tener caballos verdaderos en el patio, rodearse en todo momento, inclusive en la soledad de las habitaciones, con columnas moriscas y azulejos sevillanos, en una palabra, vivir ininterrumpidamente en una atmósfera palmista.

El proyecto, sin embargo, iba más allá del grato transcurrir conyugal en ambientes “antañones”, como diría Revoredo. La Casa de la Tradición se había diseñado como un dispositivo espacial donde se celebrarían toda clase de homenajes y rememoraciones, un órgano que expresaría la intensa sociabilidad tradicionista de la pareja, en cuyo hogar había un paraninfo para más de un centenar de personas. Habitar en un lugar semejante sería como vivir en una especie de museo o teatro dedicado a uno mismo y sus manías, con horarios de atención, grupos de turistas, escolares, y un libro de oro que siete años después de la noche inaugural, registraba 30 mil firmas de visitantes y 10 mil comentarios o pensamientos.

Es cierto que los Revoredo-Passara estaban expuestos a un peligro que muy pocos enfrentan: eran considerablemente ricos y eso les permitía materializar sus deseos, al menos en una aparatosa construcción y en una forma de vida. Como suele suceder con las parejas que se embarcan en aventuras extremas, uno se pregunta cuál de los dos era la fuerza impulsora. Al principio las sospechas recaen en Juanita Passara, Comendadora de la Orden del Quetzal de Guatemala, pero una serie de indicios apuntan luego hacia César Revoredo como el alma de ese proyecto de vida. Algunos antecedentes: en 1918 fue uno de los “gestores” de la Fiesta de la Primavera en Lima; cuando era estudiante de derecho, visitó en delegación al viejo Palma que todavía vivía en su rancho de Miraflores, donde le regalaron un álbum de recuerdos. Incluso después de la inauguración de la casa, el furor constructivo no amainó, nuevas galerías subterráneas fueron abiertas para hacer sitio a una sala hispanoamericana con las 21 banderas de las naciones hermanas, y lo que se llamó la oploteca, donde Revoredo exhibía su colección de espadas quiñadas, puñales y cachiporras coloniales.

El protagonismo indiscutible de César Revoredo se confirma ampliamente al revisar sus 'Anales'*, que dan cuenta detallada de la existencia de la casa y de su dueño. En 347 páginas y profusa fotografía, vemos a Revoredo presidir un sinfín de “actos”, “agasajos”, “homenajes”, develaciones de bustos, óleos y murales de “mayólica artística”. Lo acompaña invariablemente alguna institución, sea el Cuerpo de Bomberos, la plana docente del colegio Elvira García y García, el Rotary Club de Chosica, o simplemente “la intelectualidad nacional”. Al final, queda la sensación de que para el autor, la felicidad, la plenitud, o al menos su búsqueda incesante, ocurría en esos momentos, con una copa de pisco sour o de algarrobina en la mano, siempre bajo la figura “señera” de Ricardo Palma.

Era inevitable que las combinaciones únicas de espíritu y materia que se creaban entre Revoredo y su casa, fueran finalmente borradas de la faz de la tierra. Sabía que sus discursos serían olvidados tan pronto se pronunciaban, por eso los enviaba a la imprenta. Sabía que sus veladas eran tan fugaces como las fuentes de butifarras, o los arreglos florales y los centros de mesa hechos con materias perecibles. Confiaba, sin embargo, en que la casa resistiría el paso del tiempo, y para eso creó una Fundación que aspiraba, si no a la eternidad, al menos a la perpetuidad.

Catedral

Un hogar con catedral y paraninfo, una forma de vida un tanto aparatosa.

Inútil todo, cuando Revoredo y su esposa Juanita desaparecieron, la casa quedó como un objeto incompleto y absurdo, que iba agravando su fealdad conforme pasaba más tiempo. Si hubiera durado cien años, habría renacido como una joya arquitectónica de los gustos y la ideología del siglo XX. Mientras tanto era solo un lugar inservible pero codiciado por herederos y regidores municipales. Durante una época se buscó darle una segunda vida alquilándola para recepciones, o eventualmente como escenario de alguna publicidad de Inca Kola. Una existencia residual que no auguraba nada bueno. Finalmente, se alinearon las constelaciones de herederos, ediles y constructores, y un día no muy lejano se presentó en Salaverry 3052, una cuadrilla de demolición que en pocos días arrasó con todo.

* “La Casa de la Tradición, Anales 1960-1962”, Talleres Enrique Rávago e hijos, Lima, 1968.

CARETAS, Ilustración Peruana, edición 191, febrero de 1960.

 


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