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Por: Luis Jochamowitz | Resistencia y esplendor de la vieja política (1956 – 2016)

La Inmortalidad del Odriísmo

Los Odría

Los Odría jamás imaginaron que el poder político se podía heredar.


De una manera misteriosa pero evidente, el odriísmo es el que mejor se conserva entre los viejos partidos o bandos del Perú. No con el mismo nombre, por cierto. Hace muchas décadas el “Partido Restaurador”, o la Unión Nacional Odriísta (UNO), descendió al humus de papel periódico donde terminan todos los partidos muertos. Su sobrevivencia es más poderosa que unas siglas o unas circunstancias determinadas, descansa no en ideas, el viejo partido es refractario a las “ideas”, pero sí en impresiones, deseos, temores, incluso recuerdos y olvidos, que se transmiten de generación en generación con la tenacidad de los apellidos y las enfermedades hereditarias.

Los postulados de ese odriísmo inmortal son tan sobreentendidos que casi resultan difícil definir. Partido conservador, creado en torno de un individuo que ha ejercido el poder en el pasado, generalmente de forma ilegal, de manera supuestamente efectiva y generosa, cuyas cualidades o méritos para el cargo resultan evidentes. Un círculo completo que los abogados odriístas definirían como “ejecutoria probada”. Con esos y otros ingredientes, se elabora un sentido común conservador que se adhiere como una tinta indeleble sobre las almas más apolíticas, aquellas que creen que el pasado no solo fue mejor, sino que puede volver. El futuro se restaura.

Mujeres Odriistas

Mujeres odriístas durante la campaña presidencial de 1962.

El odriísmo encarnó mejor que nadie esa nebulosa conservadora en el siglo XX. El leguiísmo fue perseguido y extirpado de raíz; el sanchezcerrismo no alcanzó a revivir con Luis A. Flores, y después de 1945 se convirtió en un completo fósil. Benavides ni siquiera necesitó un partido, toda su vida fue un “factor” sin recibir un solo voto. Velasco no tuvo tiempo o cabeza para fundar su partido. El odriísmo, en cambio, vivió y medró durante muchos años después de abandonar el poder.

En el temprano siglo XXI el fujimorismo es la más lograda encarnación del viejo partido de la restauración. En realidad, visto desde cerca el fujimorismo sería un súper odriísmo, con redes clientelares mucho más complejas y extendidas, y un personalismo en la propiedad del partido, que arrasaría las antiguas inhibiciones o imposibilidades del odriísmo. Heredar el poder político dentro de la familia, por ejemplo, les habría parecido un sueño incestuoso a los Odría. Para los Fujimori es una realidad. Es cierto que el odriísmo tampoco se hacía problemas con las mujeres de la familia, en 1963 María Delgado de Odría postuló para la alcaldía de Lima y obtuvo más de un cuarto de millón de votos, quedó en segundo lugar.

Pero en la sucesión de los Odría-Fujimori, quizás más importante sea recordar que fue Odría el que concedió el voto a la mujer en 1956, un acto más o menos unilateral que se apropiaba de una causa, combinando astutamente lo nuevo con lo viejo, lo retardatario con el avance de la democracia. La dinastía Fujimori es otra muestra de esa combinación nacional de lo arcaico y lo moderno, nos hace retroceder a los usos monárquicos, pero esta vez nos presenta a una mujer como heredera política. Futurista, como todos los fatalismos, sería establecer una simbólica línea de descendencia entre el voto femenino promulgado por Manuel Odría, y sesenta años después, Keiko Fujimori como la primera mujer en llegar a la presidencia del Perú.

La dinastía Fujimori

La dinastía Fujimori, inédita fórmula de sucesión presidencial


El aire de familia que corre entre los Odría y los Fujimori se nota también entre sus seguidores. El apoliticismo es el elemento común más inmutable. En 1962, después de describir al aprista y al acciopopulista, esta revista decía: “En cuanto al odriísta de base, puede decirse que no existe (…) muchos ciudadanos que se proclaman odriístas, rehúsan discutir o siquiera hablar de política”. La propaganda odriísta lo repetía cada vez que podía: “hechos y no palabras”, el fujimorismo lo redujo aún más a una sola palabra: “pragmatismo”.

Otro parecido inevitable es la ausencia de sentimientos éticos en las preferencias políticas. En los años 60, la edad de oro del odriísmo electoral, todo el mundo sabía que el General había dejado su vieja casa de la avenida Petit Thouars, para vivir en una gran residencia que sus amigos le habían regalado en Monterrico. El hecho no parece haberlo afectado electoralmente, después de todo, como explicó el senador odriísta David Aguilar Cornejo, * la fortuna de Odría se debía “al capricho de sus amigos”. La mansión de regalo resulta poca cosa frente a las acusaciones con sentencia a las que se ha hecho acreedor Alberto Fujimori. Sin embargo, tampoco parecen argumentos decisivos para un gran sector a la hora de darle un voto al fujimorismo. Tal vez, eso se explica por otra arraigada creencia entre los seguidores del partido inmortal. En 1962, el lector Angelmiro Montoya, le preguntaba por esa creencia en una carta abierta al General: “¿A qué se debe la filosofía de sus seguidores? Es cierto que ha robado, pero algo ha hecho”.

* Cuya firma como canciller del Perú se lee en algunos de los documentos más incómodos que Chile exhibió en La Haya.

CARETAS. Ilustración Peruana, edición 241 abril 1962, 245 junio 1962.

 


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