sábado 29 de abril de 2017
Usuarios
e-mail:
Contraseña:
¿Olvidó su contraseña?
InstruccionesHáganos su Página de InicioAgréguenos a sus Favoritos
 
 
 
Edición 2435

05/May/2016
 
 
Secciones
Acceso libre Nos Escriben ...VER
Sólo para usuarios suscritos Mar de Fondo
Acceso libre ReligiónVER
Acceso libre InternacionalVER
Acceso libre EntrevistasVER
Acceso libre NacionalVER
Acceso libre EducaciónVER
Acceso libre CulturaVER
Sólo para usuarios suscritos Cultura
Sólo para usuarios suscritos Caretas TV
Sólo para usuarios suscritos El Misterio de la Poesía
Acceso libre Conc. CanallaVER
Sólo para usuarios suscritos Quino
Columnistas
Acceso libre Gustavo GorritiVER
Sólo para usuarios suscritos China Tudela
Acceso libre Luis E. LamaVER
Suplementos
Acceso libre MaestríasVER
Ediciones
anteriores


Última Edición: 2460
Otras Ediciones Anteriores
 
 

Inicio > Revista

Un golpe militar desde el punto de vista del golpeado (1962).

El Último Día de Prado

Exit

“Exit”, el portero, el Presidente y la Primera Dama. Fotografía tomada en el Club Nacional 24 horas antes del golpe.

Le faltaban once días para terminar el mandato y todos sabían que estaba impaciente por irse, “gobierna mirando el minutero” dijo Ernesto More. Esa sensación de algo menos que hartazgo, de llenura, de agotamiento de la propia autosatisfacción, se había hecho más aguda mientras se acercaba el final del larguísimo período presidencial de siete años. Quería regresar a su casa en la Avenida Foch 168, en la que vivía desde 1945, volver a los gustos y los pequeños detalles de la vida de un rico sudamericano en París. Debió recibir el golpe con una mezcla de molestia, impaciencia y resignación.

La primera señal fue la ausencia del cambio de guardia al final de la tarde. A las siete de la noche se encadenaron las rejas que dan a la plaza, única medida defensiva de la casa. Adentro, con todas las luces encendidas, se habían reunido unas 20 o 30 personas, eran sus ministros, algunos exministros, amigos de siempre y parientes, que conversaban en voz baja distribuidos por las salas en pequeños grupos que rotaban y se visitaban. Todos se conocían desde hacía muchos años, o tenían lazos de familia. Pedro Beltrán pasó temprano en la noche pero solo se quedó un momento. Felipe Ortiz de Zevallos, uno de los presentes, ha dejado algunas impresiones de esa noche en uno de sus libros apologéticos.

A las 9 y 30 de la noche, el viejo mayordomo de Palacio, Tomás Meza, anunció que la cena se servía en el comedor. “La última cena”, no pudo dejar de bromear Ortiz de Zevallos, hombre de considerable sociabilidad. Se sentía atraído por el poder del despacho presidencial y el cercano teléfono oficial de tres cifras, por donde llegaban las noticias de lo que sucedía en la ciudad. Pero con otro ojo seguía lo que hacían y decían Doña Clorinda y su corte femenina, en especial las sobrinas Cucuchi, Marita y Malena, que se querían quedar para ver cómo era un golpe de Estado. La belleza y vivacidad de las chicas Prado, en medio de ese cónclave de políticos en estado terminal, atraía irresistiblemente al famoso “Chupito”, que se sentó con ellas durante la cena.

Palacio al día siguiente del golpe militar de 1962.

Palacio al día siguiente del golpe militar de 1962.

Las horas siguieron pasando, la inquietud de la noche se convirtió en el aburrimiento y el sueño de la madrugada. Por fin, a las dos de la mañana, 40 motores diésel encendidos a la vez, despertaron al vecindario del cuartel de blindados del Rímac. La noticia tardó unos minutos en llegar a Palacio y desató la inquietud contenida de tantas horas de espera. Se tomó la determinación de que las mujeres abandonaran Palacio, pero Clorinda y las chicas Prado se opusieron a dejar la casa. Tuvo que intervenir él en persona, diciendo que la presencia femenina le “restaba libertad de acción”.

Los militares tardaron una eternidad en llegar ya muy avanzada la madrugada. Por un poderoso altoparlante instalado en uno de los tanques, una voz exigió a gritos que se abran las puertas. Nadie respondió desde el interior, los gritos se repitieron, amenazando con abrir fuego contra el edificio. Ante el silencio que siguió, un tanque arremetió contra la reja. Fue un empujón seco y brutal que hizo saltar la cadena y dobló ligeramente un barrote.

Manuel Prado

Manuel Prado defenestrado se despide en el Aeropuerto de Corpac.

Con cierto escalofrío, Ortiz de Zevallos ha recordado el sonido de las botas en medio de “el más impresionante silencio”, acercándose por el pasadizo de Palacio hacia el despacho presidencial que permanecía con la puerta abierta. Adentro, él y un pequeño grupo de seguidores, esperaban de pie. Ingresaron el coronel Gonzalo Briceño y seis rangers, todos vestidos con uniforme de combate, metralleta y explosivos. Briceño se cuadró militarmente y le comunicó que venía para “escoltarlo” hacia el Arsenal del Callao.

Ante la intimación, más pálido que nunca, pronunció un breve discurso, habló de esa “triste madrugada”, de su devoción por el Ejército y de los campos de Zarumilla. Briceño y sus soldados escuchaban de pie, en posición de firmes. El discurso terminó con un “Viva el Perú” y a continuación se presentó el único conato de resistencia, cuando dos edecanes de la aviación, que se encontraban atrás del grupo que rodeaba al Presidente, gritaron su repudio al golpe. Entonces intervino pidiendo serenidad y en ese momento alguien comenzó a cantar el himno nacional, que fue entonado por todos, civiles y militares, mientras desde la pared el cuadro del coronel Francisco Bolognesi, pistola al pecho, pintado por Daniel Hernández, presidía la escena.

El resto fue mero trámite, salió por la puerta de la residencia y subió a una furgoneta azul, un coche “de quinta categoría” según uno de sus indignados colaboradores. Sin pérdida de tiempo fue llevado hacia el puerto y de allí embarcado en el BAP “Callao”, donde recibió “un trato caballeroso”. Luego de permanecer un momento en su camarote, el depuesto Presidente se presentó en el comedor de oficiales y con buen ánimo pregunto al capitán sí sabía por qué había sido elegido precisamente ese barco. El capitán no supo qué responder y él le explicó la razón: era el único barco que no tenía cañones. Los últimos diez días del período los pasó en alta mar frente al Callao, sin nada qué hacer sino mirar el horizonte durante el día y las luces de la ciudad por las noches.

"Caretas, Ilustración Peruana” edición 248, agosto de 1962.

 


anterior

enviar

imprimir

siguiente

Artículos relacionados:
Visita a un Caballo Viejo (Caretas 2458)
La Noche en Lima, Según More (Caretas 2457)
Orates y Políticos (Caretas 2456)
El Fenómeno Sumac (Caretas 2455)
Un Alma Sensible (Caretas 2454)
Bajo La Carpa (Caretas 2452)
El Nacimiento de un Partido (Caretas 2451)
Historias Checoslovacas (Caretas 2450)
Fuera de Este Mundo (Caretas 2449)
El Americano Inquieto (Caretas 2448)
Antes del Diluvio (Caretas 2447)
Los Elefantes de Haya (Caretas 2446)
Instantáneas del Perú (Caretas 2445)
Ají y Melancolía (Caretas 2443)
Una Experiencia Radical (Caretas 2442)
Por un Puñado de Votos (Caretas 2441)
‘Una Pequeñísima Puerta’ (Caretas 2440)
Un Fantasma Político (Caretas 2439)
Bichos Verdaderos (Caretas 2437)
Introducción a Guido Monteverde (Caretas 2436)
Chumbeque (Caretas 2434)
Decadencia de Una Costumbre (Caretas 2433)
Rosellini en la Abancay (Caretas 2432)
La Inmortalidad del Odriísmo (Caretas 2430)
El Día que Estalló la Izquierda (Caretas 2429)
Bodas Militares (Caretas 2428)
Velasco (Caretas 2427)
El Tira (Caretas 2426)
La Visita Inolvidable (Caretas 2425)
¿Qué Piensan los Obreros? (Caretas 2424)
¿Quién Fue Baldomero Pestana? (Caretas 2423)
Borges en el Perú (Caretas 2422)
Tantas Veces Tatán (Caretas 2421)
Las Debutantes y los Guerrilleros (Caretas 2420)
Cinco Minutos con Fellini (Caretas 2419)
Cayo Bermúdez, Agricultor (Caretas 2418)
‘Último Viaje’ (Caretas 2416)
Lucha de Palabras (Caretas 2415)
Medallas y Gases Lacrimógenos (Caretas 2414)
Búsqueda | Mensaje | Revista