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Lima, “ciudad abierta” por ser contada (1965).

Rosellini en la Abancay

Roberto Rosellini

Roberto Rosellini y la comida de los italianos. Los tallarines llegaron de la China y la salsa roja de los Andes.

Almuerzo en El Crillón con Roberto Rosellini, director de cine, 59 años, romano, “padre”, o al menos “hermano” del neorrealismo italiano. En las últimas tres semanas ha estado varias veces en Lima, da vueltas por Sudamérica investigando para un documental sobre los alimentos del mundo que le ha encargado la FAO.

“Descendió en Lima algo silencioso y algo sonriente”, pero conforme avanza el almuerzo se vuelve más locuaz. Habla de la edad del hierro, de los varayocs del Cusco, del maíz y del tomate (“¿qué diablos comíamos los italianos antes que los peruanos nos dieran los tomates para añadir a la salsa?”). El almuerzo resulta “excelente” y termina con un Rosellini que gesticula “exuberante” con “un Fernet bien helado” en la mano.

A la salida del Crillón, caminando por Lima, “en una esquina de la Avenida Abancay, este italiano apuesto a pesar de su gordura, se quedó mirando con atención y leve sonrisa, un colectivo destartalado que se había parado jadeante ante una luz roja. A través de su carcomida carrocería se podía ver, sin embargo, que un motor que parecía hecho de bronce, palpitaba con terca insistencia y hasta lisura. Colectivo, colectivero y motor acababan de ser filmados mentalmente por Rosellini”, y por un instante, Lima se convirtió en una gran película.

(Caretas, Ilustración Peruana, edición 320, octubre de 1965)

 


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