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Debate Escribe: César Prado | A días del debate presidencial del 3 de abril, nuevo libro analiza veinte años de polémicas electorales entre candidatos locales.

Picos y Pullas

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Debates Presidenciales Televisados en el Perú

Todos los movimientos son susceptibles de ser analizados: la rigidez de PPK, los temblores de Toledo, etc.

Alberto Fujimori mostrando una premonitoria portada del diario Ojo. Alan García zarandeando a un desprevenido Alejandro Toledo. Keiko Fujimori barriendo con la mirada a Ollanta Humala. Y el actual Presidente negándose a retirar la bandera del pupitre. Los debates electorales dejan potentes imágenes en los espectadores.

Lilian Kanashiro decidió volver a ellos para analizarlos desde la semiótica en Debates presidenciales televisivos (1990-2011) (Fondo Editorial de la Universidad de Lima, 2016). El libro, desde luego, presta atención al discurso verbal pero, además, escudriña con fruición la gramática corporal de los candidatos.

“Todos los movimientos son susceptibles de ser analizados: la rigidez de PPK, los temblores de Toledo, la mirada desafiante de Keiko Fujimori y hasta las limitaciones de Acuña a la hora de leer”, dice la autora en defensa de la comunicación no verbal. “Apreciar solo el discurso verbal es muy conservador”, apunta.

Kanashiro ha visto una veintena de veces el debate entre Alberto Fujimori y Mario Vargas Llosa de 1990, el primero en ser transmitido por la televisión. “Ambos tenían experiencia televisiva, pero Fujimori mira a la cámara con decisión. El escritor, en cambio, tenía la mirada perdida y el cuerpo vacilante”, dice contagiada por la prosa del Nobel.

La declaración de identidades (Fujimori logró afirmarse como el “autóctono” y dejó a Vargas Llosa como el “foráneo”), las estrategias de batalla (Alan haciendo alusión al uso de estupefacientes por parte de Toledo), los aliados (Ollanta y su relación con Chávez) y las formas de despedidas (el consabido abrazo de oso) también forman parte del buffet.

Las versiones nacionales del histórico debate entre Nixon vs. Kennedy no han sido muchas. Apenas cuatro en poco más de veinte años. Sin embargo, no dejan de ser una expresión de la personalización de la política. A más apariciones en la televisión, mutadis mutantis, menos partidos y organizaciones políticas.

De hecho, menciona Kanashiro, la historia solo ha registrado el debate que ganó Kennedy (transmitido por televisión), pero no los otros tres que se produjeron en 1960 y que tuvieron a Nixon como indiscutible ganador, según los analistas políticos. Ver para creer en tiempos de poca fe y morbo desbordante.

El debate saca a relucir las virtudes (o miserias) única y exclusivamente del candidato. “Se debe plantear una sintaxis que combina golpes con propuestas, chiquitas con ideas fuerza”, afirma la autora. Por ello, Kanashiro cree que el formato tradicional con bloques temáticos y tiempos para cada candidato debe ser dejado atrás.

“Una cosa es un debate y otra es una propaganda electoral. Sería interesante poder verlos discutir propuestas y no que cada uno mire a la cámara sin prestar atención a lo que acaba de decir su antecesor”, dice la autora, sugiriendo la aplicación del modelo francés en lugar del tradicional modelo estadounidense.

“El debate es interacción y no hay que tenerle miedo al conflicto. A la larga quien salga ganador va a tener que interactuar con la clase política, la sociedad civil, la prensa, etc.”, afirma poniendo como ejemplo el último debate municipal en el que se formaron parejas para la discusión de los temas.

“Resultado de aquel debate fue que los medios comenzaron a darle mayor cabida a Enrique Cornejo, quien tuvo la suerte de enfrentar a Luis Castañeda y demostrar toda su experiencia técnica”, recuerda. Otro aspecto importante: saber escoger al enemigo y no interrumpirlo cuando se está equivocando.

Una variante del modelo francés es el mayor protagonismo que se le da al moderador. “Aquí es como si se tratase de un árbitro que solo lleva la cuenta del tiempo, pero sería recomendable que actuara como puente entre los candidatos y los televidentes”, dice. A ver si chapan esa flor la próxima vez.
La investigación pone énfasis en las negociaciones previas, a las que cataloga como un deporte sangriento. “Es curioso porque uno de los temas más espinosos siempre ha sido la despedida. Es cuando el encuadre de la cámara se abre y pocos se muestran dispuestos al encuentro con el otro”, afirma.

De la misma forma, la elección de los bloques temáticos puede tomar horas o días enteros. Significativo es que, pese a la negociación entre nacionalistas y fujimoristas, el candidato Ollanta Humala no se aguantara las ganas de increparle a Keiko Fujimori por el cambio de nombre a uno de los bloques destinado a derechos humanos.

Aún así, la victoria en un debate es impredecible. El público tiene tanta simpatía por el que se muestra seguro como indulgencia con el que expone ciertas falencias. Prueba de ello es que en los cuatro debates precedentes, el “favorito” no ha sido todo lo arrollador que se esperaba. Es más, para algunos esa experiencia representó un frenazo.

Pasó en 1990 con Vargas Llosa y en el 2001 con Alan García que, a priori y sin despeinarse, daba la impresión de que noquearían a Alberto Fujimori y Alejandro Toledo, respectivamente. “La situación hace que los candidatos menos favorecidos con la palabra se preparen más y terminen dando la sorpresa”.
Pero quienes sí están sepultados desde el saque son aquellos que, a falta de recursos verbales y no verbales, tratan de llamar la atención con agentes externos. Kanashiro recomienda no llevar helicópteros para hablar de las propuestas y mucho menos como medio de transporte. La humildad siempre por delante.

Y aunque los debates en primera vuelta solo sirven para “reafirmar posturas precedentes”, el organizado por el Jurado Nacional de Elecciones para este 3 de abril es un buen ensayo para medir la cancha. El gran problema sigue siendo si las tachas se resuelven a tiempo. ¿Le cursarán invitaciones a Julio Guzmán y César Acuña?

 


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