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Funerales, descripción y juicio del último caudillo militar del siglo XX (1977)

Velasco

General Tantaleán

Flores marchitas. Después del Réquiem, el general Tantaleán se queda solo.

Velasco murió el 24 de diciembre de 1977, “un regalo de Dios” bromearon al día siguiente sus enemigos. El entierro, como se sabe, fue multitudinario. La carroza fue detenida y abierta, el féretro fue extraído para una última aclamación. En ese mismo momento, su alma historiográfica, sí es que llamamos así a todo lo que se ha escrito y se escribirá sobre él, ingresaba al supuestamente majestuoso “Tribunal de la Historia”, con causa pendiente, acumulación de pruebas y sentencia firme (1). Imposible saber a estas alturas en qué estado se encuentra ese juicio, pero se puede decir algo: junto con los grandes criminales políticos (y él no lo era) de los años 80 y 90, Velasco debe de ser una de las figuras más odiadas en ese bullicioso y enconado Tribunal.

Misa de cuerpo presente

Misa de cuerpo presente, vista desde la cúpula de la iglesia.

En parte tuvo mala suerte. Murió a los 67 años, sin tiempo para administrar su legado político como hizo Odría, otro militar de mala salud. El triunfo final de los dueños de los canales de televisión y los periódicos, puso otro clavo en ese ataúd. La palabra “Velasco” adquirió un tono de admonición antiestatal. Décadas de vilipendió han ido formando un Velasco degradado que por transmisión de generaciones ha terminado por crear un nuevo Velazco, con zeta, muy abundante en las redes sociales, señalado como el gran culpable del naufragio nacional.

Juan Francisco Velasco Alvarado era bajo sin ser pequeño, marfileño sin ser blanco, con los ojos achinados sin ser chino. Consta que era sumamente trabajador, aunque el resultado de tanto esfuerzo fuera muchas veces la ruina. Consta también que era, en términos generales, honrado. No acumuló una fortuna, aunque alguno de sus amigos del grupo ALTECO (“almuerzo, té y comida”) si lo hizo, o al menos se los acusó.

Parece que también era excepcionalmente severo y exigente durante el trabajo. Sus subordinados –ese era su mundo natural– temían el momento de rendirle cuentas, las menciones a su mirada y a sus ojos se repiten entre quienes lo trataron. Al contrario, en el trato social y la amistad –él la llamaría camaradería– era excepcionalmente cercano. Con esas ambivalencias manejó las riendas del poder durante siete años, ya que en realidad, Velasco fue el jefe de un grupo de amigos, 7, 15, 30 personas, todos generales y coroneles, que se conocían desde que eran adolescentes. Velasco era el mentor, el amigo mayor de ese grupo de antiguos muchachos, era el viejo instructor que los había reunido para una última misión. Aunque él bebía “por compromiso”, los buenos muchachos se emborrachaban juntos, se juraban lealtad eterna y se traicionaban.

Juan Velasco Alvarado

Juan Velasco Alvarado, siete años en el poder.

Sus enemigos lo acusaban de ser un “resentido social”, sus amigos hablaban de su “emoción social”, instauró para siempre esa palabra. En la semana de su muerte, Carlos Delgado contó que una noche de 1972, en su despacho, Velasco se dio cuenta que estaba llorando al recordar su infancia pobre en Piura. Las lágrimas de “emoción social” y el sudor de Velasco (2), llenarían un frasco más especioso que el de la sangre de San Genaro. Su “resentimiento”, por otro lado, definía mejor a quienes lo acusaban de “amargado”, aquellos que habían perdido con sus reformas. Al menos de ese cargo sí tuvo tiempo para defenderse: “¿Amargura de qué? ¿Amargura contra qué? Absolutamente, viejo...” – le dijo en una última entrevista a César Hildebrandt – “¿dinero? yo no necesitaba dinero, viejo (…) yo no hice la revolución para mí. Había viajado, conocido el mundo, ¿qué más quería?”. Una confesión involuntaria de sus horizontes en materia de satisfacción personal. Le bastaban los almuerzos criollos con los amigos, una casa en Chaclacayo, el carro oficial, el sueldo de general y el hospital militar del que hizo intenso uso.

No hay que buscar secretas intenciones en sus actos, aunque podía ser engañoso y artero, como cuando acudió a un saludo protocolar con Fernando Belaunde, pocas horas antes de darle un golpe. Sus propósitos eran a la vez sencillos y grandiosos, quería hacer una revolución dando órdenes. Visto en retrospectiva, lo que hiela la sangre no son sus intenciones sino la seguridad con que enfrentó asuntos que apenas conocía, la certeza autoritaria con que hacía lo que decía. Sin información, sin ideas complejas, sin organización política, salvo el Ejército, se lanzó a cambiar el país. Paradójicamente lo que en realidad creó fue un Estado que al final tenía rasgos de monstruo. Todo lo que Haya, Belaunde, Prado y Odría no habían hecho en los últimos 30 años o 40 años, lo quiso hacer Velasco. Con pésima matemática histórica creía que “los civiles estuvieron 150 años en el gobierno y no hicieron las reformas. Por eso es que la Fuerza Armada tuvo que hacer la revolución”.

Entierro multitudinario

Entierro multitudinario. Habla Héctor Cornejo Chávez.

A los inevitablemente demagógicos medios de comunicación del presente no les gusta recordar algunas cosas del pasado, como el grado de popularidad y hegemonía que en algún momento alcanzó Velasco. El país enteró cayó rendido a sus pies. Salvo los belaundistas, Beltrán, Ravines, y un puñado más de enemigos juramentados, el país lo acogió con esa ilusión tan peruana de que alguien –un hombre predestinado, un militar– haga el trabajo por nosotros. Basta leer la prensa de fines de los 60 y comienzos de los 70 para percibir el clima de conformidad y hasta optimismo que lo rodeó durante mucho tiempo.

“Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por aquellas que permanecen desatendidas”, escribió Teresa de Ávila. Velasco cambió el Perú, pero de una forma que nunca había imaginado, y que hasta ahora, nosotros, tratamos de entender.

(1) Pero ni siquiera entonces se puede estar seguro en estas cosas, ya que las generaciones futuras siempre pueden reabrir el caso.
(2) Su primer mensaje a la Nación terminó con las palabras “sudar, sudar y sudar”.

CARETAS, Ilustración Peruana, edición 533, enero de 1978.

 


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